TheSpaineTime

El de Marius Borg no es un juicio más por violencia sexual

2026-02-10 - 08:26

Cada vez que empieza el juicio por violencia sexual, como el de Marius Borg, en el que el acusado es mediáticamente conocido, se pone en marcha algo más que el procedimiento judicial. Paralelamente surgen discursos, críticas o testimonios que también funcionan como castigos simbólicos, no tanto para el agresor, sino para las propias víctimas. En casos así, la justicia no está solo en los tribunales, también en el espacio público, desde la sobremesa familiar del domingo hasta las redes sociales. Además, el proceso contra el hijo de Mette-Marit, combina unos factores como el poder, la influencia, el dinero y los privilegios de clase por su relación con la realeza noruega. Factores que, como se ha observado en numerosas ocasiones, son un caldo de cultivo de relaciones abusivas y hasta delitos sexuales, alimentados por la sensación de impunidad tan sostenida en el tiempo. Pero, al mismo tiempo, se activan unas férreas y efectivas defensas sociales, mediáticas e institucionales. Unos mecanismos automáticos y estructurales que hemos visto operar de forma casi idéntica en casos como el de Dani Alves o Luis Rubiales y que desplazan el foco o le dan la vuelta al relato. En el caso de Marius Borg, acudió a su cita con la justicia tras ser acusado de treinta y ocho delitos: violaciones, maltrato, grabaciones sexuales sin consentimiento (material que, por cierto, intentó borrar a distancia dos veces cuando entregó su móvil a la policía), acoso policial, amenazas, drogas e infracciones graves de tráfico. De ellos, aceptó veinticuatro de los cargos, pero negó las cuatro violaciones. Las salvaguardas empezaron a activarse desde el inicio por su vínculo con la familia real, presente en todo momento. Desde que una de las agresiones habría ocurrido en la residencia real del príncipe Haakon y Mette-Marit hasta que otra habría sucedido durante unas vacaciones con el propio heredero a la corona. Y la tercera durante el juicio, cuando Hakoon acudió a visitarle en prisión. Imposible no leer el gesto como un mensaje de apoyo de la familia real. Esto de simpatizar públicamente con él no es un gesto al azar, es mostrar a quién se apoya. Y, por tanto, a quién se ve como víctima de la situación. Una lógica en la que también se ha apoyado la estrategia de defensa del acusado, con un sinfín de llantos en sus intervenciones: "Me resulta increíblemente difícil hablar delante de tanta gente", "La prensa me sigue desde que tengo tres años. Me han acosado y atormentado. El hecho de que tengan que sentarse en esta sala me parece absolutamente terrible". Estas declaraciones y otras como cuando afirmó haber "tenido una necesidad extrema de reafirmación", que se manifestó en "mucho sexo, muchas drogas y mucho alcohol", han sido el centro de los temas de la prensa del país. Medios conservadores como Aftenposten se han centrado en que está desolado, en justificar sus acciones, incluso una foto suya de pequeño para despertar más simpatía. Por otro lado, el medio de centro-izquierda, Dagbladet, que es más crítico con la monarquía, tampoco ha escapado del blanqueamiento mediático al ponerle a él en el centro con un titular como: "Para él fue el infierno". Con semejante enunciado cabe preguntarse qué ha sido la vida para las mujeres víctimas de sus agresiones sexuales desde que sucedieron los delitos. Por eso el caso de Marius Borg es tan importante, porque es una radiografía de cómo funciona la justicia patriarcal y a través de qué mecanismos se amortigua el daño de las consecuencias hacia los agresores. No se trata solamente de los delitos que se juzgan, sino de todo lo que rodea el proceso. Porque podemos ver, en cada día de juicio, cómo los pactos entre hombres no tienen por qué significar la absolución de los delitos, sino que se minimicen, relativicen o incluso justifiquen las violencias.

Share this post: