El estrecho de Ormuz: la gran baza estratégica de Irán
2026-03-13 - 04:53
Cuando están a punto de finalizar las dos primeras semanas de la guerra en Irán, es preciso reconocer que lo que ocurre sobre el terreno se ajusta con bastante precisión a lo que todos habíamos previsto. Todos menos, quizá, el presidente Trump. Las fuerzas armadas de los EE.UU. e Israel han ido atacando todos y cada uno de los objetivos que figuran en una lista priorizada acordada por los estados mayores respectivos seguramente varias semanas antes del comienzo de las hostilidades. Nadie puede negar su éxito táctico, pero es más difícil valorar el resultado en el nivel estratégico porque Washington nunca ha clarificado cuáles son los objetivos políticos de la guerra. Al otro lado, el régimen de Irán, prácticamente indefenso desde el punto de vista militar —la diferencia de tecnología es abismal— tampoco nos ha sorprendido: aguanta los golpes como puede y usa sus bazas estratégicas para hacer que el pueblo norteamericano y el de los aliados de los EE.UU. sufra con ellos una parte de las penalidades de la guerra, aunque solo sea a la hora de rellenar el depósito de los coches. El estrecho de Ormuz es, después de todo, la única arma de que dispone el criminal régimen iraní para obligar al voluble presidente Trump a que se contente con lo alcanzado y ponga fin a la contienda. Tiene Jamenei a su disposición tres tipos de armas para cerrar el estrecho de Ormuz, la arteria por la que fluye el 20% del petróleo mundial. La que está hoy en las primeras planas de los periódicos es la mina, aunque seguramente sería la última en ser utilizada en grandes cantidades por la dificultad de hacerla selectiva. Irán quiere cerrar el paso a los buques occidentales, pero no a los chinos. Hace 100 años, es posible que hubiera trazado pasillos secretos entre los campos de minas; pero hoy todo el mundo sabe con precisión por dónde navegan los demás. La desactivación de los campos de minas por medio de señales acústicas, tecnológicamente posible, difícilmente pasará desapercibida a los marinos de los EE.UU. La segunda de las armas de que dispone Irán es el dron. Son estos sistemas los que, por el momento, han causado la mayor parte de los daños a la veintena larga de buques mercantes de todo tipo que ya han sido atacados. La defensa contra estos sistemas es relativamente fácil, pero su número podría saturar las capacidades incluso de los potentes destructores norteamericanos si Trump les diera la orden de entrar en las aguas restringidas del estrecho. Queda, por último, el misil antibuque. No hace falta modelos sofisticados ni voluminosos para atacar a un petrolero a menos de 30 kilómetros de distancia. Montados en vehículos, estos misiles pueden ocultarse con facilidad en lugares protegidos por las propias reglas de enfrentamiento de los militares norteamericanos, en general respetuosas con los convenios de Ginebra. La Guardia Revolucionaria, declarada organización terrorista por la UE, no tendrá problemas de conciencia a la hora de esconderlos en parkings de hospitales o mezquitas y patios de colegio, esperando el momento oportuno para impedir el paso de cualquier osado petrolero que quiera aceptar los riesgos del tránsito. Ninguno de estos sistemas es, desde luego, impenetrable. Pero los tres son capaces de incrementar la posibilidad de un ataque catastrófico hasta un nivel disuasorio para las navieras y las compañías de seguros. No se puede olvidar que, aunque no se conocen las cifras exactas, ya han muerto en esta guerra más marinos mercantes que militares norteamericanos o israelíes. ¿Puede hacer algo Trump para dar protección a los petroleros a través del estrecho? La respuesta depende de lo que él mismo esté dispuesto a arriesgar. Ni siquiera los buques de guerra están seguros en el litoral. En los últimos años de la guerra entre Irán e Irak, en la que los EE.UU. permanecieron neutrales, la US Navy pagó un alto precio por la escolta de los petroleros. La fragata Stark perdió a 37 marinos de su dotación cuando fue atacada por un misil iraquí, y la Samuel B. Roberts sufrió graves daños a causa de una mina. Pocos años después, otros dos buques norteamericanos, el crucero Princeton y el portahelicópteros Trípoli, sufrieron importantes daños a causa de las minas iraquíes. Una operación para abrir el estrecho por la fuerza llevaría mucho tiempo, exigiría fuerzas en tierra y, seguramente, provocaría un número de bajas entre los militares norteamericanos que podría llegar a las cifras de la operación Tormenta del Desierto en 1991. No es, pues, la solución a los problemas que hoy tiene Trump con sus votantes. ¿Quiere esto decir que el magnate se verá obligado a darse por contento con lo alcanzado y parar la guerra sin llegar a derribar al régimen iraní? No. Nadie puede saber lo que hará Trump. Sin embargo, sí me atrevo a asegurar que se equivocará si no lo hace.