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Esta miniserie triunfa en Netflix con una fórmula que te hace sentir listo mientras juega con tu atención hasta lo exasperante

2026-03-11 - 13:13

Permitidme un rodeo antes de explicar por qué Vladimir me parece una serie tan lista como estafadora. Cuando los críticos y divulgadores del asunto audiovisual sacan a pasear el concepto de 'suspensión de la incredulidad', lo hacen casi siempre para señalar la falta de coherencia interna de un relato. Explican que la suspensión de la incredulidad es eso que opera en nuestro cerebro para disculpar elementos ilógicos o inverosímiles de una trama, que en realidad benefician al gozo que produce su contemplación. Y hablan del pacto que el espectador hace con la ficción para tragarse lo que ocurre. Para permitirse sentir. El problema del enfoque histórico en el concepto de pacto es que suele olvidar que la suspensión de la incredulidad es un acto voluntario. De hecho, cuando el poeta Samuel Taylor Coleridge introdujo el concepto por primera vez en uno de los textos de su magna Biographia Literaria —publicada en castellano, por cierto, por la editorial Pre-Textos—, utilizó la expresión "willing suspension of disbelief", que bien se podría traducir como suspensión voluntaria de la incredulidad. Y si excluimos la voluntad del espectador y hablamos de pacto, cargamos las tintas sobre la ficción, que fue incapaz de conseguir que te creyeses algo que ocurre en pantalla. Haciendo que te impida gozar porque lo ves con ojos críticos. Pues bien, viendo Vladimir he de reconocer que mi voluntad no iba a favor de obra: era plenamente consciente de que no me estaba creyendo nada. Parecía una serie con elementos de fondo que podrían interesarme, pero minada de decisiones creativas formales que violentaban mi conexión con lo narrado. En cada decisión, en cada postura. Así que es de reconocer que siendo incapaz de conectar ni creerme nada, tiene talento para el engaño: me mantuvo pegado a la pantalla durante ocho episodios. El problema del punto de vista Vladimir, ahora mismo en el top 10 de las series más vistas en España, está basada en una novela homónima de Julia May Jonas sobre una profesora de universidad de mediana edad obsesionada sexualmente con un colega más joven. Era una historia sobre expectativas vitales traicionadas, vacío existencial y deseo desde la madurez que, con la misma creadora implicada en su adaptación, ha sufrido una traducción en imágenes un tanto torpe. Para empezar, el monólogo interno de la protagonista es sustituido por un juego de diálogo con el espectador que suele romper la cuarta pared sin demasiada gracia. Y con ello demanda en sus primeros episodios algún peaje caro. Pongamos por caso que el personaje quiere convencer al espectador de que es fea y que lleva años sin sentirse deseada por la edad y el tedio cotidiano, pero lo que veamos en pantalla sea una persona guapísima, elegante y sumamente inteligente, interesante y atractiva desde el minuto uno. Pongamos por caso que esa persona se viste en traje de baño y se mira al espejo con asco, como diciéndole al espectador que qué visión más incómoda, pero el espectador solo vea un cuerpo no solo perfectamente heteronormativo, sino inusualmente en buena forma para tener casi sesenta tacos. Es como si 25 años después de Bridget Jones, no nos chirriasen lo más mínimo los comentarios gordófobos que se le dedicaban al personaje de Renée Zellweger. Esta serie hace eso en pleno 2026: Vladimir quiere que asumamos una serie de supuestos discursivos con los que es realmente difícil conectar. No es que Rachel Weisz esté mal, porque de hecho está estupenda. Es el dispositivo narrativo que la rodea el que intenta constantemente hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Lo bien que se lo pasa la ganadora del Oscar por El jardinero fiel, y el espacio que se le da para experimentar su vis cómica y explotar su carácter, son contagiosos y se diría que lo mejor de la serie. Su mejor papel desde La favorita. No ocurre así con Leo Woodall ni con John Slattery, ni con un plantel de secundarios que parecen orbitar entre el trabajo alimenticio y la total indiferencia con lo narrado. Una serie de brocha gorda en tinta de lujo A todo ello cabe sumar lo absurdo de su lenguaje visual, que oscila entre una comedia negra sofisticada y una imposible parodia del melodrama kitsch —sin la pericia de Todd Haynes—. Con algunas escenas en el que el erotismo roza el patetismo, y otras con un montaje 'k-dramero' tan exagerado en su fetichismo que podrían hacer las delicias de los fans de Crash Landing on You o King the Land. Y, sin embargo, es una serie que recompensa al espectador haciéndole sentir listo a través de un lenguaje burdo. El escenario de la universidad, las clases de escritura creativa, las lecturas y declamaciones de algunos clásicos, el debate que suscitan en los alumnos... gran parte de la ambientación de Vladimir ofrece una pátina de capital cultural que luego está lejos de tener, siquiera de mostrar interés alguno en el mismo. Es más, el título de los episodios parece apuntar lecturas interesantes que posteriormente la propia ficción se encarga de desestimar. El piloto se titula Siempre hemos vivido en un castillo, como la maravillosa novela de Shirley Jackson, pero tiene lo mismo de ella que un notario de perroflauta. Y así con todo: Vladimir se queda en lo superficial siempre que puede. Los guiños a Enormes cambios en el último minuto de Grace Paley, Contra la interpretación de Susan Sontag o Según venga el juego de Joan Didion parecen puro postureo narrativo. Vladimir utiliza el nombre de obras de autoras norteamericanas —un gesto ligeramente chovinista cabría añadir—, como Joyce Carol Oates, Flannery O'Connor, Kate Chopin o Mary Gaitskill, pero sin establecer un diálogo con ellas ni su obra. Quedando su propuesta metaliteraria en un gesto vacuo. Todo conspira para vaciar de significado la serie, arrancarle pedazo a pedazo el corazón dramático —que no va de que nos emocionemos sino de que empaticemos con su protagonista—, para dejarlo todo como una comedieta con menos mala uva de la que debería —su frivolización de los casos de abuso de poder en las relaciones afectivas es sonrojante—. Y aunque resulta entretenida, es precisamente aquello que no funciona lo que puede mantener la hipnosis colectiva en el hogar y la ingesta de contenido desmesurado. Como ver un incendio o la demolición de un edificio histórico. Pero con escritores wannabe fantaseando entre ellos. Es decir, sin un atisbo de espectáculo.

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