El nadador y otros cuentos de John Cheever (Random 2025)
2026-03-16 - 11:03
Tres de los mejores cuentos del mejor cuentista del mundo. El relato de Cheever, el mundo de Cheever, análisis prototípico de occidente, de una sapiencia incontrolada, salvaje en una sociedad contenida, encendida de alcohol, de lujuria y estrés postraumático. «El nadador», con una linealidad delirante, una vida en forma de cloro diluido y ginebra mal digerido, se difuminan el tiempo y el espacio, cómo se funde el nadador con el mar, con las piscinas, con la eternidad híbrida de ginebra y cine (humanidad de pantalla grande). El nadador y otros cuentos, ilustrado por Pau Gasol, de John Cheever editado por Random House. El hambre: almendras, cacahuetes y avellanas. Las apariencias, la lluvia que va y viene: el sol define las estaciones, la mañana y la tarde se confunde, hasta convertir las alucinaciones del protagonista en una serie de capítulos para capturar al lector. La primera temporada, llena de flashback... Gasol, captura en rosa, pintando de inocencia, el hombre anfibio recorriendo los carriles de la autopista (infinita, como Foster Wallace, como la baraja del Guasón), es el hombre anfibio, capaz inocular los restos de las piscinas de clase alta y el verdín de las piscinas públicas abandonadas. En esa toxicidad la realidad empapa las páginas: «Sus amigos, no recuerdo haber vendido la casa, mis hijas». Se difumina el pasado: «Caían hojas de los árboles y el viento trajo olor a humo», ¿desnudez, amantes, enfermedad, frío y destilados? Es una vida cocktail, donde se mezclan las invitaciones rechazadas, las filtraciones del pasado que inundan de nafta la realidad. La realidad es destrozada por el delirio en un combate de lucha amañado, como todos los grandes combates. Nos íbamos, ahora, ayer, una sed profunda: «No voy a darte ni un centavo». Eso, la sed, la sed del loco, el olor de la ceniza, el sabor quemado de una casa abandonada: «¿Qué se había hecho de las constelaciones de pleno verano?». Cuando llegó, la casa derruida, los colores cálidos, el rosa sobre la casa, la el hierro oxidado: cualquier final, cualquier lectura, cualquier interpretación, nunca será la definitiva. Porque el autor, Cheever, es hipnótico, desconocido, inescrutable. «Adiós, hermano mío», en el mundo que se aísla en una isla, península, lengua de tierra, continente y océano. Pommeroy, familia y banda. Profesores, clase media, divorcios y abogados. El transbordador de la verdad, el camino de Lawrence, playa y costa. Una familia encendida de alcohol (martini, whisky, ginebra, ron). En un rompeolas se eleva, la metáfora que mezcla la decadencia de la familia con la dejadez de la casa de verano. «Vayamos a nadar y beber martinis en la playa». Una ilustración captura la casa elegante al oleaje, en una deriva, nadie vive, ni muere, porque permanecen en los relatos de Cheever: acantilado y Backgammon. Sexo, sexualidad, infidelidad, extraños que miran cómo bailan entre ellos los que se conocen, bebiendo de todas las conversaciones. Hermano y hermano. Hermano y hermano. Sal de todo esto, de la promiscuidad y alcoholismo. El final de la historia, con una explosión, un cierre que amaga con el salto cualitativo, hacia el final, universo y punto final, punto y aparte. El tercer cuento, «El marido rural», el avión, el accidente, la petaca con su trago largo, como su lubricante social. Una historia, un extraño, un instante. Francis y sus hijos, asustado, intentando que su voz capte la atención de ellos, de los hijos, de la mujer. Francis, al borde de la muerte, silenciado por el ruido de fondo. Henry, Toby, ¿Qué vale más? ¿Qué historias es más importante? Cuando tu historias es tránsito, es olvido. Es como una ilustración, de una serie, de recuperar los cincuenta, los sesenta, los hombres locos, pero sin glamour, cigarrillos y Marlboro. En la casa, en el jardín, fuera: él es un fantasma, frío azul exterior, enfrentado al cálido color del interior. Cenas en el vecindario, la vida social, se acumulan, y en la vigilia de los compromisos, surge un instante, una chispa, flash, hacia atrás... el sonido de las explosiones y las cuchillas de afeitar, en la intersección, aliados y colaboracionistas. Las generaciones de norteamericanos, enganchando las dos guerras mundiales con Corea y Vietnam... ¿Qué síndrome ha acumulado tanto síndrome de estrés postraumático? «La guerra ahora parecía ahora muy distante y aquel mundo donde el precio de tomar partido había sido la muerte o la tortura quedaba terriblemente lejano». ¿Qué sucede? Criadas, canguros, ¿qué le puede importar? Es un veterano disfuncional que sobrevive, recuerdos de Mauritania, punto de no retorno, un punto de no retorno que se aleja, que se acerca. Es tan frágil que nos hace entender que Kurg y Saunders están cerca, cada día más. En los supermercados se acumulan novelistas pulp donde se multiplican los universos paralelos, las tierras alternativas, que acabarán descatalogadas, abandonadas, quemadas... Cenizas de distopías que solo coleccionistas muy die hard podrá recuperar. Mientras, los personajes de Cheever, como muñecos sin articulaciones, que viven de manera rígida, austera, solo whisky y cigarrillos. «Pintarlas de negro y callarse». Un psiquiatra, (¿qué moderno?), Gertrude, 25 céntimos. Abordar la historia con una ilustración, familia de fondo anaranjado, rosa la familia, 4+2, ¿se deshacen como una golosina de azúcar inválido? Azúcar en las muelas, enfermando, en la boca, fundida. Recuerdas el aterrizaje forzoso, la nueva doncella, Anne, su novio, el desencuentro social. La doncella que escapa de la WWII, que limpia los restos de la pelambrera, quizá bella, doncella y mujer. Mujer que llora, esposa acumulando ropa sucia, mentiras y sociedad, su secretaria se va. Anne y su padre borracho. Podría ir al psiquiatra, a escondidas, violar a una chica, ir a la iglesia, un abanico de opciones, una baraja de desesperación de Raymond Carver, jugar o no, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? Y, así, el final, estoy enamorado, Doctor Herzog. Una manera perfecta de comenzar con Cheever, obras mayúsculas del relato corto, atrapando en ámbar una sociedad que, vista en la distancia, parece sorprendente, articulada, muy lejana. Pronto hará cien años. Se dice pronto. Pero sigue siendo como una de esas amenazas nucleares que avisaban cada mañana. Cheever&Gasol.