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El lado oscuro de ganar un Oscar: de las décadas funestas de Adrien Brody al olvido de Kim Basinger

2026-03-15 - 08:43

La temporada de premios llega a su culminación este 16 de marzo: por fin sabremos si Paul Thomas Anderson gana por fin un Oscar, si Chalamet se estrena o es DiCaprio quien repite o si España se lleva una, dos o ninguna estatuilla con Sirat. Será una gala, esta, en la que hay categorías más o menos cerradas (como mejor actriz o incluso mejor película) y otras en las que puede pasar cualquier cosa. Sin embargo, cuidado con algunos premios, porque vienen con un ancla invisible. Solo una actriz, la oscarizada Melissa Leo, se ha sincerado con lo que otros callan: la estatuilla que ganó por The Fighter la perjudicó. Su carrera anterior al Oscar era mejor que la posterior y, lo peor (o eso dice), es que ella nunca soñó con ganar una estatuilla. Pero así es el destino: a veces te recompensa con los sueños de otros para que tú vivas tus propias pesadillas. ¿Trae mala suerte el Oscar? La llaman la maldición del Oscar, pero no es infalible. Por supuesto, están aquellos actores a los que la estatuilla les llega tan consagrados, como el propio Leonardo DiCaprio, que en nada les afecta en su posterior filmografía. E incluso aquellos que aprovechan el empellón triunfal del premio para obtener mejores proyectos. Sin embargo, no son uno, ni dos, ni tres los casos similares a los de Melissa Leo, y no siempre se debe a que el actor, al haberlo conseguido todo, se acomoda y pierde ambición. Adrien Brody, hasta que curiosamente ganó el segundo por The Brutalist, debió desear varias veces no haber ganado el Oscar por El pianista, ya que su carrera posterior es catastrófica. De hecho, se bromeaba con que el suyo debía ser el peor agente de Hollywood, porque haber tocado la gloria tuvo como respuesta inmediata hundirse en la penumbra. Esperemos que The Brutalist no la devuelva a ella de nuevo. Lo mismo puede decirse de Halle Berry, Cuba Gooding Jr. o de Kim Basinger, quienes tienen sus mejores papeles antes de lograr la estatuilla y de cuya filmografía posterior puede decirse poco o nada. Mercedes Ruehl, por ejemplo, y tras el Oscar de El rey pescador, prácticamente se dedicó en exclusiva al teatro, mientras que Mira Sorvino tuvo la desdicha de toparse con el miserable Weinstein en su camino: tras negarse a tener una relación con él, presionó a todos los productores para que no la contratasen pese al Oscar ganado con Poderosa Afrodita, y estos cumplieron. El de Murray Abraham es otro caso particular: tras su inapelable estatuilla por Amadeus, le llegaron tantos proyectos que se agobió y los rechazó todos, lo que provocó que estos directores le retirasen su apoyo. Como él mismo ha reconocido, el Oscar le concedió una fama que nunca había tenido y no supo gestionarla, lo que tuvo la fatal consecuencia de bajar su caché ya no con relación al establecido al saberse ganador, sino al previo a ser contratado en Amadeus. Muchos de estos ejemplos, y otros tantos que tienes en mente, se deben a que el actor oscarizado hace un gran papel o simplemente tiene suerte (el voto se divide entre dos candidatos fuertes y él es el inesperado vencedor), pero carecen de auténtico “nivel Oscar”. Esto se pone de manifiesto cuando les ofrecen papeles aptos solo para propietarios legítimos de una estatuilla y no acaban de convencer, lo que no únicamente los deslegitima a ojos del público, sino que anima a los propios actores a aceptar papeles por debajo incluso de sus competencias reales con tal de no arriesgarse a quedarse sin empleo.

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