El líder demócrata de Irán (con el que acabó la CIA)
2026-03-20 - 09:00
La multitud lo llevó a hombros por las calles de Teherán. Era el 29 de abril de 1951 y Mohammad Mosaddeq acababa de conseguir que el Parlamento iraní votara la nacionalización del petróleo, el mayor tesoro del país, durante cuarenta años en manos de una empresa británica. En todas las esquinas, la gente lloraba y se abrazaba». El legendario periodista Ryszard Kapuscinski describía así el día más grande en la vida de un hombre que había gobernado Irán durante un paréntesis democrático encajado entre la dictadura del padre y la del hijo: entre Reza Khan, el sha que Mosaddeq se había negado a coronar en 1925, y Mohammad Reza Pahleví, el que la CIA devolvería al trono en 1953. «Hay que adentrarse en el espíritu de la época. En aquellos años, atreverse a tomar una medida como la que había tomado Mosaddeq era comparable a lanzar una bomba sobre Londres o Washington», continúa Kapuscinski. «El efecto psicológico habría sido el mismo: estupor, miedo, furia, indignación. En un país lejano, un abogado viejo que a buen seguro era un demagogo loco había osado desmantelar la Anglo-Iranian, el pilar de su imperio. Aquello era imperdonable, porque la propiedad colonial era un valor sagrado, intocable como un tabú». Mohammad Mosaddeq era un anciano frágil, que lloraba en público y gobernaba desde la cama, y que resulta ser la figura más importante para entender por qué Irán y Occidente llevan décadas enemistados. Nació en Teherán en 1882, hijo de un ministro de Hacienda y nieto de príncipes de la dinastía Qajar. Estudió Derecho en París y se doctoró en Suiza. Pasó años en Europa absorbiendo el liberalismo constitucional, volvió a Irán, fue ministro de Finanzas, gobernador de provincias, diputado, y en 1925 fue uno de los poquísimos parlamentarios que se opuso a que Reza Khan se proclamara sha, argumentando que aquello violaba la Constitución iraní. Le costó años de ostracismo y arresto domiciliario. Era anticomunista declarado, demócrata de convicción y laico en un país donde la democracia era una rareza peligrosa y los religiosos intrigaban en las mezquitas. En mayo de 1951, el Parlamento iraní lo eligió primer ministro por mayoría. Tenía 69 años y problemas de salud crónicos –tensión arterial muy baja, desmayos, hemorragias– que lo obligaban a despachar desde el lecho. Los periódicos occidentales se burlaban de él: un viejo chiflado que gobernaba en pijama. Winston Churchill lo llamaba «lunático». Desde 1909, el petróleo iraní lo controlaba la Anglo-Iranian Oil Company, que con el tiempo se convertiría en BP. El Gobierno británico poseía el 51 por ciento de sus acciones. En Abadán, en el suroeste del país, esta compañía operaba la mayor refinería del mundo. Y los términos del negocio eran los siguientes: Irán ponía el petróleo y la mano de obra, y recibía a cambio una fracción menor de los beneficios. Los trabajadores iraníes en Abadán cobraban 50 centavos al día. Vivían en un barrio de chabolas sin agua corriente ni electricidad que se llamaba Kaghazabad: 'Ciudad de Cartón'. El detonante llegó en 1950, cuando Arabia Saudí negoció con la empresa americana Aramco un reparto de beneficios al 50-50. El Foreign Office británico rechazó cualquier acuerdo similar para la Anglo-Iranian. Mosaddeq propuso la nacionalización al Parlamento el 8 de marzo de 1951. El Parlamento votó por unanimidad. Las refinerías pasaron a ser controladas por la Compañía Nacional de Petróleo de Irán. Los británicos respondieron con un embargo internacional. Ningún país del mundo podía comprar petróleo iraní. Las reservas de divisas del país se agotaron. Para finales de 1952, Irán estaba en quiebra. En Washington, la administración Truman veía el asunto con incomodidad: no le gustaba Mosaddeq, pero tampoco quería parecer cómplice del colonialismo británico. Fue el relevo en la Casa Blanca lo que cambió ese cálculo. Dwight Eisenhower llegó al poder en enero de 1953 con su director de la CIA, Allen Dulles, y su secretario de Estado, John Foster Dulles, que era hermano del anterior. Los británicos llevaban meses argumentando falsamente que Mosaddeq entregaría Irán a la URSS. La familia Dulles decidió creérselo. En abril de 1953, Allen Dulles autorizó un millón de dólares iniciales «para ser usado por la estación de la CIA en Teherán de cualquier manera que resultase en la caída de Mosaddeq». El 19 de julio de 1953, un hombre de casi 40 años, con gafas de montura negra y aspecto de funcionario entró en Irán. Se llamaba Kermit Roosevelt Jr. y era nieto del presidente Theodore Roosevelt. Era el jefe de la operación TPAJAX, el nombre en clave de la CIA para dar un golpe de Estado. El plan tenía varios frentes. Primero, financiar periódicos para desprestigiar a Mosaddeq. Segundo, organizar ataques de falsa bandera atribuidos al KGB soviético para asustar a los sectores religiosos y conservadores del país. Tercero, comprar a los líderes clericales más influyentes. La CIA también pagó a algunos de los mafiosos más temidos de Teherán para que pusieran a gente a manifestarse en las calles. El primer intento, el 15 de agosto, fracasó. Mosaddeq estaba avisado, detuvo al coronel que venía a arrestarlo, y el sha, Mohammad Reza Pahlaví, huyó del país, primero a Bagdad y luego a Roma. La CIA mandó un cable a Roosevelt desde Langley para ordenarle que abortara la misión. Roosevelt ignoró la orden. Cuatro días después, el 19 de agosto, autobuses y camiones con hombres pagados tomaron las calles de Teherán. Los tanques promonárquicos bombardearon la residencia oficial del primer ministro. Mosaddeq escapó por los pelos mientras una turba saqueaba su casa. Entre 200 y 300 personas murieron en los combates callejeros. El sha volvió de Roma. El golpe había triunfado. De inmediato, el sha firmó la cesión del 40 por ciento de los yacimientos iraníes a compañías estadounidenses. Mosaddeq fue juzgado por traición ante un tribunal militar, condenado a tres años de cárcel y confinado en arresto domiciliario hasta su muerte, en 1967, a los 84 años. La CIA había derrocado su primer Gobierno extranjero. El manual sirvió de plantilla para los golpes en países latinoamericanos. Con Mosaddeq eliminado, el sha necesitaba un aparato de represión para mantenerse en el poder sin un respaldo popular que, además, nunca tendría. Creó la Savak, su temida policía política, entrenada y asesorada por la CIA y el Mossad israelí. Entre 25.000 y 125.000 iraníes pasaron por sus cárceles. El resultado fue el que describe el historiador Mark Gasiorowski: «El derrocamiento de Mosaddeq sacó de la ecuación el elemento secular y moderado de la política iraní, y dejó el campo libre para que los islamistas radicales de Jomeini y la izquierda militante ganaran terreno en las décadas siguientes». La revolución de 1979 no llegó de la nada. Los años de represión del sha, sostenida económica y militarmente desde Washington, habían cerrado todos los canales legítimos de disidencia. Cuando la población se hartó y salió a las calles, el único liderazgo organizado que quedaba era el clerical. El sha que Occidente instaló y mantuvo durante 26 años gobernó con una mano en el látigo y la otra en la caja. La corte de los Pahlaví se convirtió en una plutocracia petrolera: la emperatriz Farah Diba y sus amigas cogían aviones privados a París por la mañana, se iban de compras y volvían por la noche mientras la mitad del país vivía en la miseria. La Savak torturaba en los sótanos de la cárcel de Evin. Era el tipo de régimen que Occidente toleraba porque disponía del crudo, y el sha votaba lo que se le ordenaba en la ONU. En noviembre de 1979, cuando los estudiantes iraníes tomaron la Embajada americana en Teherán y retuvieron a 52 diplomáticos durante 444 días, el sha estaba ingresado en un hospital de Nueva York tratándose un cáncer. Lo que los estudiantes decían para justificar el asalto era que la CIA estaba preparando otro golpe. Lo que Trump propone hoy –bombardear Irán hasta que cambie de régimen– es el mismo cálculo que Eisenhower hizo en 1953. La diferencia es que entonces había un plan y un candidato. Hoy nadie sabe cuál es la estrategia de Trump, excepto agitar el avispero a ver qué pasa.