El calvario de Salma: dos años secuestrada ante los ojos de vecinos y el silencio de cómplices
2026-02-15 - 07:55
Me dio una paliza de muerte. Me dijo que era suya, que le pertenecía. Que era su esclava y que iba a obedecer a todas sus órdenes. Un día, para advertirme de lo que me pasaría si trataba de escaparme, cogió un gato delante de mí. Lo degolló y lo descuartizó en mi presencia. Este es el relato de Salma, una mujer de 38 años que consiguió huir tras dos años de secuestro. De las palizas perdió un ojo, varios dientes, magulladuras. Fue violada y vejada incontables veces por su captor. En ocasiones la ataba a una camilla y la golpeaba hasta agotarse. La tenía cautiva en una casa bunkerizada en la pedanía murciana de San José de la Vega, con sistemas de seguridad para que no escapara. En ese domicilio los agentes encontraron también estupefacientes y un arsenal de armas escondidos por los rincones. Nadie sospechó de nada, y si lo hicieron, callaron. Porque a Salma, la vieron. Salma aprovechó un descuido de su agresor y trepó por una escalera. Se lanzó al vacío y emprendió una larga caminata hasta que un viandante la encontró malherida y asustada. La llevó al hospital y entonces entró en acción la policía. Cuando las autoridades irrumpieron en la casa encontraron al captor dormido. No sabía que Salma había escapado. Además de él, han sido detenidas otras tres personas por presunto encubrimiento. Entre ellos, la propia hija del captor, embarazada, que ha sido puesta en libertad. Si ya este relato es escalofriante, la gota que colma el vaso es el silencio a su alrededor. A lo largo de más de 600 días, Salma vivió un calvario ante los ojos de muchos. En esa casa el hombre hacía vida normal. Celebraba cumpleaños, cenas, comidas. Venían invitados que miraban a la cara a Salma, y si no se preguntaban nada, hacían que no veían. En una de estas celebraciones, según cuenta un amigo de la hija del captor, habría una veintena de personas. ¿Cómo es posible que nadie notara nada? Salma no hablaba castellano. Es marroquí. El idioma, también, hizo de barrera. Pero los ojos no mienten, ni la piel, ni la cara, ni la sangre, ni los moretones. Pudo tapárselos, obligada, o maquillarlos. Pero tampoco en ese caso parece creíble que ni una sola persona se percatase de lo que estaba ocurriendo. Es desgarrador que nadie pareciera interesado en saber qué hacía esa mujer allí, o qué le podía estar pasando. Hay señales. Pero debe haber gente dispuesta a verlas y afrontarlas. Si en esas visitas y eventos en casa la víctima no pedía ayuda, no era porque no quisiera. El proceso psicológico de un trauma semejante es extremamente complejo. Las amenazas y la violencia ejercida congelan la iniciativa. Se desarrolla una indefensión aprendida, ocurre cuando se experimenta repetidamente que nada de lo que se hace cambia el resultado, y se aprende que cualquier movimiento empeora la situación. No es pasividad voluntaria, es un patrón de bloqueo. Al mismo tiempo, muchas víctimas desarrollan mecanismos disociativos como protección. Ese control coercitivo puede generar una realidad psicológica paralela alimentada por el miedo, la humillación y un cierto grado de dependencia por temor e indefensión. Ese vínculo traumático no permite actuar de otra forma, porque cualquier otra forma es percibida como ulterior amenaza. El nivel de subyugación, de pánico, de manipulación, de dolor, explica por qué no se levantó en medio de esas fiestas para pedir ayuda. Se necesitan armas para enfrentarse a algo tan extremo, y la brutalidad de su agresor se las había arrebatado. Alberto, apodado “el Coletas”, la raptó cuando tenía 36 años y él más de 50. La familia de la víctima denunció su desaparición, pero en un primer momento se pensó en un acto voluntario. Se desconoce con exactitud el tipo de relación previa entre ambos, aunque algunas fuentes afirman que pudieron ser pareja. A él ya lo habían detenido antes, por traficante, a finales de los 90. Y hace diez años entró en el sistema Viogén por maltrato a su antigua mujer. Ahora, algunos vecinos dicen que preferían no meterse por miedo. Porque es un tipo agresivo. Pero la indiferencia, o la mera inacción, perpetúan el mal. De las frases de Salma se deduce un claro patrón machista de control y violencia contra la mujer. “Órdenes”, “esclava”, “pertenencia”. Una cosificación que explica las dinámicas ejercidas contra ella. La había deshumanizado. Ahora está acusado de delitos de detención ilegal, agresión sexual y violencia de género. Otras tres personas estarían involucradas, pero cabe preguntarse cuántas más dedujeron algo y no hicieron nada. Cuántos más permitieron que esto pasara. La culpa de esos dos años de cautiverio la tiene Alberto. Pero también es una responsabilidad moral y social actuar si se perciben señales. En esta historia el desamparo ha imperado durante dos años. Algunos facilitaron el horror, otros lo intuyeron y cerraron los ojos, y unos cuantos se desinteresaron. Hasta que Salma cogió las fuerzas que no tenía y demostró que sí existe la valentía.