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Gore Verbinski y Sam Rockwell quieren salvar al mundo de la IA en 'Good Luck, Have Fun, Don’t Die'

2026-02-14 - 19:25

Era de esperar que, después de la huelga de actores y guionistas, el cine de Hollywood pronto canalizara su odio contra su nuevo gran enemigo: ¿Donald Trump? Aburrido. ¿Las plataformas? Buenos clientes. ¿El ozempic? De eso no se habla. Nos referimos, claro está a la Inteligencia artificial, agujero negro que amenaza con deglutir toda la creatividad de la industria. No es algo extraño. El cine es celosote y cruel con quien compite por su atención y aquellos aficionados al blanco y negro recordarán su continuada riña pretérita con la pequeña pantalla, que nos diera obras maravillosas como Un rostro en la multitud (Elia Kazan, 1953). Good Luck, Have Fun, Don’t Die (Buena suerte, pásalo bien, no te mueras) es la primera de sus profecías ficticias comerciales (que ya ha llovido desde que desde el mundo autoral Bertrand Bonello estrenara La bestia). Es también la primera película de Gore Verbinski desde 2016, cuando lanzó La cura del bienestar. El heraldo de un futuro apocalíptico es Sam Rockwell, Moisés barbado y desastrado, con un impermeable transparente por toda túnica y una corona de espinas hecha de cables de fibra óptica. De esta guisa, mitad futurista y mitad sin techo en los inicios de la adicción al fentanilo, irrumpe en un restaurante. Según él, por la 118 vez, pues no es que le convenza la relación calidad precio del establecimiento, sino que viene de otro tiempo para salvar a la Humanidad, un poco a la manera de Kyle Reese en Terminator. Pero aquí el Mal no es un escultural armario ropero treintañero, sino un casi bebé jefazo de nueve años, programador para más señas, que está a unas horas de conseguir su particular Skynet. Para evitarlo, Rockwell tendrá que formar un comando de seis personas con los poco marciales clientes del dinner. Al principio, como os podéis imaginar, nadie le hace ni puñetero caso, absorbidos por las pantallas de sus móviles, pero con su verborrea (Rockwell en su registro menos convincente, el de payasete histriónico) y un detonador, consigue que esa pandilla de perdedores se sume a su locura. Tienen buenas razones, y en su estructura expositiva está parte de lo más logrado de la película. Una serie de flashbacks nos cuentan cómo los miembros del comando basura han llegado al restaurante. Todas sus vidas tienen el común denominador de la tecnofobia. Son pequeñas historias que no desentonarían en la serie de televisión Black Mirror: profesores con alumnos zombificados por los móviles (Michael Peña y Zaziee Beetz), jóvenes hipersensibles al wifi (Haley Lu Richardson), madres que han perdido a un hijo y que buscan en la tecnología al ser querido que ya no pueden abrazar (Juno Temple)... Entre esos flashbacks se cuela una aventura repleta de sangre, escatología y humor negro, tan entretenida como incoherente a ratos, que reivindica el cine como arte de entretenimiento supremo frente a la dictadura de las pantallas de nuestros teléfonos. Aunque su final decepcione un poco, lo mejor es que, en una película con mucho clon, quien se lleva todo el mérito es Haley Lu Richardson, desde ya sosias oficial de Florence Pugh, en un papel de princesa rebelde con causa. Brilla con destellos de iconicidad. Good Luck, Have Fun, Don’t Die, es paradójica por su lectura festivalera: no deja de ser gracioso que semejante crítica a nuestra actual dependencia del móvil y futura de la IA se produzca en una Berlinale que tiene como uno de sus principales patrocinadores a TikTok, emperatriz del latrocinio de nuestra atención. Tal vez su algoritmo no es el mejor aliado para salvar al cine de la amenaza artificial.

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