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El fútbol visto desde el bar

2026-02-01 - 07:55

La mayor ficción de los últimos años no es el pelo de Trump — que, al parecer, es suyo gracias a los avances de la farmacología—, sino el VAR del fútbol. El ojo de halcón del tenis aclara si la pelota tocó o no la línea; el VAR demuestra que el fuera de juego puede decidirse por medio centímetro si a los jueces les da por detener el fotograma una milésima de segundo antes o después, y que un penalti depende de cómo se hayan levantado y de qué camiseta agarre o roce el infractor. VAR y bar suenan igual, y está bien que así sea, porque la igualdad fonética ampara muy bien las decisiones peculiares —cuando no directamente enigmáticas— que a veces toma el árbitro tras su diálogo con la sala oscura. El destino tiende a la sátira cuando se topa con la solemnidad, y no hay nada más solemne que jueces que no siempre logran impartir justicia: casi todos pensamos en un bar cuando los vemos tomar, por enésima vez, la decisión más creativa. Muchas veces estamos en el bar, contemplándolos desde la barra, con el estupor en la cara y la cerveza en la mano, y sabemos que existe una conexión secreta entre nosotros y ellos: nosotros estamos amparados por el lugar para decir cualquier cosa y ellos también para decidir cualquier cosa. Es verdad que ellos cobran más, pero en ese momento solo cuenta la emoción y no el frío cálculo del dinero, al menos para quienes estamos realmente en el bar. El fútbol es una borrachera colectiva; lo sabemos porque, si no lo fuera, no estaría a todas horas y en todas partes. Si fuera un ejercicio colectivo de lucidez, estaría regulado con mayor severidad. El bar y el VAR cuadraban bien, pero entonces llegaron los comentaristas de televisión, siempre atentos al cuidado del ecosistema institucional, y cambiaron el palabro por otro menos elocuente. Ya no dicen la sala del VAR, sino la sala VOR. Han dejado a los ciudadanos futboleros sin la posibilidad de ver los partidos en el bar como antes, con esa cercanía simbólica con el VAR. Ahora vemos el fútbol huérfanos de complicidad, tratando de entender qué demonios es eso del VOR. Para bien o para mal, el VOR sigue siendo tan impredecible como un bar. Algunos tenemos claro que los árbitros españoles pueden ser los más discutidos de Europa, que ya es decir; nos sabemos sus rostros de memoria y nunca los olvidamos porque, cuando se jubilan, se van a alguna radio para seguir ofreciendo su particular magisterio. Sabemos también que durante lustros la persona que los designaba recibía ingresos del club que es más que un club —ciertamente, así es— por unos informes de existencia vaporosa, y que ese club, precisamente porque es más que un club, intentó optimizar fiscalmente esos pagos millonarios. Por eso lo detectaron: porque, como alguien pasado de copas, creyó que no pasaría nada y porque en España quizá uno se pueda equivocar contra casi todo menos contra Hacienda. Y, de alguna manera, no pasó gran cosa: no ha sido descendido, ni ha sufrido merma alguna en su patrimonio en forma de multa, ni ha sido juzgado por ello. El VOR, además, tiende a favorecerle según las últimas estadísticas; sobre todo en España, porque en Europa parece algo más ecuánime. Que el fútbol es un deporte con zonas grises lo sabemos todos los que vivimos el gol fantasma de Míchel en México 86 o el desaguisado de Corea del Sur, con aquel árbitro egipcio del que nunca me olvidaré: Ghandour se llamaba el pájaro, aunque en televisión sonaba inevitablemente a gandul, pero hizo bien su trabajo. "Fue uno de los mejores partidos de mi carrera", ha declarado. Nos lo podemos imaginar. El VOR tiene, eso sí, la virtud de mostrarnos sus errores a cámara lenta. Antes uno podía creer en la falibilidad del juez y, si levantaba la bandera y no era fuera de juego, mantener la fe en la honestidad esencial del arbitraje. Ahora es difícil creer en nada salvo en que la confusión se ha convertido en motor principal de las decisiones. Pero resulta que los árbitros españoles, en el país con los sueldos más bajos del continente —y las casas más caras—, son los que más ganan de Europa, así que despistados no deben de ser.

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