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El Louvre y el Arqueológico recomponen testimonios de la cultura ibérica tras una historia de falsificaciones y robos

2026-02-26 - 12:03

Esta es la historia de un reencuentro, de una reunión de piezas escultóricas separadas desde hace más de un siglo. Representan esfinges fantásticas con cuerpo de león y alas de ave; animales tan reales como un toro o un carnero; y también seres humanos, los que habitaban este país y guerreaban hace 2500 años. Unas retornan desde el Museo del Louvre y otras pertenecen al Museo Arqueológico Nacional (MAN), pero todas formaron conjuntos destacables de la cultura ibérica, creados por artistas en diferentes puntos de la Península entre los siglos V y I a.C. El espacio que comparten ahora es uno de los principales del MAN y allí permanecerán hasta el mes de mayo, momento en el que algunas retornarán a París. Diez piezas esculpidas en piedra, actualmente no expuestas en el Museo del Louvre, reposan ahora en Madrid y forman parte de los primeros vestigios de nuestra cultura más ancestral. Fueron halladas desde 1870 en varios emplazamientos: Cerro de los Santos, Llano de la Consolación y El Salobral, en Albacete; Agost en Alicante; y Osuna en Sevilla. Una cuadrilla amateur y un relojero falsificador En aquel año de 1870 y en el término municipal albaceteño de Montealegre del Castillo, una cuadrilla formada por el hijo del administrador de la finca donde se encontraba el Cerro de los Santos, dos guardas municipales y el jardinero del Ayuntamiento de Yecla, comenzaron unas excavaciones que podrían catalogarse como un hito. Al mando de las mismas se encontraba el padre Carlos Lasalde, sacerdote de los escolapios de Yecla, que había sido designado como director de los trabajos por el Marqués de Valparaíso, propietario de la finca. Años antes, hacia 1860, había andado hurgando por el Cerro de los Santos un tal Vicente Juan y Amat, apodado El relojero, atraído por historias de restos arqueológicos encontrados en ese promontorio desde hacía décadas. 'El relojero' pasará a la historia por haber colado algunas falsificaciones entre los hallazgos íberos. Al parecer, actuó así como venganza al ser apartado de las intervenciones arqueológicas en favor de Carlos Lasalde. Algunos vaciados de las esculturas viajaron a las Exposiciones Universales de Viena (1873) y París (1878) y eso propició el interés de arqueólogos franceses, que se desplazaron rápidamente a las zonas para participar en las excavaciones. Su labor fue fundamental y así se ha de reconocer, pero como en aquella época nada impedía que nuestro patrimonio fuera adquirido por instituciones o particulares extranjeros -la primera Ley del Tesoro Artístico Nacional data de 1933-, buena parte de las piezas que iban encontrándose fueron vendidas al Museo del Louvre, donde comenzó a formarse una notable colección ibérica. ¿Quién se resistía a llevarse ‘debajo del brazo’ una belleza del calibre de La Dama de Elche? Descubierta en 1897, y corroborada su autenticidad por los arqueólogos franceses León Heuzey y Pierre Paris, se efectuó su venta por 5.200 pesetas. Gracias a un acuerdo de Estado entre Francia y España, una parte de la colección ibérica del Louvre -36 esculturas en total-, incluyendo esa pieza excepcional, regresaron al Museo Arqueológico Nacional en 1941 dentro de un intercambio. Dos cabezas robadas en manos de Pablo Picasso La figura de Pablo Picasso se asoma de manera un tanto rocambolesca a esta historia, porque del Louvre han llegado dos cabezas votivas, una masculina y otra femenina, que formaron parte de la colección particular del pintor malagueño. Se exhiben junto a la colección de exvotos del Cerro de los Santos en perfecta armonía porque de allí proceden. En 1907, Picasso las adquirió a Géry-Piéret, secretario del poeta Guillaume Apollinaire. Fascinado por aquellas expresiones de una antigüedad pétrea, cuya influencia fue evidente en sus obras posteriores, no pudo resistirse a poseerlas. No olvidemos que un cuadro rompedor como Las señoritas de Avignon está fechado precisamente en 1907. El único problema es que el propio secretario las había robado del Museo del Louvre. ¿Alguien puede creer que Picasso desconocía la procedencia? El caso es que en 1911 se registró otro robo en el Louvre, esta vez más sonado: nada menos que la Mona Lisa. La policía francesa -no sabemos si capitaneada por Clouseau- acabó investigando a Apollinaire, alertada por los conocidos tejemanejes de Piéret. Picasso fue llamado a declarar ante un juez y acudió muy azorado. La angustia de verse involucrado en semejante lío impulsó a Picasso a devolver las dos piezas de su colección, que hoy vemos en Madrid, realizando la entrega a través del periódico Paris-Journal. Nada tuvieron que ver con el robo de la Gioconda, pero del secretario nunca más se supo. Un bestiario alrededor de Pozo Moro El monumento de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete) ocupa un lugar privilegiado en el Patio Norte del museo arqueológico, bajo la luz natural que se filtra a través de la montera de vidrio climático que lo recubre. Cruce de caminos y punto de encuentro, esta torre flanqueada por cuatro leones pudo alcanzar los diez metros de altura y servir de guía a los que cruzaban la Península desde las costas levantinas hacia los territorios del occidente andaluz. A su alrededor 'pastan' ahora un par de toros encontrados en Osuna (Sevilla), los animales más representados en la historia de Iberia. El que pertenece al MAN está echado, mientras el que los franceses tienen enchiquerado en el Louvre debía estar de pie, aunque le faltan las extremidades. Cerca de ellos, completando el bestiario en piedra caliza, se reencuentra una pareja de carneros en altorrelieve empleados como sillares, bajo la mirada mágica de la Cabeza escultórica del Llano de la Consolación. De ojos almendrados, con un fino acabado de detalles y tocado por un casquete, este guerrero puede ser la más delicada pieza de la expedición. Dejando atrás las preciosas esfinges de Agost y El Salobral, algunas conservando parte de su colorido original, llegamos a un par de guerreros de cuerpo entero procedentes del yacimiento de Osuna, que entran en acción junto a otras piezas del mismo conjunto. En ellos advertimos los escudos ovales y las falcatas con los que estos hombres se jugaban la vida en el campo de batalla. No está de más reivindicar el amargo papel que los varones han jugado a lo largo de la historia, ahora que tan denostado se encuentra el sexo masculino. Individuos que ofrecían lo más preciado que un ser humano posee, sus propias vidas, para defender los pueblos donde nacieron y sus familias. Como podemos comprobar, aquellos hombres no sólo eran capaces de pelear contra sus oponentes, sino que labraron sobre la piedra, con sumo cuidado y delicadeza, un testimonio del mundo que nos precedió. Los vestigios de aquella Antigüedad se muestran admirablemente en esta exposición a la que han contribuido entidades como la Fundación Ibercaja y la Casa de Velázquez, además de los museos citados.

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