El disputado invento del señor Bell: las 600 demandas que desató la patente del primer teléfono
2026-03-06 - 10:03
El 10 de marzo de 1876, Alexander Graham Bell derramó ácido sulfúrico sobre sus pantalones –o eso dice la leyenda– y gritó lo que probablemente sea la frase más rentable de la historia: «¡Señor Watson, venga aquí, quiero verle!». Su ayudante, que estaba en la habitación de al lado, lo oyó... a través de un cable. Era la primera vez que la voz humana viajaba por un hilo eléctrico. Para lograrlo, Bell utilizó una membrana vibratoria con una aguja sumergida en una copa con agua diluida con ácido sulfúrico, lo que facilita la conductividad eléctrica. De ahí el presunto accidente porque, aunque ni Bell ni Watson lo mencionan en sus notas de ese día, es como la manzana que golpeó a Newton en la cabeza: un mito bonito que la ciencia necesita para ponerle cara a sus momentos estelares. Y aquello era, sin duda, un momento histórico: la prueba de que funcionaba una patente que Bell había registrado solo tres semanas antes y que generaría más dinero que ninguna otra concedida en Estados Unidos: de ella nació la Bell Telephone Company, luego AT&T, el mayor monopolio de telecomunicaciones del siglo XX. Pero lo que pasó en las semanas anteriores a ese momento fue el comienzo de una batalla legal con más giros, medias verdades y mentiras que un guion de Hollywood. Para entender el lío que se montó, y que 150 años después sigue sin aclararse, hay que saber quiénes eran los contrincantes. Alexander Graham Bell era un escocés de 29 años que había emigrado a Boston. No sabía nada de electricidad. Era profesor de dicción y tutor de niños sordos. Su madre era sorda. Su novia –y futura esposa–, Mabel Hubbard, también tras padecer la escarlatina. Su padre había inventado un método llamado 'oralismo' para enseñar a los sordos a hablar leyendo los labios y reproduciendo los sonidos con la boca, en lugar de usar la lengua de signos. Funcionaba con personas, como Mabel, que se habían quedado sordas a causa de una enfermedad y que ya sabían hablar, pero a los sordos de nacimiento el método los obligaba a hacer esfuerzos enormes y, a menudo, frustrantes. Bell entendía la voz humana como pocos en el mundo, y esa fue su ventaja. Mientras otros inventores trataban de transmitir sonido como quien envía un telegrama, con pulsos eléctricos de encendido y apagado, Bell comprendió que la voz es una onda continua y que había que reproducirla como tal. Enfrente tenía a Elisha Gray. Un ingeniero brillante, doce años mayor, cofundador de Western Electric, proveedor de la todopoderosa Western Union, la dueña del telégrafo en Estados Unidos. Gray era un cuáquero de Ohio, criado en una granja, que había dejado los estudios para trabajar de carpintero y después se había abierto camino hasta acumular más de 70 patentes. Tenía dinero, contactos y un laboratorio en condiciones. Bell tenía una habitación alquilada, un ayudante llamado Watson y un suegro abogado que lo financiaba. El 14 de febrero de 1876, el abogado de Bell entregó en mano la solicitud de patente en la oficina de Washington. Ese mismo día, apenas unas horas después, el abogado de Gray registró una patent caveat, una especie de reserva de intención para patentar un invento idéntico. Como Bell llegó antes, la oficina le concedió la patente. Así de simple. La secuencia cronológica era incontestable: Bell había llegado primero y punto. Así que el equipo de Gray buscó otra vía para tumbar la patente. Y encontró un par de cosas sospechosas. La primera era una anotación en el margen de la solicitud de Bell que describía algo llamado 'resistencia variable'. El principio es el siguiente: cuando hablas, tu voz hace vibrar el aire. Si esas vibraciones mueven algo dentro de un circuito eléctrico –por ejemplo, una aguja sumergida en un líquido conductor–, la corriente que pasa por el cable cambia. Esas variaciones llegan al otro extremo del cable y un altavoz las convierte otra vez en sonido. La anotación parecía añadida a última hora, y el documento de Gray describía exactamente lo mismo. La segunda era un dibujo a mano en el cuaderno de laboratorio de Bell, que mostraba un transmisor con una aguja sumergida en líquido y que se parecía demasiado a otro dibujo que Gray había incluido en su solicitud. Una coincidencia podía ser casualidad. Dos ya olían mal. La conclusión que sacaron los partidarios de Gray era clara: alguien en la oficina de patentes le había enseñado a Bell el documento de su rival. Pero Bell se defendió como gato panza arriba, y le dieron la razón. Pero el siguiente enemigo era mucho más peligroso: Western Union, la corporación más rica del país, que había rechazado comprarle la patente a Bell por 100.000 dólares –una de las peores decisiones empresariales de la historia– y ahora arrepentida y furiosa, decidió fabricarse su propio teléfono. Montó una empresa y fichó a dos genios para que le diseñaran un aparato que no necesitara la patente de Bell: el propio Gray y Thomas Alva Edison, el inventor de la bombilla y el fonógrafo, ya entonces una celebridad. Edison desarrolló un transmisor de carbono más avanzado. El transmisor magnético de Bell producía una señal eléctrica muy débil, así que al otro lado te llegaba un hilillo de voz que casi tenías que adivinar pegando la oreja. El de carbono de Edison generaba una señal mucho más potente. Sumando eso a los 400.000 kilómetros de cable telegráfico que Western Union tenía ya tendidos por todo el país, parecía imposible que Bell sobreviviera. Pero tenía la patente, y en 1879 un tribunal obligó a Western Union a entregar todos sus teléfonos y suscriptores a Bell a cambio del 20 por ciento de los ingresos que este obtuviera durante los 17 años de vida de la licencia. En total, Bell afrontó casi 600 demandas judiciales. No perdió ni una sola. Pero sus rivales no se dieron por vencidos. Siete años después, un tal Zenas Wilber –el funcionario de patentes que había tramitado la solicitud de Bell– firmó una declaración jurada en la que confesaba que el inventor le había deslizado un billete de cien dólares para ver el documento de Gray. ¿Confesión sincera de un hombre con cargo de conciencia? Quizá. Pero resulta que la declaración no la escribió él, sino los abogados de una empresa llamada Pan-Electric, que necesitaba tumbar la patente de Bell para hacerse con el negocio del teléfono. Y aquí es donde la conspiración se vuelve descomunal: entre los accionistas de Pan-Electric estaba el mismísimo fiscal general de Estados Unidos Augustus Garland, quien, desde su cargo, impulsó una demanda del gobierno federal contra Bell por fraude. Y, de ganar, se hubiera hecho inmensamente rico. Cuando el New York Tribune destapó el conflicto de intereses del fiscal, la demanda federal contra Bell se retiró sin llegar a juicio. Pero lo cierto es que antes que Bell y Gray se disputaran la paternidad del teléfono, un italiano ya lo había inventado, aunque nadie se acordó de él. Antonio Meucci era un ingeniero florentino que había trabajado como técnico de escena en la ópera de La Habana y que en 1850 emigró a Nueva York con su mujer, Ester. Meucci montó una fábrica de velas para ir tirando y dedicó cada hora libre a sus experimentos. La necesidad lo empujó más que la ambición: Ester padecía una artritis reumatoide que la tenía postrada en el dormitorio del segundo piso, así que Meucci tendió un cable desde su taller en el sótano hasta la habitación de su mujer para poder hablar con ella. Aquel 'cacharro' casero, al que llamó 'teletrófono', funcionó veinte años antes de que Bell registrara su patente. En 1871, Meucci presentó una solicitud en la oficina de patentes, pero no pudo pagar los diez dólares de la renovación anual y el registro caducó en 1874. Para entonces ya estaba arruinado: una explosión en el ferri de Staten Island lo había dejado meses en el hospital con quemaduras graves, y Ester, desesperada, vendió los prototipos originales del 'teletrófono' a un trapero por seis dólares. Antes de todo eso, Meucci había entregado sus diseños y maquetas a un laboratorio afiliado a Western Union para que los evaluaran. Cuando pidió que se los devolvieran, le dijeron que se habían perdido. Casualmente, Bell trabajó en ese mismo laboratorio. Nunca se demostró que viera los papeles de Meucci, pero la coincidencia alimentó durante décadas las teorías de quienes creían que el teléfono fue un invento robado. Meucci murió pobre y olvidado en 1889. Tuvo que pasar más de un siglo para que alguien le hiciera justicia: en 2002, la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó una resolución en la que se reconocía su contribución.