¿Hacia dónde va la política exterior española?
2026-03-10 - 06:04
¿Tiene España una política exterior coherente o va al albur de los acontecimientos mundiales?. La respuesta es dudosa, máxime cuando el Presidente del Gobierno ha recuperado el eslogan de Zapatero que tan buenos réditos le dió en 2004; hoy bajo el grito de "¡No a la guerra!", referido a la de EEUU e israel contra Irán. Tradicionalmente se ha señalado que la política exterior pertenece al ámbito de las llamadas políticas de Estado, con lo que se quiere decir que requiere que las principales fuerzas con posibilidades de gobernar, la sostengan. Por tal razón, la propia Ley de Defensa nacional (Ley orgánica 5/2005) obliga a respetar en el ámbito de defensa, la participación de las Cortes Generales (artículo 4) para determinadas acciones militares y su artículo 8 contemple la figura del Consejo de Defensa nacional para aconsejar la adopción de las medidas más convenientes para nuestro país, entendiendo por tal la defensa de los intereses de España (políticos y económicos principalmente) tal como definió el premier Lord Palmerston, al señalar que Inglaterra no tenía amigos o enemigos permanentes, sino solo intereses permanentes, para salvaguardar la paz y el statu quo europeo. Lo cual no quita para que un Estado cumpla con sus compromisos, máxime si ha prestado su consentimiento mediante tratados internacionales, sean multilaterales o bilaterales. Responde también a otra idea fundamental, la de ser socios leales y sobre todo previsibles y no circunstanciales en virtud de intereses de partido, máxime cuando España forma parte como socio desde 1982 de la OTAN y desde 1986 de las llamadas entonces comunidades europeas y hoy Unión Europea (UE). Esos compromisos nos han permitido mantener una política exterior alineada con los países occidentales ajenos a los antaño denominados en la época de los 70 del Siglo XX los Países no alineados (MPNA) (Yugoslavia, Cuba etc) y que hoy como tertium genus, se denominan los países BRICS (Brasil, Rusia, India China, ampliado en 2024 a otros países con el anagrama BRICS+) Desde un punto práctico, España como potencia media ha mantenido, además de nuestra integración en la UE, relaciones con el mundo Atlántico, en especial con los países Iberoamericanos y buenas relaciones con los países árabes, sin perjuicio de la disputa con nuestros países ribereños, en especial Marruecos, que reivindica no solo la marroquinidad del Sahara, como el presidente Sánchez ha consagrado de facto, y que parece ser el gran beneficiado del enfrentamiento de Sánchez con Trump. Los nuevos escenarios internacionales con la emergencia de China pisando los talones a EEUU como potencia económica, no ha hecho variar los términos anteriores, sin perjuicio de que se hayan abiertos nuevos horizontes comerciales pero desde la perspectiva de pertenecer a la UE; dicho en corto España no puede ir por libre en materia comercial. De igual modo, desde 1986 España mantiene relaciones con Israel, si bien últimamente no muy halagüeñas por la posición del presidente del Gobierno sobre la Franja de Gaza después de la masacre de Hamás el 7 de octubre y la desproporcionada respuesta israelí. En definitiva, España ha querido jugar dentro de la defensa de sus intereses en el marco occidental dentro del respeto a la Carta de la ONU, si bien como sabemos y la reciente conferencia de Seguridad en Múnich (Febrero 2026) ha constatado, ese orden liberal parece cuartearse ante la ineficacia de la ONU para poder hacer frente a los conflictos como el de Irán y donde el veto de las potencias que tienen asiento en el Consejo de Seguridad, hace inviables muchas acciones y, sobre todo, por la irrupción con la fuerza normativa de lo fáctico, la política de ordeno y mando mundial de EEUU desde el inicio del segundo mandato del presidente Trump y su gabinete: Venezuela e Irán principalmente. En ese escenario, el presidente Sánchez, desconociendo las reglas de nuestro sistema de gobierno parlamentario, ha querido asemejarse en sus atribuciones a un presidente, al modo de Macron o Trump, lo que le está llevando a tomar decisiones unilaterales no siempre beneficiosas para nuestro país, de tal suerte que la política exterior, depende hoy en España de lo que disponga a modo de un diktat, el presidente del Gobierno. Por dicha razón, la figura del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, se parece más a un asesor presidencial de Moncloa, que a un ministro con personalidad propia como Fernández Ordoñéz con el PSOE de Felipe Gonzalez o de Garcia Margallo con el primer gobierno de Rajoy (2011-2016). Recuérdese el prestigio de España pudiendo convocar en 1991 la Conferencia de Madrid para Oriente Medio, que fue en su momento un éxito diplomático. La inexistencia de una politica exterior de la UE, recordando la vieja anécdota de H. Kissinger sobre que no sabía cuál era del teléfono del titular de dicha competencia, ha hecho que vuelva a resurgir en la actual situación con más fuerza que antes las posiciones individuales de los países miembros, habiendo quedado tanto Von der Leyen como Kaja Kallas fuera de juego, añorando los tiempos de Javier Solana como Mr. PESC (Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad Común de la UE). Esperemos que la definición de nuestra política exterior de forma unilateral en clave de política interna, no cause males que luego no puedan ser reparados.