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Guerra sin plan

2026-03-12 - 20:33

La guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán empieza a mostrar señales inquietantes de improvisación estratégica. A medida que pasan los días, diversas informaciones procedentes tanto de Washington como de Jerusalén apuntan a una misma conclusión: la ofensiva se emprendió sin un plan realista para alcanzar una victoria política clara ni para gestionar sus consecuencias. Según fuentes de seguridad israelíes citadas en la prensa internacional, el ataque se inició sin un diseño viable de cambio de régimen, pese a que esa expectativa estuvo presente en el discurso público de los dirigentes que impulsaron la campaña. Ese vacío estratégico se ha visto agravado por una sucesión de argumentos contradictorios para justificar la guerra. En distintos momentos se ha presentado como una operación destinada a destruir el programa nuclear iraní, como una campaña para desmantelar su capacidad misilística o incluso como un intento de provocar el colapso del régimen de los ayatolás. La multiplicidad de objetivos, algunos incompatibles entre sí, sugiere más bien una acumulación de motivaciones políticas que una estrategia militar coherente. El supuesto central que parecía sostener la ofensiva –la idea de que la decapitación del régimen provocaría su caída inmediata o desencadenaría un levantamiento popular– ha demostrado ser, al menos por ahora, una ilusión. La realidad sobre el terreno muestra lo contrario: pese a la eliminación de dirigentes y a los ataques masivos contra infraestructuras militares, el régimen iraní conserva el control del país y mantiene capacidad para sostener el esfuerzo bélico. De hecho, una semana de combates ha bastado para evidenciar la resistencia de Teherán . Irán ha extendido el conflicto más allá de su territorio, golpeando objetivos en varios países del Golfo y cerrando sus economías. Al mismo tiempo, ha demostrado su capacidad para perturbar el comercio energético mundial mediante ataques a buques y el cierre de facto del estrecho de Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo global. Esa presión ha devuelto el precio del crudo a niveles superiores a los 100 dólares por barril, con consecuencias inmediatas para la inflación y la estabilidad económica internacional. La paradoja estratégica es evidente. Mientras Washington y Jerusalén necesitan cumplir objetivos ambiciosos –desde desmantelar el programa nuclear hasta derrocar a los ayatolás–, el régimen iraní necesita mucho menos para proclamarse vencedor: simplemente sobrevivir. Como señalan diversos analistas, una República Islámica debilitada pero intacta puede salir de la guerra con más incentivos que nunca para dotarse de un arma nuclear como garantía de supervivencia. Todo ello plantea una pregunta incómoda pero inevitable: ¿cómo pudo iniciarse una operación de semejante magnitud sin que los planificadores militares exigieran una definición más clara de los objetivos y de las salidas posibles? Estados Unidos e Israel conservan una superioridad militar abrumadora sobre Irán. Pero la guerra moderna rara vez se decide únicamente en el campo de batalla. Cuando las hostilidades se inician sin un plan creíble para terminarla, como parece que ha ocurrido en esta ocasión de la mano de Donald Trump , la improvisación deja de ser un error táctico para convertirse en un problema de responsabilidad política.

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