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El peliagudo precedente de las palabras de Rosalía

2026-03-16 - 06:33

Todos participamos de la sociedad de la susceptibilidad. A veces, necesaria para prosperar. Otras, en cambio, contraproducente: si no disponemos de las herramientas para discernir cuando los comentarios son relevantes o anecdóticos. Lo que propicia una censura creciente de las personalidades públicas en las entrevistas. Los referentes de la cultura coartan su espontaneidad, no vaya a ser que sufran una cancelación pública en un ecosistema viral que ha convertido la polémica en adictivo entretenimiento. Mera distracción incluso, pues nos olvidamos a la mañana siguiente de lo que tanto nos indignó horas antes. Rosalía sufre este estado de escrutinio constante. Hable o calle, nunca cumplirá las expectativas de ciertos fans: los que no pretenden comprender a su Idolo, simplemente ansían que actúe a medida de sus vehemencias. La última polémica entre polemistas sucedió el 3 de marzo, cuando Rosalía conversó, en Spotify, con la escritora Mariana Enriquez. Desde Buenos Aires para el mundo. Y, de repente, salió en la charla Picasso: “Nunca me ha molestado diferenciar al artista de la obra. Quizás ese señor, si le hubiera conocido, no me hubiera caído tan bien por las cosas que me han explicado. Pero, quién sabe, a lo mejor sí. No me importa, disfruto de su obra”. Ya estaba liada. Aunque en el tono y los entornos del podcast se comprende perfectamente la buena intención de la reflexión de la artista. ¿Vamos a cuestionar ahora la obra del autor del Guernica? Entonces, ni podríamos comprar en el supermercado donde compramos ni vestirnos con la ropa que nos vestimos ni emocionarnos con las películas que nos emocionaron. Pero en la civilización de la excitación del "estás conmigo o estás contra mí" los rincones no importan demasiado. Siempre elegimos primero la puerta de la indignación. Y, este fin de semana, Rosalía ha salido a rectificar: “No estoy en paz con lo que dije. Es verdad que me he equivocado, tenéis razón. Gracias por decírmelo. Es importante no hablar de según qué temas cuando no tienes todo el conocimiento”, se retracta, antes de añadir: “No tengo nada más que amor, respeto y agradecimiento por el feminismo. Quizá a veces peco de cuidadosa por ese amor y respeto. Siento que me da miedo denominarme de según qué manera por no ser una representación lo suficientemente buena de ello. Yo creo que está claro: la forma en la que vivo, escribo, performeo, canto, en la que hago música y quiero es muy feminista. Para mí es obvia mi posición feminista. A lo mejor para el resto no lo ha sido tanto”. En el fondo, en su mensaje, subyace un problema más profundo para los artistas de hoy: estar tan pendientes de las redes sociales puede terminar coartando su mirada artística. Por el miedo al ser juzgado. Por el pavor al fuera de contexto de sus palabras. Por el terror al no cumplir las expectativas ajenas. Una utopía. Jamás podrás estar hecho a la medida exacta de los deseos de cada uno de tus fanáticos que, encima, te pedirán cada vez más escrupulosa dosis de ejemplaridad si sales a aclarar lo que dijiste después de cada reproche. Rosalía sienta un peliagudo precedente pidiendo excusas por una divagación que se debería comprender sin necesidad de comunicado oficial. De hecho, en el mismo vídeo, ella incide en la cerilla que prende esta situación: “El mundo está muy polarizado, parece que si no dices claramente el lado en el que estás, estás en el otro”. Una simpleza que nos hace menos libres mientras, paradójicamente, nos creemos más libres. Porque absorbidos por un sentimiento de sospecha sin tregua perdemos la habilidad de comprender los matices de cada situación, quedándonos atrapados en trincheras de consignas a brochazos. Qué peligroso ser incapaces de paladear los segundos de duda que son la vida. Los titubeos, los silencios cómodos, las ideas que se encuentran, se enredan y se desenredan en la autenticidad de una charla cómplice. Pero da la sensación de que o los artistas actúan con la milimétrica pulcritud que soñamos o ya nos han decepcionado. Hete aquí lo que somos incapaces de ver en nosotros mismos mientras echamos cuentas a otros: Pedimos, pedimos, pedimos. Como el cliente quejica que celebra que le den la razón solo por ser cliente. Sin embargo, la cadena de la congregación humana falla si solo pedimos y no empatizamos. Ser fan o seguidor de alguien es también tratar de evitar la toxicidad y entender a su ídolo, sus contextos y celebrar que comparta hasta la honestidad incapaz de sentar cátedra. Porque los queremos sinceros, pero luego no soportamos la naturalidad. Será que es más compleja que los 280 caracteres de un tuit y que los sesenta segundos de un vídeo de TikTok.

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