Gases verdes y renovables para una soberanía energética sin Ormuz
2026-03-26 - 06:00
Desde hace unos años vivimos en una encrucijada constante. La guerra de Ucrania evidenció la fragilidad de nuestro sistema energético, y la reciente escalada en Oriente Medio —con tensiones que han afectado al estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del comercio mundial de hidrocarburos— ha vuelto a recordarnos que la energía sigue siendo un vector geopolítico de primer orden. En apenas días, el precio del gas se ha tensionado con fuerza y el petróleo ha repuntado, trasladando incertidumbre a los mercados y a la economía real. Este contexto deja, de nuevo, una lección clara: la seguridad energética debe entenderse como un componente central de la seguridad europea. Necesitamos consumir energía cuya producción esté basada en recursos locales, cadenas de valor robustas y menor exposición a factores externos, algo que solo podemos conseguir a través de moléculas y electrones renovables. Europa ha avanzado, pero no lo suficiente Más del 50% de la capacidad eléctrica instalada en España es renovable, lo que garantiza que estamos menos expuesta a los vaivenes geopolíticos del gas natural sobre el precio de la electricidad. Hasta este marzo, el gas natural fijó el precio en el mercado eléctrico en menos de un 20% de las horas, frente a cerca del 40% en países como Alemania y Países Bajos, según datos elaborados por el Financial Times. Sin embargo, este gran hito no elimina la dependencia energética del conjunto del sistema, ya que el mercado eléctrico es solo una parte de nuestro consumo energético. Según el último Balance Energético de España 2024, elaborado por Transición Ecológica, el consumo de energía primaria en el país sigue siendo en un 66% gas natural y productos petrolíferos -frente al 19% de consumo renovable-, lo que evidencia un límite: incluso con altos niveles de electrificación renovable, seguimos dependiendo de combustibles fósiles importados en determinados usos industriales, térmicos y de respaldo del sistema. La transición energética no puede construirse sobre una nueva dependencia Sabemos que avanzar hacia un sistema climáticamente neutro exige ir más allá de la electrificación directa. Existen sectores —como la industria o el transporte pesado, así como determinados usos térmicos— donde la sustitución de combustibles fósiles no es inmediata ni técnicamente viable en el corto plazo con electrificación. En este contexto, el biometano —gas renovable obtenido a partir de residuos orgánicos— puede desempeñar un papel complementario en la descarbonización de sectores difíciles de electrificar, siempre que su producción sea sostenible y competitiva. Desde un punto de vista técnico, una de sus ventajas del biometano es que, tras depuración y cumpliendo las especificaciones técnicas, puede aprovechar parte de la infraestructura gasista existente. Esto permite desplazar una parte del consumo de gas fósil reaprovechando la infraestructura ya existente, lo que permite hacer llegar la descarbonización de manera inmediata a sectores de difícil electrificación, especialmente cuando se produce a partir de residuos sostenibles, como pueden ser purines, estiércoles y paja y otras materias primas agrícolas y ganaderas. Este gas verde introduce un cambio estructural en el modelo energético, ya que puede transformar una parte importante de los residuos locales que ya estamos produciendo en energía, lo que contribuye a reducir nuestra exposición a mercados internacionales volátiles y a reforzar la autonomía estratégica. Según las estimaciones sectoriales de Sedigás, España dispone de un potencial técnico suficiente para descarbonizar la mitad de todo el consumo de gas natural a través de la producción de biometano. Sin embargo, ese potencial técnico no equivale a capacidad disponible a corto plazo: convertirlo en producción efectiva requiere inversión, desarrollo industrial, acceso sostenible a materias primas, aceptación social y un marco regulatorio estable. El papel del biometano no debe entenderse como una alternativa general a la electrificación, sino como un complemento para usos difíciles de electrificar. Su contribución climática y económica dependerá del origen de las materias primas, del control de emisiones, de su coste y de la aceptación territorial de los proyectos. En un momento en el que Europa sigue importando grandes volúmenes de gas natural —procedentes principalmente de Estados Unidos, Argelia u otros mercados internacionales—, avanzar hacia una producción local de energía deja de ser solo una cuestión ambiental. Es una cuestión económica y geopolítica. Variabilidad: el gran tapón de nuestro sistema energético El biometano también puede aportar gestionabilidad en determinados usos, un elemento que cobra relevancia en un contexto en el que las renovables superan el 50% de la potencia eléctrica instalada. A medida que aumenta el peso de tecnologías variables como la solar o la eólica, crece la necesidad de soluciones que aporten flexibilidad. Aquí, el sistema debe evolucionar en dos direcciones complementarias. Por un lado, el despliegue de almacenamiento energético —especialmente baterías (BESS)— que permita gestionar la variabilidad intradiaria y maximizar la integración de renovables eléctricas. Por otro, el desarrollo de moléculas renovables que actúen como respaldo gestionable y almacenamiento estacional. España vive hoy una paradoja energética. Nunca ha tenido tanta capacidad renovable instalada ni una generación tan competitiva, y, sin embargo, el sistema comienza a tensionarse. Según datos del Operador del Mercado Ibérico de Energía (OMIE) los vertidos energéticos -la energía renovable que el sistema no puede absorber- aumentó un 173% en 2025 hasta los 8,4 GW. A esta realidad se suman los precios cero o negativos, que son cada vez más frecuentes, y la volatilidad que se traslada a la rentabilidad de los activos renovables. Generar energía limpia ya no es suficiente, necesitamos gestionarla de forma eficiente. El problema no es tecnológico, sino de sistema. La red eléctrica no ha evolucionado al ritmo de la generación renovable. Existen cuellos de botella en acceso y conexión, infraestructuras que tardan años en desarrollarse y una planificación que ha quedado por detrás de la realidad del mercado y para la que el almacenamiento energético por baterías (BESS) es de vital importancia para el sector. Sesgos comunicativos: entender la energía desde electrones y moléculas El crecimiento de las renovables eléctricas en España es una historia de éxito, pero también ha dejado importantes huecos que aún necesitamos resolver, una situación que se ha generado en parte por los incentivos regulatorios y comunicativos que han priorizado la electrificación directa. La electrificación es más fácil de comunicar, de regular y, en muchos casos, de subvencionar. El gas —aunque sea gas renovable producido localmente a base de residuos del sector agrícola y ganadero español— arrastra una carga asociada a dependencias pasadas. Pero tratar todos los gases como si fueran iguales es un error de categoría. Las moléculas renovables no son el problema que Europa intenta resolver; son parte de la solución. El verdadero obstáculo es la fragmentación regulatoria y la inercia administrativa. Los procesos de autorización siguen siendo largos, desiguales y, en muchos casos, imprevisibles. No se trata de barreras tecnológicas, sino de fallos de gobernanza que están aplazando durante años el despliegue de soluciones que el sistema necesita hoy. El debate de fondo no consiste en elegir entre electricidad o gas, sino en diseñar un sistema en el que se complemente la electrificación, el almacenamiento y, allí donde tenga sentido, los gases renovables. Los electrones renovables deben seguir siendo la base del sistema, mientras que las moléculas renovables pueden aportar flexibilidad y cobertura en usos difíciles de electrificar. Una transición que ignore esa complementariedad corre el riesgo de ser incompleta y más vulnerable, algo que no podemos permitirnos en el contexto geopolítico actual.