Hace 25 años, Disney se estrelló con una de sus películas de animación más atrevidas que estuvo a punto de ocultar para siempre
2026-02-01 - 08:45
Iba a ser una cosa y fue otra. Un buen puñado de trajeados productores no paraban de meter mano en el proceso de desarrollo y condicionar al equipo creativo. Y al final resultó que la película que querían los burócratas se la pegó en taquilla sonoramente. Con el tiempo, revivió en el formato VHS y DVD doméstico y de todo aquello hace ahora 25 años. El emperador y sus locuras es una de las más singulares películas con el apelativo "Clásico de Walt Disney", estrenada en una época fascinante de la casa del ratón: durante el cambio de siglo. Unos años, que bien podrían abarcar por desarrollo, equipos creativos y experimentación formal y de géneros, desde 1997 hasta 2007. Una horquilla temporal que permite ver, con distancia, la gigantesca transformación de la compañía. El mismo año que se estrenó El emperador y sus locuras, también llegó Dinosaurio, un titánico esfuerzo de producción. Y al fracaso de taquilla que supuso la película que nos ocupa le siguieron dos golpes directos a las arcas de Disney que fueron Atlantis: el imperio perdido y El planeta del tesoro –dos películas que, todo sea dicho, resultan interesantísimas en forma y fondo–. En cualquier época de crisis surgen tensiones, especialmente entre quienes hacen las cosas y quienes tienen dinero para que las cosas se hagan. Y resulta que El emperador y sus locuras es una de las que mejor supo galvanizar las tensiones que latían en el Disney a caballo entre siglos. Una comedia ligera, con slapstick y moralismo de brocha gorda, surgida de un choque frontal entre equipos creativos y directivos. Una película que, esencialmente, va de enseñarle humildad a alguien con mucho poder. El emperador y sus locuras –hoy disponible en Disney+ junto con su secuela centrada en el personaje de Kronk, y su serie derivada–, narraba la historia de un joven déspota llamado Kuzco, un chaval egoísta y malcriado que reinaba sin una pizca de empatía. Un buen día su mano derecha, Yzma, lo convierte en una llama. A partir de entonces, Kuzco aprenderá lo que significan sus privilegios y cómo gobernar con justicia con la ayuda de un humilde campesino llamado Pacha. Las verdaderas locuras del emperador Hasta aquí la sinopsis es conocida. Lo que no es tan sabido es que la historia iba a ser otra muy distinta. El proyecto inicialmente se llamaba Kingdom of the Sun, y era una especie de reinterpretación de El príncipe y el mendigo de Mark Twain, pero ambientada en un Imperio Inca imaginado por dibujantes norteamericanos. Era un musical épico, dirigido por Roger Allers —codirector de El rey león—, con una ambiciosa banda sonora compuesta por Sting. La historia de Kingdom of the Sun era la historia de Manco y Pacha, dos jóvenes idénticos y de la misma edad, solo que uno era emperador y el otro un humilde pastor. Manco, harto de las responsabilidades de palacio, intercambiaba su identidad con Pacha para vivir un tiempo libre de quehaceres. Cuando Yzma, la hechicera del reino, descubría el engaño, convertía a Manco en una llama y amenazaba a Pacha con revelar su identidad, para así tenerlo totalmente a su merced. Avanzado el proceso de desarrollo, el equipo de Allers mostró lo que habían conseguido animar a los dos grandes ejecutivos de Disney por aquel entonces, Thomas Schumacher y Peter Schneider –responsables del éxito de El rey león–. Ambos coincidieron en que aquello no era lo que querían y convencieron a la junta de accionistas para que el proyecto virase hacia una comedia más digerible, con miedo de repetir la supuesta oscuridad y complejidad narrativa de Mulán y El jorobado de Notre Dame –dos evidentes obras maestras, por otro lado–. El severo cambio de rumbo afectaba a toda la historia y al diseño de personajes. Manco pasó a llamarse Kuzco debido a que resultaba una palabra malsonante en japonés –como curiosamente pasó con películas japonesas aquí como Laputa o Kiki–, pero mantuvo a su actor de doblaje, el cómico David Spade. No ocurrió lo mismo con Pacha, que se convirtió en un gran bonachón mucho mayor que el emperador, hombre de familia con dos hijos. Debido a ello se despidió a Owen Wilson y se contrató a John Goodman para doblar a su personaje. Roger Allers abandonó el barco incapaz de llevar a cabo su idea de película, y el proyecto fue a parar a las manos de Mark Dindal, contratado durante la fase de desarrollo para "inyectar" la pizca de humor que a Allers le faltaba. Las composiciones de Sting también terminaron en la basura, menos una canción que suena al inicio, y se retoma al final de la película, interpretada por Tom Jones. Todo ello generó un ambiente hostil que se ve perfectamente en el documental The Sweatbox, pues aunque no lo parezca el proceso cismático de El emperador y sus locuras está muy bien documentado. Resulta que había un equipo encargado de hacer el making of que, cuando el desastre llegó a un momento culminante de tensión, se desechó. Al DVD solo llegó un vídeo de 10 minutos de aquel metraje para un contenido llamado Making the Music Video. Y sin embargo, ese no fue su final. Para componer la banda sonora de Kingdom of the Sun, Sting se había asegurado una cláusula que rezaba que su mujer, la cineasta Trudie Styler, pudiera hacer un making of con suficiente entidad como para ser estrenado como un documental en cines. Disney se vio obligada a cumplir su parte del trato e hizo un estreno técnico de The Sweatbox –que es como se llama la sala de visionado con productores donde "se suda la gota gorda"–, en un solo cine de Los Ángeles, para ser nominable a los Oscar. Estreno al que solo acudió el equipo, porque la empresa ocultó todo lo que pudo el pase. Tras aquello, Disney puso a trabajar a sus abogados para eliminar cualquier rastro del documental y, por supuesto, evitar cualquier mención o proyección del mismo. Pero alguien en Internet, ese Dios primordial e inmisericorde, terminó por filtrarlo en 2012 y desde entonces Disney trabaja para borrarlo de YouTube y de cualquier portal donde aparezca –a día de hoy se puede encontrar si uno sabe buscar–. ¿Una comedia ligera o una sátira empresarial? Lo cierto es que en el documental no salen bien parados ni Thomas Schumacher, ni Peter Schneider. El primero dimitió al frente de la división animada en 2003 tras el fracaso de El planeta del tesoro —con la que quizás quiso enmendar el error y volver a hacer algo épico basado en un clásico de la literatura—. En 2018 fue señalado por acoso sexual por extrabajadores de la compañía en un reportaje del The Wall Street Journal. El segundo dimitió solo un año después del estreno de El emperador y sus locuras, y 18 meses después de ser proclamado jefe de operaciones de Disney. Ambos eran descritos como burócratas con actitud de matones de instituto. Y a Schneider se le imputaron varios malos datos en taquilla con los que entonó un matizado mea culpa —pues se desentendió de los números de Pearl Harbor, un proyecto que salió a voluntad suya. Todo ello ofrece una constante y afilada segunda lectura a la película, prueba de que el genio de los artistas de la factoría seguía intacto, e incluso se afiló cuando se dio rienda suelta al "humor" para desarrollar El emperador y sus locuras. Algo que ningún ejecutivo vislumbró, y a su vez dio aliento a los dibujantes para seguir bajo el mando de Mark Dindal. En Kingdom of the Sun, Manco no hablaba cuando se convertía en una llama. A través de una serie de escenas prácticamente mudas, descubríamos cómo iba haciéndose más y más humilde, sin poder "mandar" sobre nadie, convertido en mero animal de carga solo capaz de escupir y mugir. Incluso se enamoraba de un personaje eliminado, una pastora de llamas llamada Mata, que ya había sido doblada por Laura Prepon. Sí: la Laura Prepon que interpreta a Alex en The Orange is the New Black o a Donna en Aquellos maravillosos 70. Al otorgarle voz, el personaje convertido en Kuzco en El emperador y sus locuras adquirió un tono de empresario pijo, inmisericorde y despiadado, que bien podría ser una imagen deformada de lo que hoy llamaríamos un emprendedor. En una de las primeras escenas de la película, presentación del personaje de Yzma, Kuzco la despide sin miramientos antes de recibir a Pacha como representante de la aldea en la que quiere construir su casa de vacaciones. "¡Despedida! ¿Cómo qué despedida?", dice Yzma. "¿Cómo lo diría? Se prescinde de ti. Estamos viéndonos obligados a hacer una reducción de plantilla. Formas parte de una reestructuración mayor. Vamos a cambiar de rumbo. Elige tú", le contesta Kuzco, utilizando un lenguaje propio de recursos humanos para echar a la calle a su más antigua trabajadora. Una lectura que bien puede aplicarse al lenguaje pasivo-agresivo utilizado para redirigir la película de Allers hacia la película de Dindal. De hecho, cabe añadir otro chiste empresarial cuando Kuzco cena con Yzma y le pregunta por su futuro "que puede ser difícil para alguien de tu edad en el sector privado". Más tarde, el personaje de Kronk camina por la calle tarareando una canción que nadie consigue escuchar bien y la voz en off de Kuzco critica que "componga su propia música". Detalles, aquí y allá, que ofrecen una lectura algo más mordaz de lo que aparentemente es el humor de El emperador y sus locuras. Que, insistimos, no es una mala película si se entiende como una comedia ligera. La escena del restaurante es una brillante composición de slapstick, clásica en cada uno de sus movimientos, y no por ello menos genial. Y el diseño de personajes así como el manejo del color, con fondos tapizados y monocromáticos casi minimalistas, sigue siendo de lo más "atrevido" y rupturista que ha hecho Disney en años. Una rareza, se mire por donde se mire, que cumple un cuarto de siglo siéndolo. ¡Larga vida al emperador y sus locuras!