El Barrio Rojo de TikTok
2026-03-17 - 10:33
De mi viaje a Ámsterdam, cuando tenía diecinueve o veinte años, recuerdo visitar con mis padres la casa de Ana Frank. Y el Barrio Rojo, por supuesto que recuerdo el Barrio Rojo. En aquel momento era otra experiencia turística de la ciudad (imagino que como ahora). Y aquellas mujeres en escaparates solo me transmitían un tipo de localismo anecdótico, nada más. Ha pasado el tiempo, la vida y por supuesto, el feminismo. Aquella memoria la veo ahora con otros ojos. Con asco por los hombres que recorrían esas calles buscando a ver cuál elegían de todas, si el bolsillo daba para las de la calle principal o para alguna de las callejuelas de los aledaños. Pero todos con la misma certeza, esa noche había festín de carne. También con los ojos de cómo aquel viaje quedará siempre enganchado a la prostitución. No soy capaz de recordar Ámsterdam sin ese momento. Sin las mujeres devolviendo la mirada desde sus vitrinas de cristal como si fueran los pasteles de la panadería. Incluso mi hermano compró una placa con el nombre de la calle que, años después, ha quitado en cuanto ha desarrollado la conciencia de las gafas moradas. Porque coincidíamos en lo mismo: lo que vimos no está bien. No por las mujeres, por supuesto, sino por el hecho de que una ciudad se nutra de exponer mujeres como objetos de consumo como parte de un mercado de cuerpos que gira en torno a ofrecer el sexo como 'diversión' masculina a cualquier hora, cualquier día. Me pregunto qué haría ahora si visitara la ciudad. Creo que esquivaría esas calles a toda costa más que para ahorrarme el ver a las mujeres en sus jaulas de vidrio, para evitar el estallido de ira que vendría a raíz de quienes participan y sostienen su encarcelamiento, los que tienen un deseo que satisfacen a golpe de billete por consentimiento. La realidad es que ni siquiera hace falta volver a Ámsterdam para experimentar ese malestar, para reencontrarme con la incomodidad basta con abrir TikTok. Un usuario de la plataforma comparte vídeos de supuestos barrios rojos de diferentes ciudades: Shanghái, Estambul, París, Tel Aviv, Bangkok, Jakarta o Seúl son algunos de los vídeos que van de los cientos de miles a los millones de visualizaciones. En todos ellos, como si fueran grabaciones callejeras reales, aparecen mujeres en vitrinas. Pero no lo son, porque detrás se encuentra una agencia que, según la investigación del espacio Hyperconectado, ofrece servicios de automatización con IA, producción de contenido y software. Aparentemente. Su perfil en Instagram describe que Bunny Honey es una agencia con sede en Frankfurt cuyo objetivo es "ayudar a modelos". Es decir, un modelo de negocio que, de una manera o de otra, se nutre de los cuerpos femeninos al reproducir el imaginario de que en cualquier parte del mundo hay mujeres-mercancía, aunque sean sintéticas. De nuevo, la IA, pese a ser cómplice de una manera de degradar a las mujeres a objetos que se exhiben, no se controla, sino que encima se beneficia de cómo en plataformas como TikTok o Instagram consiguen una audiencia imposible de comparar. Y una credibilidad, por lo que se puede leer en los comentarios: "¿Cuánto cuestan?", "Tengo que visitar Alemania", "Me recuerda a cuando ibas a comprar un pez y te los querías llevar todos", "Me encantaría comprar aquí", "Mándame el área"... "Es como un restaurante chino: tomaré el número 7 durante 10 minutos, el 15 durante una hora y el 20 durante todo el fin de semana", dice un usuario. Esos deseos de viajar, de consumir, de compararnos con productos, prueban todo lo que alertaba en mi ensayo #S3xpidemia (Loto Azul, 2025). Aún con la falta de ética por afectar a la reputación de la ciudad y moldear la subjetividad de hombres y mujeres -quienes vuelven a verse como consumidores unos y como objetos de consumo otras-, nadie responde ni se responsabiliza. Ni la IA, al no haber ninguna regulación de no reproducir estereotipos, ni las redes sociales, que solo amplifican y normalizan estos contenidos que, por muy artificiales, recrean la explotación simbólica de los cuerpos femeninos. ¿Cómo no pensar que el silencio, el mirar hacia otro lado o, como en Ámsterdam, mirar solo a las mujeres, ya no es un error, sino la respuesta del sistema?