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El dólar aguanta, pero no despeja las dudas en un año lleno de incógnitas

2026-02-09 - 06:05

El dólar ha rebotado esta semana frente al euro y al yen. En apenas siete sesiones se ha apreciado cerca de un 1% frente a la moneda única y casi un 2% frente al yen japonés. Un movimiento suficiente para romper la narrativa de “dólar en caída libre”, pero no para cerrar el debate sobre la crisis del dólar que lleva meses abierto. Porque el punto de partida sigue siendo otro. En términos interanuales, el dólar acumula descensos cercanos al 10% frente a una cesta de divisas desarrolladas y continúa siendo la moneda del G10 con peor comportamiento relativo, según datos de FactSet. Ese es el terreno sobre el que se produce el rebote. En términos interanuales, el dólar sigue acumulando descensos cercanos al 10% frente a una cesta de divisas desarrolladas, y continúa siendo la moneda del G10 con peor comportamiento relativo, según datos de FacSet. Sobre esa debilidad acumulada se ha producido el rebote, tras tocar mínimos de varios años y coincidiendo con datos macro todavía sólidos en Estados Unidos y con expectativas de tipos más estables tras la nominación de Kevin Warsh como próximo presidente de la Reserva Federal (Fed). El mercado ha reaccionado rápido, sobre todo en el corto plazo. Según DataTrek Research, el movimiento reciente encaja con una corrección de posicionamiento tras las caídas de enero y no altera el deterioro relativo que muestra la divisa en el último año. El ajuste ha sido táctico. El marco general sigue intacto. Déficit, deuda y el precio de financiarse Ahí es donde el dólar deja de ser solo una cuestión de mercado de divisas. Estados Unidos entra en 2026 con una deuda que supera los 38 billones de dólares y con un déficit fiscal que no se ha corregido ni siquiera en una fase de crecimiento sólido. El Tesoro mantiene un ritmo elevado de emisiones para financiar el gasto, justo cuando los tipos largos se mueven en niveles exigentes. Para Bank of America, ese aumento del volumen de deuda coincide con un entorno en el que los inversores empiezan a exigir mayor compensación por duración y riesgo fiscal, especialmente en los tramos largos de la curva. Los bonos a diez y treinta años han dejado de actuar como referencia automática de estabilidad, y cada repunte de los rendimientos vuelve a poner el foco en el coste real de financiar ese déficit. Desde LFDE recuerdan un dato que actúa como bisagra de todo el sistema. Cerca del 30% de la deuda estadounidense está en manos de inversores extranjeros. En ese punto, el dólar deja de ser solo un activo financiero y pasa a formar parte del propio mecanismo de financiación del Estado. El dólar y el equilibrio Ese es el equilibrio que ahora está en juego. Un dólar fuerte ayuda a contener la inflación importada y mantiene atractivo el mercado de deuda estadounidense. Un dólar débil alivia el peso real de la deuda y mejora la competitividad exterior, pero introduce fricciones en los flujos de capital y en la percepción de estabilidad institucional. Pero ese equilibrio se ha vuelto más delicado. No porque los datos macro se hayan deteriorado de golpe, sino porque el margen de error se ha estrechado. Para Julius Baer, la divisa estadounidense sigue sobrevalorada en términos históricos, lo que la deja expuesta a episodios recurrentes de debilidad incluso sin un deterioro económico claro. El dólar ya no necesita malas noticias para moverse. Le basta con que la confianza se erosione. Presión a la Fed En ese contexto, la Fed vuelve a ocupar el centro del tablero. La nominación de Kevin Warsh ha aportado cierta calma táctica al mercado de divisas. Su perfil, percibido como más ortodoxo, ha servido para frenar la caída del dólar en el corto plazo. Pero no ha despejado las incógnitas de fondo. La Fed afronta 2026 con una inflación que sigue por encima del objetivo y un mercado laboral que empieza a perder tracción. El IPC subyacente se mantiene en torno al 3% interanual, lejos del 2% que marca la hoja de ruta del banco central. Al mismo tiempo, el ritmo de creación de empleo se ha moderado de forma sostenida y el número de vacantes por desempleado ha caído a mínimos de ciclo. A ese contexto se suma una presión política más visible que en episodios recientes, con mensajes directos desde la Casa Blanca. Donald Trump no ha disimulado su preferencia por un dólar más bajo. Tras una de las semanas más duras para el billete verde, lo resumió sin matices. “Mejor, así venderemos más”. El mercado no discute la frase. Discute el coste. El hecho es que un dólar bajo puede abaratar exportaciones, pero también cambia el precio de financiarse. Y en un país que emite deuda a un ritmo alto, la confianza se mide en demanda. Coberturas, no salidas Los flujos ayudan a entender cómo se está procesando ese riesgo. Según datos de la Depository Trust & Clearing Corporation, la DTCC, en la última semana de enero el volumen diario negociado en futuros y opciones sobre divisas superó los 3,2 billones de dólares, el nivel más alto desde abril de 2025. En ese periodo, más del 65% de las posiciones abiertas vinculadas al dólar correspondían a estrategias de cobertura frente a una posible depreciación, no a apuestas direccionales de venta de activos estadounidenses. El aumento de actividad se concentró en derivados a corto plazo sobre el cruce euro-dólar, donde el coste de protección frente a caídas del billete verde se duplicó en cuestión de días. El ajuste, por tanto, no se está produciendo mediante salidas masivas de capital. Se está produciendo vía precio. El capital internacional sigue en Estados Unidos, pero empieza a exigir una prima mayor para asumir riesgo dólar. Y eso tiene consecuencias directas sobre la demanda de deuda, el coste de financiación del déficit y el papel del billete verde dentro del sistema financiero global. John Sidawi, gestor senior de carteras de renta fija global en Federated Hermes, lo resume con una frase que encaja mejor con lo que está ocurriendo. No se trata de “vender América”. Se trata de cubrir América. Tras una década de rendimiento superior de Estados Unidos, la inversión extranjera está en niveles récord o muy próximos, y eso ha reactivado el incentivo a cubrir el riesgo de divisa, algo que hasta 2025 apenas tenía sentido por costes y por diferencial de rentabilidad.

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