El mito por la ‘pureza’ pone en riesgo al dingo, según un estudio genético
2026-01-29 - 06:30
El dingo australiano (Canis lupus dingo) ha ocupado un lugar incómodo en el imaginario colectivo desde hace años. Ni salvaje del todo ni del todo doméstico, pero pese a eso un depredador clave para algunos ecosistemas australianos y plaga a erradicar para buena parte del sector ganadero. Su estatus biológico sigue siendo motivo de debate, incluso entre especialistas. ¿Es una especie propia, un perro asilvestrado o algo intermedio? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto la mezcla con perros europeos ha ‘contaminado’ su identidad? Para entender por qué esta discusión sigue tan viva conviene recordar quiénes son los dingos. Llegaron a Australia hace unos 3.500 años, probablemente acompañando a poblaciones humanas desde el sudeste asiático, y desde entonces evolucionaron de forma aislada. Con el tiempo dejaron atrás la dependencia humana y pasaron a ocupar el papel de gran depredador terrestre en buena parte del continente. Ese aislamiento prolongado es el que llevó a algunos investigadores a defender que el dingo merece ser considerado una especie distinta. Un estudio reciente aporta una nueva pieza a este rompecabezas, y lo hace cuestionando si la hibridación con perros domésticos europeos ha sido necesariamente negativa para el dingo. Cuando rompemos las barreras naturales La historia del dingo no puede separarse de la historia humana. A lo largo de milenios, las personas han trasladado animales y plantas más allá de sus áreas naturales, forzando encuentros entre poblaciones que habían permanecido separadas durante miles o incluso millones de años. El resultado ha sido un aumento global de la hibridación. Estos cruces generan recelos porque, en muchos casos, los híbridos presentan problemas de salud o pierden adaptaciones para sobrevivir en su entorno. Hay ejemplos bien documentados, como en Asia, donde las poblaciones silvestres del gallo están perdiendo diversidad genética al cruzarse con gallinas domésticas; en América, casi no quedan rastros genéticos de los antiguos perros precolombinos tras la llegada de los perros europeos. Pero la hibridación no siempre es una desventaja. En determinadas circunstancias, incorporar variantes genéticas externas puede mejorar la supervivencia frente a nuevas enfermedades o condiciones ambientales. Incluso los humanos modernos heredamos genes de otras especies humanas, como de los denisovanos. El problema de medir la ‘pureza’ En el caso del dingo, el debate sobre su pureza genética ha sido especialmente intenso. Desde finales del siglo XVIII, con la llegada de colonos europeos y sus perros, se abrió la posibilidad de cruces entre ambas poblaciones. Para algunos sectores, esto ha servido como argumento para restar valor ecológico al dingo como especie digna a conservar. El problema es metodológico, y para saber cuánto ADN europeo tiene un dingo actual es necesario compararlo con un dingo ‘puro’. Y, tras más de dos siglos de coexistencia, resulta casi imposible asegurar que las poblaciones modernas no estén ya mezcladas. Para sortear este obstáculo, el equipo investigador recurrió al pasado. Secuenciaron genomas completos de restos óseos de dingos antiguos hallados en cuevas de la llanura de Nullarbor, en el sur de Australia. Algunos de estos animales vivieron y murieron antes de 1788, año de la llegada de la Primera Flota británica. Esto permitió establecer una referencia genética previa a la colonización europea. Dos realidades genéticas dentro de Australia Al comparar esos genomas antiguos con los de dingos actuales, los resultados mostraron un curioso patrón. En el noroeste de Australia, la mayoría de los dingos no presenta rastros detectables de ascendencia europea. En el sureste, en cambio, algunos individuos tienen hasta una cuarta parte de su genoma procedente de perros europeos. Además, esos fragmentos de ADN europeo aparecen repartidos en pequeños segmentos a lo largo del genoma, lo que indica que los cruces no son recientes, sino que ocurrieron hace al menos diez generaciones. De hecho, muchos de esos episodios de hibridación coinciden temporalmente con el inicio de los programas masivos de control poblacional mediante cebos envenenados lanzados desde el aire a mediados del siglo XX. Más diversidad, menos riesgos A primera vista, que el dingo haya incorporado genes de perros europeos puede parecer una mala noticia, sin embargo, el estudio apunta en otra dirección. Los dingos anteriores a la llegada europea mostraban niveles de endogamia muy elevados, incluso superiores a los de muchas razas caninas actuales.