El Barça aún cree que ganar es lo mismo que perder
2026-03-05 - 13:13
Si de verdad alguien quiere que este Barça puede ser algún día un equipo realmente campeón es crucial que nadie se apiade de los jugadores por haber caído eliminados, que nadie les diga que en la vuelta jugaron muy bien -lo que además no es cierto- ni que son los vencedores morales o cualquiera de estas mentiras que distraen del hecho fundamental de que sólo uno gana, y el ganador se lo lleva todo, y los demás son unos perdedores. Para que la derrota moldee el carácter hay que padecerla, hay que sentir su humillación, tiene que torturarte y no dejarte en paz hasta que la ambición de una victoria más grande te guíe entre la oscuridad para alcanzar la gloria. Estos chicos son todavía jóvenes y es normal y hasta necesario que pierdan antes de ganar. Es muy importante dejarles perder, que sientan la rabia, que se indignen con su cansancio y demás limitaciones, porque de esta indignación nace la obsesión por superarse. El sentimiento barcelonista es lo peor que tiene el club y lo que más, históricamente, le ha encadenado a la derrota: se queja siempre, cree que se le debe algo y que hay una mano negra que conspira en su contra. Celebra victorias que no se han producido, niega la realidad, esquiva la propia responsabilidad sobre el defecto y cree que en el disimulo de lo que no funciona hay más amor a los colores que cuando se denuncia para tratar de mejorarlo. Es un sentimiento, una mentalidad, que no puede disociarse del catalanismo al que el club siempre ha estado ligado. La desdicha del Barça previo a Cruyff -y luego en muchos otros momentos de su más reciente historia- tiene las mismas causas y efectos que la desarticulación política y las abrumadoras derrotas del nacionalismo, y ya no digamos del independentismo. Tuvo que ser un personaje con una moral contraria -Cruyff- el que rompiera con la tristeza del sentimiento y diera al equipo y al club una identidad vencedora. El primer Laporta, por independentista que fuera y sea, era anti-catalán en el sentido de que nunca se quejaba, siempre estaba contento y ganaba haciendo las cosas mejor que los demás. También el barcelonismo devastador ha oscurecido esta épica, y la identidad ganadora de Cruyff se ha utilizado para la soberbia, la superioridad moral y la falsedad contable, tan nocivas para unos chicos que muchas veces caen en el error de actuar como si ya lo hubieran ganado todo; y el mejor Laporta se ha vuelto este amasijo de populismo y de trampas, bastante quejica, aunque por supuesto mucho mejor que sus rivales, como está a punto de demostrar en su segura victoria electoral el próximo 15 de marzo. El Barça de Flick es un equipo brillante, joven, que ataca con finura y eficacia. Es un equipo que gusta a propios y a extraños, que practica un fútbol reconocible, sexy, y que en sus aspectos positivos está en la élite del mundo. Pero la juventud, la inmadurez de sus estrellas, plantea también sus problemas. Tienen todo sin haber ganado nada, y eso se nota en la falta de espíritu de algunos partidos; la forma física no es la deseable y las lesiones de Koundé y Balde, y las pinzas con que hay que sujetar siempre a Pedri, no son casos aislados si tenemos en cuenta la larga lesión muscular de Lamine Yamal -nunca del todo explicada, pero de la que parece felizmente recuperado- y la evidencia de que el martes, más que por el equipo de Simeone, el Barcelona quedó eliminado por su falta de aliento en los últimos veinte minutos -y veinte son muchos- del partido. La temeraria línea Flick -aunque hay que reconocer que Cubarsí estuvo sensacional contra el Atlético- causa más problemas de los que soluciona cuando el rival tiene a delanteros mejores que los habituales 'todo a un euro' de La Liga. Luego está el ángel, la Gracia. El punto de suerte, de conexión celeste que ayuda a los campeones. El Barça tiene calidad, pero le falta algo que no se sabe exactamente qué es -probablemente no conformarse con la retórica tan deprimente que iguala victorias con derrotas- para salir airoso en el último instante. Estar cerca de las cosas no es lo mismo que lograrlas, como el año pasado este mismo equipo aprendió en Milán. Fue su temporada iniciática, y es remarcable que se hicieran con La Liga y con la Copa, pero fallaron en los detalles y se quedaron sin el gran trofeo, el único que de verdad importa. Este año, con el Real Madrid debilitado, y un cuadro en la Champions que si les hubiera tocado a ellos estaríamos hablando de la bolas calientes de Florentino, el equipo quedará marcado por lo que consiga pero también por lo que no consiga, y si alguien trata de explicarles a estos chicos algo distinto, les estará condenando al vagón de segunda de los que no por muy poquito pero no llegaron.