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El fin del reality show: el artificio arrasa con la autenticidad en televisión

2026-03-05 - 07:53

Los realities ya son ex realities. Y no porque la tele-realidad más exitosa trate de rupturas, cuernos e infidelidades, que también. Los realities son ex realities porque ya casi nada suena a verdad. Ya poco se siente real. La autenticidad, la materia prima de la comunicación, está en peligro de extinción. No ayuda que se hayan homogeneizado determinadas técnicas en los programas televisivos, que van desde Gran Hermano al magacín político. Todo está sugestionado con culebronescas músicas de fondo. Todo está protagonizado por previsibles personajes de perfiles “estereotipados”. Todo está narrado con ideas cortas envueltas en efectismo largos. Inevitablemente, la gente interioriza que no le queda otra que sobreactuar para ser vista. Porque vivimos en la sociedad del agitamiento como llave al triunfo. Lo revolucionario hoy es un buen silencio. Hasta en una gala de premios. De hecho, ves los agradecimientos de los galardonados en la ceremonia de Los Goya de Rosa María Sardá en 1994 y es fácil percatarse de que son más concretos, humildes y profundos. La argumentación ordenada mandaba sobre el ego hacia ninguna parte. No es nostalgia, es que antes el tiempo se valoraba de otra manera. Había un límite de fotos en el carrete. Había un tope de grabación en la cinta VHS. Había pocas oportunidades frente al objetivo de la cámara, porque no se podía malgastar bobina. Había que pensar antes de hacer. El tiempo no se podía malgastar. Era irrespetuoso. Era perder una de las pocas oportunidades que tenías para acertar. Hoy, cada uno de nosotros disponemos de una pantallita en el bolsillo. Peleamos con ella a diario. Nos conecta, nos entretiene. Hasta nos calienta la cabeza. Con ella, hacemos fotos que jamás regresamos a ver. Con ella, inmortalizamos vídeos que perdemos en la nube nada más grabarlos. No hay demasiado margen para pararnos, volver a una imagen y razonarla. Habitamos en la incontinente generación del next en la que, como siempre, todo pasa pero, ahora, poco queda. Porque saltamos de un hecho a otro sin espacio mental para procesar, discurrir y apreciar. En este frenesí, sentimos que el golpe en la mesa es la única manera para asomarnos entre tanto ruido. Lo que arrastra a la sociedad a una sobreactuación en donde hasta la realidad transmite artificio. Tanto que el género del reality debería denominarse ya mismo artifiality. Sus protagonistas replican lo que han interiorizado que se espera de ellos. Encima creemos que sabemos comunicar a nuestros followers, pero nos cuesta desarrollar frases subordinadas porque la hiperconexión digital nos deja enredados en el videoselfie de un puñado de segundos. Y, claro, cuando toca pisar un plató, subir a un escenario y juntar palabras en directo: en vez de transmitir, la gente divaga. A pesar de que estamos más habituados que nunca a mirar a las cámaras y hablar en público. Sin embargo, hemos dejado de respetar el tiempo. El tiempo que para aprovecharlo debías pensar antes de usarlo. El tiempo que te permitía incluso equivocarte intentando encontrar un resquicio de personalidad antes de ser juzgado. No bastaba con un alarido para destacar. Ahora, sí. El histrionismo abre puertas en una civilización histerilizada.

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