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El siglo del mal gusto

2026-03-26 - 05:40

No hay nada más humano y, por consiguiente, más paradójico que el gusto, máxime en la era vertiginosa de las redes sociales. Somos seres sintientes que expresan lo que nos gusta y lo que nos disgusta a cada paso. Este afán sensitivo se ha intensificado en la era de la abundancia digital. Los ideadores del gran Leviatán tecnológico pensaron inductivamente que el ser humano quedaría atrapado en sus redes si se le daba la opción de opinar sobre cualquier cosa. Interactuamos de modo convulso con "me gusta" y "no me gusta" ante cualquier estímulo, inaugurando una inaudita democracia virtual. Hasta allí todo puede ser aceptable, hasta la estupidez de quienes se aplican un "me gusta" a sí mismos, presos de la ansiedad que genera la autoestima cuántica. Es evidente que, si existe el buen gusto, ha de existir el mal gusto, aunque duelen prendas cuando se afirma que en este milenio no hay patrón estético para definirlo. En el mundo de la escultura, un gañán esculpe pájaros con su orina binaria en recipientes que congela y es arte. En el mundo de la política, cabestros sin oficio, de izquierda y derecha, suben a un estrado a regurgitar incoherencias léxicas e insultos variados y es política. En el mundo del cine, trenzas una sucesión bizarra de chistes sicalípticos que huelen a sopa rancia y la sociedad aplaude. Parece que se ha perdido ese sentido púdico en el que lo vulgar, lo escatológico o lo desproporcionado era antiestético. Se impone la creencia de que la vulgaridad, la falta de educación o el lenguaje soez pueden ser manifestaciones lúcidas que no contravienen el mal gusto. La fealdad, el gusto por lo repulsivo y lo repugnante se extienden sin remisión. Esta afirmación se puede predicar de La cárcel de los gemelos, que es un bodrio que triunfa en Youtube, de un debate parlamentario en las Cortes o de una escultura en una galería de arte del barrio de Salamanca de Madrid. Por no decir también del cine de cuñados que arrasa ahora en las carteleras españolas. Claro está que, en una cultura democrática y pretenciosa como la nuestra, afirmar que algo o alguien tiene mal gusto puede ser discriminatorio y atentar contra la dignidad y la libertad del ser humano. En suma, puede ser peligroso solo por decirlo. Pues a ese ser humano hipersensible solo queda decirle que su gusto no es sino fruto, en ocasiones, de la manipulación y de la formación programada del gusto, donde el mercado consumista lo devora todo. En una cultura democrática y pretenciosa como la nuestra, afirmar que algo o alguien tiene mal gusto puede ser discriminatorio y atentar contra la dignidad y la libertad del ser humano Si todo vale y todo es arte, ya nada es arte. Si todo vale y todo es literatura, ya nada es literatura. Si todo vale y todo es cine, ya nada es cine. Si todo vale y todo es política, ya nada es política. Incluso, si todo vale y todo es periodismo, ya nada es periodismo. En suma, si todo vale, ya todo es mediocridad.

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