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El perro que la historia quiso olvidar: así convivían los pueblos nativos de América con sus canes

2026-02-20 - 07:23

Dentro de la deuda histórica, inmensa, inasumible e imposible de saldar que las sociedades occidentales mantenemos con los pueblos nativos de América, la más persistente es el desconocimiento. Un vacío alimentado durante siglos por clichés, prejuicios y relatos interesados, construidos casi siempre por quienes los sometieron, desplazaron o intentaron borrar su cultura. A más de doscientos años tras los procesos coloniales, seguimos descubriendo hasta qué punto aquellas sociedades eran complejas, diversas y profundamente sofisticadas. Ese desconocimiento no afecta solo a su organización social, espiritual o económica. También alcanza a su relación con los animales. El cine, la literatura popular y la televisión han fijado una imagen casi única de los primeros pueblos americanos y los caballos, una simbiosis poderosa y bien documentada. Pero ese foco ha dejado en penumbra la convivencia igual de antigua y relevante que mantuvieron con los perros. No como animales secundarios, ni meros acompañantes, sino como individuos integrados en la vida cotidiana, con funciones específicas, valor simbólico y, en algunos casos, una gestión genética deliberada. Una de las historias más interesantes de esa convivencia es la del perro lanudo de los pueblos Coast Salish del noroeste del Pacífico. Un perro que no fue criado durante milenios para cazar ni vigilar, sino para algo tan cultural como tejer identidad. Y cuyo último representante conocido tiene nombre propio: Mutton. Perros en América antes de América Los perros llegaron a América mucho antes que los europeos. Acompañaron a los primeros grupos humanos que cruzaron desde Eurasia hace más de 10.000 años, ya domesticados. Así lo confirman las pruebas arqueológicas en la actual Washington y en el suroeste de la Columbia Británica, donde se han hallado restos de perros de hace al menos 5.000 años. En las sociedades nativas de Norteamérica, los perros asumieron funciones que en otras partes del mundo se repartían entre varias especies domésticas. Transporte, caza, vigilancia, compañía, gestión de residuos y también, en algunos casos, producción textil. El ejemplo más extraordinario es el de los pueblos Coast Salish, que desarrollaron y mantuvieron durante siglos la raza del perro lanudo salish. El perro que daba lana El perro lanudo salish era un perro tipo spitz, de tamaño mediano, pelaje blanco, largo y denso, orejas erguidas y cola enroscada en la espalda. No se criaba para trabajar la tierra ni para la caza, sino para producir fibra textil. En un continente donde no se domesticaron ovejas y donde animales como la cabra montés eran salvajes, estos perros proporcionaban una fuente constante, controlada y renovable de lana. Eran esquilados una vez al año, normalmente en primavera, y su pelo se mezclaba con fibras vegetales, plumas y pelo de cabra montés para tejer mantas de enorme valor cultural. Estas mantas no eran simples objetos utilitarios para la población que las tejía. Eran también bienes de intercambio, regalos ceremoniales y marcadores de estatus. Tanto, que solo mujeres Coast Salish de alto rango podían poseer perros lanudos, y parte de la riqueza de una mujer se medía por cuántos perros tenía. Una extinción que no fue económica Durante décadas, historiadores y economistas explicaron la desaparición del perro lanudo como una consecuencia lógica del capitalismo debido a la llegada de mantas industriales baratas que habría hecho innecesaria la producción tradicional. Pero esa explicación tantos años mantenida ignora la voz indígena. Tejedoras, ancianas y guardianas del conocimiento de los Coast Salish han sido claras al respecto. Aquellas mantas no eran sustituibles. Se tejían contando en sus dibujos historias familiares, linajes e identidades. Y los perros no eran recursos intercambiables, sino compañeros profundamente queridos y muy bien cuidados. La desaparición del perro lanudo fue, sobre todo, consecuencia directa del colonialismo. Políticas represivas, prohibiciones culturales para mantener sus tradiciones e intervenciones policiales y religiosas. A muchas familias se les obligó literalmente a deshacerse de sus perros por considerarlo inapropiado en la cultura europea. La cría tradicional se volvió inviable y, con el tiempo, dejó de haber perros lanudos. Para principios del siglo XX, la raza se consideraba oficialmente extinguida. Mutton, el perro que quedó Hoy solo existe un ejemplar confirmado de perro lanudo salish. Su piel se conserva en el Smithsonian desde su muerte en 1859. En vida, Mutton fue el compañero obsequiado por un colaborador del pueblo Coast Salish al naturalista George Gibbs durante la expedición Northwest Boundary Survey, encargada de trazar la frontera entre Estados Unidos y Canadá en el noroeste del Pacífico. Más de 160 años después, un equipo interdisciplinar de arqueología, biología evolutiva y antropología molecular decidió escuchar lo que los restos de Mutton aún podía contar. Y lo hizo combinando ciencia occidental y conocimiento amerindio, bajo el enfoque conocido como Two-Eyed Seeing, que significa mirar el mundo con ambos ojos, sin jerarquizar saberes. Revelaciones del ADN de Mutton El análisis isotópico del pelo de Mutton mostró una dieta distinta a la de otros perros de su época, con menos pescado marino y más recursos terrestres, coherente con su vida viajando con exploradores tierra adentro. Su ADN, sin embargo, fue aún más revelador. El estudio genético publicado demostró que el 84% de la ascendencia de Mutton era precolonial. Solo un 16% de su linaje procedía de perros europeos introducidos por los colonos. Su linaje materno se había separado de otros perros hace entre 1.800 y 4.800 años, lo que confirma una gestión genética deliberada durante milenios. Además, su genoma mostraba señales claras de endogamia controlada, algo que solo puede explicarse por programas de cría estrictos y sostenidos en el tiempo. Se identificaron dos genes relacionados con el desarrollo del pelo y la piel, como KRT77 y KANK2, responsables de su característica lana, y que ninguna raza contemporánea posee. Mutton no era, por lo tanto, una rareza casual, sino el resultado de una tradición cinológica entre las poblaciones naturales de América. El perro nativo que el cine sí acertó El desconocimiento sobre los perros americanos que compartieron trayectoria con los pueblos nativos ha sido tan profundo que, hasta hace muy poco, el cine los ha sustituido sistemáticamente por razas modernas fuera de contexto, si es que aparecían perros. Por eso resultó tan llamativo que en la película Predator: La presa (2022) acertara donde casi nadie lo había hecho antes. El perro que acompaña a la protagonista, Sarii, interpretado por una hembra llamada Coco, es un perro de Carolina, también conocido como dingo americano. Una población canina redescubierta en los años 70 y genéticamente ligada a perros asiáticos como el jindo coreano, con haplotipos únicos y una historia evolutiva exclusiva en América. Su uso en la película fue, por tanto, una inesperada y gratificante decisión históricamente coherente. Por una vez, un perro no era un anacronismo con patas. Lo que Mutton nos obliga a revisar La historia del perro lanudo salish desmonta varias ideas, como que las sociedades nativas eran tecnológicamente simples, o que la selección genética es un invento moderno. La existencia de los restos de Mutton demuestran lo contrario. Que hubo conocimiento, cuidado, afecto y gestión consciente. Y que la pérdida no fue inevitable, sino impuesta. Hoy no es posible recuperar al perro lanudo original, ya que su ADN está demasiado degradado para clonarlo, pero algunas comunidades Coast Salish sueñan con crear, algún día, un nuevo perro lanudo, a través de la cría selectiva, el respeto y su memoria comunitaria. Referencia: The history of Coast Salish “woolly dogs” revealed by ancient genomics and Indigenous Knowledge. Audrey T. Lin et al. Science (2023)

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