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Fritz Haber: la tragedia del hombre que pasó de alimentar al mundo a envenarlo

2026-02-05 - 16:35

Nada de lo que Fritz Haber hizo fue visible a simple vista, pero en casi todo dejó huella. Ypres (Bélgica), primavera de 1915. El viento soplaba despacio. A ras de suelo, una nube verdosa avanzaba hacia las trincheras. Los soldados no huían. No les parecía peligrosa. Minutos después morían asfixiados. El aire dejó de entrarles en los pulmones. A varios cientos de kilómetros de allí, Fritz Haber miraba al cielo. No buscaba aviones ni explosiones. Miraba el viento. De él dependía el éxito de su arma. Seis años antes, en Karlsruhe (Alemania), desde el laboratorio, vigilaba otro fenómeno invisible. Nitrógeno e hidrógeno, encerrados en tubos de acero, se resistían a reaccionar. Hasta que cedieron y apareció el amoniaco: la materia prima para fabricar fertilizantes sintéticos. La solución para un mundo hambriento. Pero en Ypres servía para otra cosa. Todo en la vida de Haber giró siempre en torno a lo invisible. Gases, ecuaciones, fuerzas que no se ven y deciden el destino de millones de personas. Nació en Breslau (la actual Breslavia, en Polonia), en el seno de una familia judía askenazí –judíos que se asentaron en la Europa Central y Oriental–, en un Imperio alemán que avanzaba hacia la modernidad sin renunciar a sus jerarquías. Pronto entendió que el talento no bastaba. Para progresar había que encajar. Y él quiso hacerlo mejor que nadie. Abandonó el judaísmo y se convirtió al cristianismo no por fe, sino por cálculo. La universidad alemana cerraba las puertas a los no cristianos. Haber no lo aceptó. Soberbio, brillante y despectivo con los escrúpulos ajenos, su mundo se reducía a fórmulas. Para él, los conflictos no eran dilemas, sino problemas mal planteados. Si algo no funcionaba, no era por falta de límites, sino porque aún no se había encontrado la fórmula adecuada. A comienzos del siglo XX, ese poder parecía ilimitado. El nitrógeno estaba por todas partes —forma el 78 por ciento del aire—, pero era inútil: químicamente inerte, invisible para las plantas. Durante siglos, la agricultura había dependido de equilibrios frágiles para obtenerlo: bacterias en las raíces, montañas de restos de excrementos de animales traídos en barco, salitre arrancado del desierto... Cuando esos recursos empezaron a agotarse, el hambre dejó de ser una abstracción y se convirtió en una cuenta atrás. En 1900, muchos científicos compartían una convicción inquietante: si no se encontraba una forma de incrementar el nitrógeno disponible, el crecimiento de la población humana pronto alcanzaría un límite insalvable. Haber ofreció una solución industrial: extraer del aire lo que la tierra ya no daba. El proceso Haber-Bosch cambió el mundo. Convirtió el aire en fertilizante y permitió que la población humana aumentara de 1600 millones a 7000 millones en menos de un siglo. Millones de vidas que nunca habrían nacido sin aquel amoniaco. Hoy, cerca de la mitad de los átomos de nitrógeno de nuestros cuerpos han sido creados de forma artificial. Pan del aire. Brot aus Luft. Por ese hallazgo recibió el Premio Nobel de Química en 1918. Pero Haber no veía fronteras entre alimentar y destruir. El amoniaco también era la base de los explosivos. A partir de él se obtenían la pólvora moderna, la nitroglicerina, el TNT. Y, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, su lealtad no vaciló. «En tiempos de paz, un científico pertenece al mundo; en tiempos de guerra, a su país», dijo. No era una frase ingeniosa. Era una renuncia explícita a cualquier límite. Alemania quedó bloqueada. Sin acceso al salitre chileno, habría tenido que rendirse pronto. El nitrógeno sintético evitó el colapso: alimentó a la población y sostuvo la producción de pólvora. Haber fue ascendido a capitán y puesto al frente del suministro químico del Ejército. Su división pasó a conocerse como la oficina de Haber. Allí se trabajaba con amoniaco, bromo y cloro. Allí se diseñaban armas que no explotaban, sino que se respiraban. Judío de nacimiento, convertido al luteranismo. En las fotografías con el casco prusiano parecía otro hombre: más recto, más seguro, como si el uniforme hiciera innecesarias ciertas preguntas. El frente occidental estaba empantanado. Las trincheras no cedían y las armas químicas prometían romper el equilibrio. En 1899, las grandes potencias firmaron la Convención de La Haya, que prohibía el uso de gases en la guerra. Se habló entonces de límites morales. Años después, casi todos los ignoraron. Haber no los violó de frente: los rodeó. Si los gases estaban prohibidos dentro de proyectiles, bastaba con no usar proyectiles. El aire haría el resto. En abril de 1915, en Ypres, más de 160 toneladas de cloro se deslizaron sobre la tierra de nadie. La nube avanzó como un muro. Las hojas se marchitaban. Las aves caían del cielo y los soldados se ahogaban en seco. Algunos se suicidaron. Desde ese día, todos los ejércitos irían al frente con máscaras. No fue un avance sobre el terreno: avanzó el terror. El frente seguía donde estaba, pero ahora se respiraba distinto. En casa, la guerra no era abstracta. Su esposa, Clara Immerwahr, también química, también judía, había sido la primera mujer doctorada en la Universidad de Breslavia. Al principio colaboró con él en los fertilizantes. Cuando comprendió que la misma ciencia servía para matar, se negó. Discutieron. Haber organizó una cena para celebrar su éxito militar. Clara abandonó la mesa, salió al jardín y se disparó en el pecho con la pistola reglamentaria de su marido. A la mañana siguiente, Haber partió al frente oriental para observar el efecto del gas contra las tropas rusas. Su hijo, Hermann, de 14 años, encontró a su madre agonizando. La guerra siguió su curso. Llegaron el fosgeno y el gas mostaza. Al final, al menos 90.000 muertos y más de un millón de lisiados fueron el balance de aquella química aplicada al combate. Para muchos colegas, aquello dejó una huella imborrable. Para Haber, no. Nunca se arrepintió. Un año después del Nobel, su nombre volvió a circular por Europa, pero ya no en los salones académicos. Fue acusado de criminal de guerra por haber iniciado una campaña química que había lisiado a cientos de miles de personas y aterrorizado a millones. El premio y la acusación convivieron durante un tiempo en la misma biografía, sin tocarse. Convencido de que la química podía con todo, intentó una última hazaña: extraer oro del mar para pagar las reparaciones impuestas a Alemania. Si había hecho pan del aire, ¿por qué no riqueza del océano? Fracasó. Por primera vez, la fórmula no apareció. Volvió a los pesticidas. De su laboratorio salió una sustancia a base de cianuro. Años después sería modificada. La llamarían Zyklon B. Cuando los nazis llegaron al poder, Haber creyó que su patriotismo lo protegería. Ocurrió lo contrario. Fue expulsado de su instituto. Un cartel lo resumía todo: «No se aceptan judíos». Murió en el exilio en 1934. Su hijo se suicidaría años después. El gas que él había ayudado a crear sería usado para asesinar a millones; entre ellos, miembros de su propia familia. «La vida de Haber fue la tragedia del judío alemán, la tragedia del amor no correspondido», escribió Albert Einstein. Haber resolvió una trampa malthusiana y abrió otra. Cuando la humanidad aprendió a fijar el nitrógeno, la fertilidad del suelo dejó de depender del sol y pasó a depender del petróleo. Hace falta más de una caloría fósil para producir una caloría alimentaria. El proceso que alimenta a más de media humanidad consume más del uno por ciento de la energía mundial y deja tras de sí gases, aguas contaminadas y ecosistemas agotados. Haber creyó que la ciencia bastaba. Que la razón, bien afinada, acabaría ocupando el lugar de la conciencia. Durante años no tuvo motivos para pensar lo contrario. El viento había soplado siempre a su favor. No entendió que hay fuerzas que no se dejan reducir a una ecuación. Y cuando quiso verlo ya no quedaba aire suficiente para respirar.

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