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¿En qué momento estamos en la guerra de Irán?

2026-03-27 - 05:50

Los mercados rara vez se mueven en línea recta durante crisis geopolíticas, pero sí siguen patrones. Al inicio del conflicto, la Administración Trump presentó la acción militar contra Irán como una operación breve y quirúrgica: debilitar las capacidades nucleares y de misiles y acelerar el cambio de régimen en la región. Sin embargo, a medida que van pasando los días, tanto el calendario como el objetivo final están siendo objeto de un escrutinio creciente. La historia reciente -partamos desde la invasión de Kuwait por Irak en 1990 hasta la guerra de Irán de 12 días en 2025- sugiere que la cuarta semana de un conflicto -más o menos hacia donde nos dirigimos ahora—- podría marcar el punto de máxima incertidumbre. Los mercados han asimilado los titulares iniciales y se ha producido el primer ajuste de precios, pero los inversores tienen poca visibilidad sobre cuánto tiempo puede durar el conflicto o la magnitud de la escalada de este. Esa incertidumbre se agrava por una característica familiar de los recientes shocks geopolíticos: los conflictos pueden parecer tanto más largos como más cortos de lo esperado. Y este patrón tiene precedentes: desde la Guerra del Golfo, hasta Irak y, más recientemente, Ucrania, los peores escenarios iniciales no siempre se materializan, mientras que las interrupciones subyacentes en los precios de la energía, en las cadenas de suministro y en la confianza suelen persistir más tiempo del que los mercados asumen inicialmente. La reciente volatilidad en los mercados financieros resulta preocupante, pero, en nuestra opinión, lo que hemos visto hasta ahora es una reacción, en términos generales, contenida. Entonces, si los mercados tienden a seguir un manual habitual en las primeras fases del conflicto, ¿cuál es la diferencia en el caso de Irán y qué señales importan más para lo que viene después? El cambio de rostro de la guerra En primer lugar, al igual que hemos visto con la invasión rusa de Ucrania, este conflicto se está moldeando menos por el despliegue terrestre a gran escala y más por el poder aéreo, los misiles y la guerra con drones de bajo coste y alto volumen. Los sistemas de drones tipo Shahed de Irán -utilizados extensamente hasta ahora en esta guerra- han ayudado a cambiar las reglas económicas del conflicto. Estos artefactos son baratos de producir y costosos de interceptar, lo que ha obligado a los adversarios a emplear misiles cuyo coste puede ser varias veces superior al de la amenaza que representan los drones iraníes. En respuesta, Estados Unidos ha comenzado a desplegar sus propios drones de ataque unidireccionales de bajo coste -la primera vez que este país lo hace- demostrando lo rápido que esta tecnología está entrando en el corazón de la guerra moderna. Más allá de lo más inmediato, la implicación de fondo es estructural. La capacidad de escala, el desgaste y la eficiencia de costes importan tanto como la precisión o la sofisticación tecnológica. El gasto en defensa ya no se limita a los aviones y los sistemas tradicionales de misiles, sino que se centra cada vez más en la guerra electrónica, la defensa aérea de corto alcance, soluciones contra drones, comunicaciones resilientes e inteligencia espacial. El tiempo lo es todo Aunque la regla general de las cuatro semanas no tiene nada de mágico, las acciones de los próximos 10 días nos dirán mucho. Esperamos que las próximas operaciones de la Armada estadounidense, en forma de ejercicio deliberado de libertad de navegación en el Estrecho de Ormuz, el actual punto de estrangulamiento de la cadena de suministro, demuestren -o no- si se logran la libertad de acceso al estrecho y los flujos de petróleo esperados. Además, posiblemente se puedan planificar otras acciones más significativas, como tomar el estrecho por la fuerza u ocupar la isla de Kharg, más al noroeste, lo que pondría presión sobre lo que queda del régimen iraní y reabriría importantes líneas marítimas y de suministro. Mientras tanto, y especialmente si estas operaciones previstas no tienen éxito, habrá ciertos países y regiones que se verán más afectados negativamente por las interrupciones en la cadena de suministro y el actual y potencial aumento futuro del precio del petróleo; concretamente, las naciones del Consejo de Cooperación del Golfo, el Sudeste Asiático, la India y, en menor medida, la UE y el Reino Unido. ¿Qué significa esto para los inversores? No creemos que esto sea una repetición de los años 1973 o 1979, cuando toda la economía global fue sacudida hasta lo más profundo de sus cimientos por los acontecimientos en Oriente Próximo. Sin duda, algunas regiones sufrirán a corto y posiblemente medio plazo, pero las operaciones militares continuas y una gestión más resiliente de la cadena de suministro probablemente amortiguarán el impacto a largo plazo. Cuando la guerra cambia, también cambia la dirección del gasto público, y esto puede crear temas duraderos de inversión. En primer lugar, la modernización en defensa y seguridad seguirá proporcionando vientos de cola durante varios años para esta clase de activos. Los miembros de la OTAN van camino de un aumento significativo en el gasto, junto con nuevos planes de políticas públicas que guiarán los presupuestos hacia la década de 2030. En este entorno, es probable que los beneficiarios incluyan aquellas empresas que operan en defensa aérea y antimisiles, contramedidas con drones, vigilancia y comunicaciones por satélite. En segundo término, la energía probablemente sirva como activo refugio táctico en el corto plazo, con los mercados al albur de los acontecimientos en el Estrecho de Ormuz, pero sigue siendo un elemento estructural. El estrecho no puede permanecer cerrado indefinidamente. Esperamos que los picos en el precio del petróleo sean temporales una vez que se reabran las rutas marítimas y se desplieguen los inventarios. Sin embargo, los mercados de gas natural licuado (GNL) son más vulnerables, debido a su dependencia de infraestructuras especializadas y tiempos de reinicio más largos; cualquier prolongación de la interrupción afectaría de manera significativa a los importadores netos de energía en Asia y Europa.

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