TheSpaineTime

El veneno silente

2026-01-30 - 05:25

Lo he pactado con mi oftalmóloga. Cuento con su complicidad en mi resistencia a ponerme gafas mientras la vista me dé para manejarme bien y no me duela la cabeza o vea doble, lo que por fortuna no me ocurre. Se trata de retrasar lo más posible la dependencia de las lentes y por ahora solo echo en falta unas gafas cuando voy al supermercado. Me encuentro entre esos tipos raros que antes de echar un producto al carro de la compra se toma la molestia de leer la procedencia de este, los ingredientes que lo componen y la información nutricional, algo que me obliga a usar la lupa del móvil para poder leer la letra de hormiga impresa en el envoltorio de los alimentos. Habrá paquetes pequeños donde no es fácil poner letras más grandes, pero en términos generales creo que hay una intención deliberada de dificultar la lectura de esa información porque para la mayoría de los fabricantes de la industria alimentaria cuanto menos sepamos mejor. Pero me esfuerzo en verlo y lo hago porque me gusta saber lo que como y porque creo en aquello que acuñó en el siglo XIX el antropólogo alemán Ludwig Feuerbach: "Somos lo que comemos". Mentiría si dijera que entiendo todo lo que leo en esos envoltorios, lo de los ingredientes es fácil, incluso lo relativo a los valores energéticos, el tipo de grasas o los porcentajes de azúcares, fibras e hidratos de carbono, eso resulta bastante comprensible. En cambio lo de los conservantes y componentes químicos ya no. Hay que tener cierta formación específica para valorar la idoneidad de esos componentes por lo que me limito a ponerme en alerta cuando veo en un producto una lista demasiado larga de elementos extraños que no me inspiran confianza alguna. Ya sé que hay normas y controles a los productos procesados, lo que no tengo tan claro es que las administraciones sean lo bastante exigentes con el cuidado de nuestra salud. Hace meses trascendió el resultado de un macroestudio realizado por investigadores de la Universidad de la Sorbona que ponía blanco sobre negro lo que la ciencia sabe sobre las consecuencias que sobre la salud tiene la ingesta de alimentos ultraprocesados. El trabajo, que recogió las conclusiones de más de 70 estudios similares publicados en revistas científicas, establecía un estrecho vínculo entre el consumo de ese tipo de productos con enfermedades metabólicas y cardiovasculares de forma directa e indirecta favoreciendo otra suerte de patologías. Los autores del estudio hablan de consecuencias graves de determinados compuestos de uso común relacionadas con la resistencia a la insulina o la obesidad y que favorecen incluso la aparición de cánceres. Señalan, además, el empleo de más de 300 aditivos a los que relacionan con alteraciones en la microbiota intestinal, inflamaciones y daños en el ADN. Por lo que contaban los investigadores de la Sorbona no parece que el asunto sea menor y, cuando menos, merecería la atención de las instituciones públicas sobre las que pesa la responsabilidad de ocuparse de la salud de los ciudadanos. Para la mayoría de los fabricantes de la industria alimentaria cuanto menos sepamos mejor Entiendo que es no fácil enfrentarse a los atractivos, las comodidades y las ventajas económicas que ofrecen los productos procesados y más ahora que los alimentos naturales están sometidos a una severa deriva inflacionista, pero cuando menos se ha de informar y educar a la población sobre las ventajas e inconvenientes de lo que come. De igual forma y, en la medida de lo posible, asegurar el acceso a comida de calidad reduciendo la ingesta de esos compuestos químicos. Si es necesario, usen gafas para ver lo que pone en los paquetes porque cuanto menos veneno le metamos al cuerpo, mucho mejor.

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