El pasado
2026-02-25 - 05:03
La desclasificación de los documentos del 23-F promete algo más que una vaharada de polvo de archivo; nos ofrece una nueva versión de nosotros mismos. Durante décadas hemos convivido con una narración más o menos estable del 23 de febrero de 1981: el Congreso tomado por guardias civiles, los gritos, los disparos (mira, allí en el techo aún se ven), la noche en vilo y la figura del rey como garante último de la democracia. Lo sabemos de memoria. Lo hemos visto repetido hasta la saciedad. Lo hemos convertido en la escena fundacional de la modernidad. Pero la memoria colectiva no es un acta notarial, sino una novela coral que se corrige con cada generación. Yo, por ejemplo, no recuerdo nada (tenía 6 años), pero lo he visto tantas veces, tantas me lo han contado, que forma parte de mis recuerdos y de mi pavor personal. Lo que se desclasifique ahora —conversaciones, informes, vacilaciones, silencios— añadirá datos, desplazará responsabilidades, matizará heroísmos, tal vez desdibuje certezas. Si es lo que todos esperamos, nada cambiará. Si hay revelaciones relevantes, no cambiará únicamente el pasado; cambiará el modo en que nos contamos la Transición y, por extensión, el presente. Cada país necesita mitos de origen. El 23-F fue durante años el relato generacional de una sociedad que supo defenderse a sí misma. Si los papeles revelan zonas grises, pactos incómodos o estrategias menos épicas, será menos una traición a la historia que un ajuste de enfoque. Lo incómodo no invalida lo sucedido; lo vuelve humano. No existe la memoria pura pero sí la interpretación, y ahora andamos ansiosos por dar la nuestra, que consideramos importante, original, única. Habrá quien busque confirmar sospechas antiguas y quien se aferre a la versión conocida, decepciones y reivindicaciones tardías. Y, casi sin darnos cuenta, otros escritores, otros ciudadanos empezaremos a contar otra historia del 23-F.