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El gran problema de ‘Supervivientes’: así empieza la crisis de todo 'reality'

2026-03-26 - 06:50

21,2 por ciento de cuota media de pantalla y 1.227.000 de espectadores de media. El estreno de Supervivientes 2026 pintaba fuerte. Telecinco volvía a tener una isla a la que agarrarse. Y la tiene. Un lugar de ensoñación, pruebas que pringan y las crudezas de la convivencia de un elenco de personajes diverso. Y la diversidad siempre es un valor en la tele: las grandes audiencias se conquistan en el intercambio generacional que nos mezcla miradas, que junta mundos diferentes en la misma playa. Sin embargo, un buen casting siempre va unido a que contenga cuatro perfiles de concursantes, de carismática personalidad, que contagian de ilusión al resto. Un claro ejemplo es el papel de Amaia Romero en 0T 2017. Su particular curiosidad impregnaba la Academia. Pero también puede suceder lo contrario: que tres concursantes desanimen el clima de “hemos venido a jugar” que necesita un gran show para enganchar. Y ahí nace el problema de las primeras semanas de Supervivientes 2026. Lo que ha mermado el interés inicial. Que si se marcha Álex Ghita, que si abandona Alex de la Croix, que si se quiere ir Marisa Jara. A este ritmo, en un mes no va a quedar nadie. Ni de espectadores: se va propagando un sentimiento de desgana que desmotiva a la audiencia. No hay la adrenalina de la alegría de la aventura, de “mira lo que estoy consiguiendo, mamá”. Y el reality se enreda en aburridas cuestiones administrativas de gente echando de menos el asfalto. Tampoco ayuda tirar demasiado de ex de La isla de las tentaciones. Pero como ya apenas existen personajes 'VIP' del corazón que sorprendan en estas vicisitudes. Y los jugosos que quedan no están dispuestos a ir, pues ya rentabilizan el "reality" de sus vidas, a su medida, desde la comodidad de sus redes sociales. Como consecuencia, Telecinco necesita acudir al atajo rápido del reclamo de personajes de su otra isla estrella, la de las infidelidades. Lo malo, son unas personas sin verborrea para un programa en directo. Y sin historia que contar. No es lo mismo un docureality grabado y editado al gusto, que varias galas semanales en tiempo real donde se requiere gente rápida de vocabulario. Encima los de La isla de las tentaciones sufren el veneno del recién llegado a la fama rápida: se creen importantes. Aunque no lo sean. Tras haber participado en el resort de los celos, piensan que con la presencia de su cuerpo basta. Quieren seguir mercadeando con la tele, pero no comprenden la tele como el trabajo en equipo para crear una historia desde la aventura y no desde el morbo básico. Tampoco han tenido tiempo para aprender que para brillar ellos deben ser espléndidos con los demás. Porque la tele, como la vida, es la congregación de conocerse, encontrarse, desvelarse y, a veces, incluso entenderse. La tele es ser generoso. Con los que te rodean, y con el espectador. Y, para eso, siempre es mejor tener una vida curtida más que un cuerpo esculpido. Lo primero no se acaba de descubrir nunca, lo segundo si lo enseñas nada más empezar ya es invisible. Porque, en realidad, lo que de verdad quieres que se vea hay que taparlo un poquito. Para que se sueñe más con el poder de la imaginación.

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