El castigo de cumplir años
2026-02-03 - 05:35
Por primera vez en España, hay 148 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16, y sin embargo seguimos comportándonos como si envejecer fuera una anomalía y no el destino natural de casi todos. El edadismo no solo existe, sino que está profundamente incrustado en nuestras estructuras sociales, económicas y culturales. Lo vemos en el mercado laboral, donde la experiencia se descarta como si fuera un lastre, y la fecha de nacimiento pesa más que el talento; y luego hablamos de diversidad. Resulta especialmente incoherente observar cómo surgen empresas y servicios dirigidos específicamente a personas mayores –desde tecnología asistencial hasta ocio o cuidados– que no cuentan ni con un solo empleado mayor de 40 años. No solo están ausentes en las empresas que venden para mayores: también desaparecen de supermercados, tiendas de moda o servicios cotidianos, donde participan como clientes pero nunca como profesionales. ¿Cómo pretendemos comprender, diseñar y atender las necesidades de un colectivo al que no permitimos estar presente ni en la toma de decisiones ni en la ejecución? Esta exclusión no es inocua. Envía un mensaje claro: envejecer es perder relevancia, visibilidad y voz. Y lo más grave es que como sociedad asumimos ese relato sin cuestionarlo, olvidando que el envejecimiento no es "el problema de otros", sino una etapa vital a la que, con suerte, todos llegaremos. Porque cumplir años no es un fracaso: es un privilegio. En el mercado laboral la experiencia se descarta como si fuera un lastre, y la fecha de nacimiento pesa más que el talento Combatir el edadismo no es solo un tema de justicia, es una necesidad demográfica, económica y ética. Integrar a las personas mayores significa construir una sociedad más coherente, diversa y preparada para lo que ya está aquí. Negarlo no nos hace más jóvenes, solo más injustos.