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El Canal de Isabel II, la obra de 80 millones de reales de vellón que puso "un río en pie" en el centro de Madrid e impulsó su crecimiento

2026-03-03 - 05:53

"Señora: la primera, la más urgente necesidad material del pueblo de Madrid es el abastecimiento de aguas, necesidad que todos sus habitantes sienten y deploran, y que sería por tanto inútil encarecer". Así comienza la exposición de motivos del real decreto del Consejo de Ministros presidido por Juan Bravo Murillo que el 18 de junio de 1851 propició la creación del Canal de Isabel II, la empresa pública que desde entonces garantiza el abastecimiento de agua a los habitantes de la capital y de la amplia mayoría de los municipios de la región y que este año celebra su 175 aniversario, una fecha 'redonda' para la que la Comunidad de Madrid, administración de la que hoy depende la compañía, ha preparado un amplio programa de actividades. El germen que alumbró la empresa hay que buscarlo tres años antes de su fundación y relacionarlo con el crecimiento que había experimentado la villa y corte durante la primera mitad del siglo XIX. La capital había ganado vecinos exponencialmente en esa época hasta superar los 20.000 y pronto los viajes de agua que desde la Edad Media captaban el agua subterránea y la distribuían por todo el casco urbano se revelaron insuficientes. Apenas proporcionaban siete litros por habitante al día, una cantidad muy escasa en comparación con otras urbes de la época y que dificultaba el desarrollo de la industria en plena revolución industrial. En esta delicada tesitura que comprometía el futuro, Bravo Murillo creó, el 10 de marzo de 1848, una comisión especial de traída de aguas. Al cargo de la misma puso a los ingenieros Juan Rafo y Juan de Ribera para que estudiaran los proyectos de abastecimiento que se habían llevado a cabo hasta entonces en otros lugares. Pero los considerados padres del Canal de Isabel II no se limitaron a buscar inspiración en otras iniciativas: redactaron la suya propia, que por su dimensión bien podía haber asustado al presidente que les hizo el encargo. Porque Rafo y Ribera pusieron sobre la mesa la construcción de un canal de 77 kilómetros de longitud para traer el agua directamente desde el río Lozoya, en la sierra, hasta la capital. Esta infraestructura, además, iría acompañada de una presa, el Pontón de la Oliva, de 27 metros de altura, de un depósito situado en el Campo de Guardias (Chamberí) y de cuatro sifones y 29 acueductos para salvar los desniveles del terreno a lo largo del recorrido, así como del primer sistema de alcantarillado de la capital, que acabó llegando en 1855. La historia cuenta que a Bravo Murillo le encantó la idea, un entusiasmo que logró contagiar a la reina Isabel II, que el 18 de junio de 1851 rubricó el decreto de formación de la empresa a la que bautizaron con su nombre por su confianza en el proyecto. El 11 de agosto de ese mismo año se puso la primera piedra de la presa del Pontón de la Oliva (sierra de Ayllón), un momento que marcó el inicio de las obras de traída del agua a Madrid. Como la reina estaba embarazada de la infanta Isabel, el rey consorte, Francisco de Asís, presidió el solemne momento rodeado de las principales autoridades del país, incluido Bravo Murillo. Todos participaron de la colocación de una caja de cinc en la cimentación de la presa en la que se colocaron un ejemplar de la Constitución de 1845, varias monedas de plata y oro acuñadas para la ocasión y el acta de inauguración de las obras. El Pontón de la Oliva representó un coste importante en el presupuesto de 80 millones de reales de vellón que se atribuyó desde el Consejo de Ministros a las obras de Canal. Dos millones llegaron desde el Ministerio de Hacienda en forma de crédito extraordinario, mientras que el Ayuntamiento de Madrid movilizó hasta 16 millones a través de suscripciones voluntarias. El Gobierno abrió otra línea de este tipo y, con el tiempo, la propia Isabel II se convirtió en una de las principales financiadoras del proyecto. Los primeros resultados de la iniciativa sin precedentes que se había emprendido en 1851 se vieron siete años más tarde, cuando el 24 de junio de 1858, en la calle de San Bernardo, se celebró el acto de inauguración de la llegada del agua del Lozoya a la capital. La información recabada por los historiadores de Canal sostiene que cuando Lucio del Valle, ingeniero director de las obras, dio la orden de poner en marcha la fuente provisional que se había instalado para la celebración, se levantó un potente chorro de más de 30 metros que superaba la altura de los edificios de alrededor. Las mismas fuentes dicen que, al ver su magnitud, el ministro de Gobernación, José de Posada Herrera, comentó a la reina: "¡Señora, hemos tenido la suerte de ver un río poniéndose de pie!". Un crecimiento que no para La llegada del agua del Lozoya marcó un antes y un después en la historia de Madrid, porque la disponibilidad de agua corriente en cantidad y calidad suficientes y el desarrollo de la red ferroviaria impulsaron a la ciudad, que iba ganando barrios más allá de sus murallas, como Argüelles o Salamanca, y donde se iba estableciendo una industria pujante que precisaba de trabajadores para funcionar. La capital pasó de tener 220.000 habitantes en 1851 a contar con alrededor de 540.000 en 1900 y la primera consecuencia de este crecimiento fue que hubo que acometer nuevas infraestructuras, como el embalse de El Villar en la década de 1880 y todavía hoy en funcionamiento, y que las primeras obras de Canal pronto se quedaron pequeñas. Un ejemplo fue el depósito del Campo de Guardias. Para satisfacer la ascendente demanda se construyen nuevos depósitos enterrados, pero la capital crecía entonces hacia zonas altas, algo que complicaba recurrir a la gravedad para llevar el agua desde las instalaciones públicas. Esto obliga a construir depósitos elevados. En 1911 se inauguró el primero, el que aún hoy se puede ver en la calle de Santa Engracia dentro de la sede corporativa de Canal. Contaba con 36 metros de alto y una capacidad de 1.500 m3 y el agua se impulsaba hasta su cuba gracias a una central de bombeo que captaba el líquido almacenado en el segundo depósito, que había entrado en servicio en 1879. Fue el primer hito de los cuantiosos que marcó Canal en el siglo XX y entre los que se encuentra la puesta en marcha, en 1913, de la central hidroeléctrica de Santa Lucía. Se inauguró en Torrelaguna con unas grandes turbinas Pelton que todavía se pueden ver en la nave principal, con influencias art nouveau. Tras la Guerra Civil, la expansión sigue siendo obligada por dos motivos: el conflicto bélico obligó a aparcar obras mientras duró y, una vez finalizado, el consumo de agua no paró de crecer porque cada vez más viviendas contaban con baño y se multiplicaron los parques y jardines. En los años 40, se estrenó el segundo depósito elevado, el localizado en Plaza de Castilla, que con 28 metros de altura, fue considerado el más moderno de la época. En la primera mitad del siglo XX también se ejecutó el Canal Alto, que garantizaba la distribución del agua a la zona norte de Madrid, y otro que discurría entre los ríos Jarama y Manzanares para cubrir las enormes necesidades de agua del sur de la capital, que se encontraba en plena expansión industrial. El siglo XX, el de las presas La continua expansión de la capital, sumada a años muy secos en la década de los 40, empieza a suponer retos serios para Canal. Para paliar la sequía, la empresa redacta de urgencia un proyecto para construir un nuevo embalse en el Lozoya, el embalse de Riosequillo, mientras que para garantizar el abastecimiento de agua a una población ya superior a los dos millones de personas en los años 60 lo que se hace es pensar en grande. La necesidad se traduce en el proyecto de ejecución de la presa de El Atazar, que varias décadas después de su inauguración —1972— sigue siendo la joya de la corona de Canal Isabel II. Tiene 134 metros de altura y es capaz de embalsar 426 hectómetros cúbicos de agua, la mayor de las 13 que gestiona la empresa pública madrileña. Con este nuevo embalse, los responsables de Canal dan por asegurado el abastecimiento a la población residente en la región. Con la llegada de los años 80, la tecnología puntera hace acto de aparición en el día a día de la empresa: en 1983 entra en servicio en modo de prueba el primer centro de control de las instalaciones, único en España en ese momento y uno de los más importantes del mundo. En el siglo XXI se sigue avanzando en esta dirección. El ciclo integral del agua se controla hoy con complejos sistemas que proporcionan información en tiempo real. El 'cerebro' de Canal se encuentra en Majadahonda, una instalación que permite conocer cuánta agua hay embalsada en las presas, cuánta circula por las grandes tuberías o qué calidad tiene. Todo ello al instante. Esta apuesta por la tecnología ha convertido a aquel proyecto de "urgente necesidad" en 1851 en una de las empresas de mayor valor en la Comunidad de Madrid 175 años después de su creación. El Consejo de Ministros de Bravo Murillo, su promotor, ya predijo entonces que la realización del proyecto era tan importante, incluso más allá de las fronteras de la capital, que no ahorraría "tarea ni fatiga alguna" hasta que se materializara. Y así fue.

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