El mar está perdiendo sus olas: reconstruyen las 11 que han desaparecido, entre ellas la mítica de Mundaka
2026-02-14 - 07:06
La ola de Mundaka no era solo un fenómeno marítmo: era una seña de identidad para la localidad. Una izquierda perfecta que atraía surfistas de todo el mundo... hasta que en 2003 los dragados para facilitar el acceso a los barcos industriales alteraron la morfología del fondo marino. "De la noche a la mañana, la ola desapareció", explica Daniel Fernández Pascual, coautor junto a Alon Schwabe del proyecto artístico Las olas perdidas. "Ese evento dejó claro hasta qué punto los fondos marinos están conectados con las rompientes". Cooking Sections, colectivo artístico que forman Fernández y Schwabe, no solo documenta la pérdida, sino que la revive. La exposición, presentada en el Centro Botín de Santander, reconstruye once olas icónicas desaparecidas en todo el mundo por acciones humanas; políticas y económicas: ampliaciones portuarias, rellenos artificiales, dragados, turismo... Pero también rescata lo intangible: "Cuando desaparece una ola queda una huella material, una cicatriz en una red de relaciones", señala Daniel, hablando tanto de comunidades humanas como de ecosistemas marinos. Además de Mundaka, el proyecto reúne otras diez olas icónicas cuya desaparición revela patrones globales de cómo la intervención humana altera el litoral. En California, por ejemplo, la mítica Killer Dana dejó de existir en los años 60 tras la construcción del puerto de Dana Point. Era una ola larga, hueca y perfecta que había definido durante décadas la cultura surf local. Otro caso recogido en la instalación es el de La Barre, en Bayona (Francia). En los años 70, la ampliación del puerto y la alteración del sistema de corrientes borraron del mapa una ola que había sido durante años un campo de pruebas para surfistas experimentados. En Australia, el proyecto rescata la historia de Kirra, una de las olas más prestigiosas de la Gold Coast, que se desfiguró a raíz de los dragados destinados a alimentar artificialmente las playas turísticas. Además de las mencionadas, el proyecto reconstruye la ola de Pavones (Costa Rica), que se fracturó tras años de construcciones irregulares y alteraciones en la desembocadura del río; Perdida, en la costa peruana de Áncash, eliminada por un espigón levantado para proteger una carretera; Kewalos en Honolulu, arrasada por la ampliación del puerto o Kaiser’s en Guam, donde un complejo turístico y sus sucesivos dragados destruyeron un arrecife cuya geometría daba forma a la ola. Meter el mar en una sala de exposición Esa herida que acompaña a la pérdida de las olas es el punto de partida de Las olas perdidas, la primera instalación que Cooking Sections presenta en el territorio español. A partir del caso de Mundaka, buscaron otros ejemplos similares por todos los mares y océanos: olas icónicas desaparecidas por intervención humana. "Empezamos por Mundaka, pero pronto descubrimos que no era un hecho aislado", explican. Con apoyo del equipo de ingenieras e ingenieros de GeoOcean, pioneros en análisis de erosión costera y dinámicas del oleaje, identificaron once olas extintas en distintas partes del mundo. Sin embargo, advierten que no son las únicas: "En informes e investigaciones recientes han aparecido más". En Las olas perdidas, la sala de exposición funciona como una cámara que conecta las relaciones entre paisaje, ciencia y arte. "Queríamos ‘meter’ el paisaje en la sala", explica el autor. Para ello, la instalación está abierta hacia la bahía de Santander, sin paredes, dejando entrar luz, el sonido de las mareas y tráfico marítimo. Las intérpretes musicales y corporales, además, activan estructuras suspendidas que evocan formas ondulantes: fragmentos sensoriales de olas perdidas por todo el mundo. "Es un bucle continuo, como las olas", dice Daniel. En muchas culturas tradicionales, el mar y la tierra no están separados y forman parte de una continuidad viva. Daniel lo explica con claridad: "Hay comunidades que usan las olas para entender qué peces o algas crecen donde rompen, porque las turbulencias y burbujas que generan atraen a distintas especies. Hay, por tanto, conexiones ecológicas, culturales e históricas". Fernández explica que cuando la ola desaparece, no se extingue un fenómeno físico; también se rompe un tejido relacional. "Queda una huella material, una cicatriz en una red de relaciones", dice Daniel. El impacto afecta a surfistas y negocios locales, sí, pero también a "bancos de peces, y a las praderas marinas", afirma. Datos de olas convertidos en sonido La instalación en el Centro Botín busca, además, hacer sonora esa pérdida. El espacio expositivo está abierto, sin paredes, con la luz natural de la bahía entrando a través de grandes ventanales. El visitante, en lugar de observar únicamente, se mete de lleno en un entorno vivo marcado por la luz cambiante, los barcos cruzando el horizonte y las vibraciones y resonancias que producen las olas. A nivel técnico y poético, el proyecto se sustenta en reconstruir la forma de las olas a partir de datos científicos. Durante décadas, GeoOcean ha recopilado mediciones sobre corrientes, presión atmosférica, intensidad de viento, mar de fondo... Los expertos modelaron digitalmente cómo eran esas olas extintas. "Las olas tienen parámetros muy musicales: pulso, ritmo, velocidad, amplitud", explica Daniel. Esa información fue traducida por el compositor Duval Timothy en una pieza sonora que envuelve toda la instalación. A su vez, estas partituras se traducen en movimientos generados por unos intérpretes que activan continuamente una coreografía desarrollada por los artistas. El resultado es un paisaje sonoro que se complementa con la performance de unas intérpretes que activan estructuras suspendidas que evocan cuerpos ondulantes. "Es un bucle continuo, como las olas. No hay principio ni fin", afirma Daniel. Algunas vibraciones se transmiten al aire; otras, al suelo. El espectador se convierte, por un momento, en testigo y receptor de algo que ya no existe físicamente. El mar no olvida, aunque nosotros lo hagamos Cooking Sections lleva más de una década explorando cómo la acción humana transforma territorios y ecologías. Su arte parte desde una narrativa sensorial que provoca preguntas en los espectadores. "Queremos que la gente piense, por ejemplo, en los esfuerzos de Cantabria por declarar siete olas como patrimonio inmaterial, o en los casos donde se ha llegado a proteger olas mediante estatutos legales", señalan los artistas La ola de Mundaka, con el tiempo, volvió parcialmente. Concretamente, cuando se detuvo el dragado y el arenal comenzó a recolocarse de forma natural, la ola reapareció, aunque de manera intermitente y menos estable. Para muchos en Mundaka, fue casi una prueba de resiliencia oceánica, el mar tratando de recomponerse a pesar de la alteración humana. Esa recuperación parcial fue un alivio económico y surfístico, sino además de un acto simbólico para los creadores de la obra; como si el mar llevara consigo memoria. En esa idea de memoria, humana y natural, reside uno de los núcleos del proyecto. ¿Puede el paisaje recordar? ¿Puede el mar dar explicación de lo que le hemos hecho? Daniel deja una respuesta: "Las olas existen, están vivas y todo lo que hacemos en el fondo afecta a la superficie". Preguntado por si las olas pudieran hablar, Fernández afirma que probablemente nos recordarían esa conexión obvia, y sin embargo ignorada: que el mar no olvida aunque nosotros podamos. La exposición estará abierta al público en el Centro Botín de Santander hasta el 1 de marzo, con este "bucle continuo" interpretándose durante los horarios del museo. La exposición contará con jornadas públicas en las que presentarán el libro que acompaña la exposición.