'Hamnet' comete un pecado musical tan grande que arruina el mensaje de la película
2026-01-27 - 10:39
[Este artículo contiene SPOILERS sobre 'HAMNET'] Desde que se dio a conocer en Sundance con Songs My Brothers Taught Me (2015) hasta el estreno de Hamnet, su quinto largometraje, Chloé Zhao ha aplicado a obras tan distantes como la oscarizada Nomadland (2020) y el blockbuster superheroico Eternals (2021) un estilo visual característico, muy inclinado hacia la captación de atmósferas y motivos de la naturaleza en una corriente del cine estadounidense que siempre parece mirar genealógicamente hacia Terrence Malick. Esa mirada personal de la cineasta china parece amoldada en Hamnet al estilo literario, muy rico en descripciones sensoriales, de la escritora norirlandesa Maggie O'Farrell, quien también ha participado en el guion de la adaptación de su novela homónima, en la que aborda las figuras de William Shakespeare y su esposa Agnes tomando como punto central el trágico fallecimiento de su hijo Hamnet a los 11 años a causa de la peste bubónica. Se trata, por lo tanto, de una historia de duelo, de un desconsuelo absoluto, en la que abundan los momentos íntimos de pesar de los personajes protagonistas. Sobre todo de la decidida Agnes, materia prima para una interpretación colosal de Jessie Buckley, que se quedó en el hogar familiar de Stratford cuidando de la prole mientras Shakespeare (Paul Mescal, siempre cómodo en el talante introvertido de sus personajes) buscaba fortuna como dramaturgo en Londres. O'Farrell primero, y junto a Zhao después, no duda en tomar licencias dramáticas respecto a los hechos históricos que conocemos de Shakespeare, y bien está que así sea (el propio Bardo de Avon celebraría ese método), puesto que su propósito no es crear un retrato fidedigno desde fuera, sino desde dentro: a partir de la emoción pura de los personajes, de una pareja quebrada sin remedio por la muerte de retoño, llegar al poder de la expresión artística para canalizar dolores universales. Max Richter, de lagrimilla fácil Una de las pegas que se le podrían poner a Hamnet es lo asfixiantemente determinista que es su estructura dramática, dando la sensación de que cada pasaje de la historia no es más que un eslabón de puro trámite hasta llegar al clímax dramático de la representación de Hamlet a la que acude Agnes en el Globe Theatre. En la película, la obra más famosa de Shakespeare supone la manifestación de su dolor ante el público del teatro, entre quienes se encuentra una afectada Agnes. Al contemplar la muerte del personaje que se llama igual que su hijo fallecido, extiende su mano sobre el escenario hasta alcanzar la del joven actor que lo interpreta para darle consuelo. Un gesto de arrebatamiento y vivencia íntima de la obra artística contemplada que es inmediatamente replicado por el resto de espectadores, construyendo una representación de éxtasis emocional interconectado que todo el mundo tenía claro que era el punto álgido de la película. Ese final de Hamnet nos habla de muchas cosas: del poder de comunión del arte a través de la emoción, de la necesidad que muchas veces tenemos de hacer nuestra una obra artística que nos ha tocado (la tactilidad del sentimiento), etc. Ante todo, es una experiencia realmente subyugante que busca trasladar a la sala de cine el desbordamiento representado. Y, para conseguirlo, se sirve de la elección musical más obvia y desgastada posible: The Nature of Daylight. Sí, la (hermosa, arrobadora) pieza musical de Max Richter que desde su publicación en el álbum The Blue Notebooks (2004), hemos escuchado ya una sonrojante cantidad de veces con el mismo propósito de abrir el grifo de lágrimas. Multitud de series y películas han echado mano de la partitura del compositor británico de origen alemán, y no precisamente producciones de bajo nivel de alcance ni escasa pregnancia en la cultura popular: de películas como Stranger than Fiction (2006), Shutter Island (2010) o La llegada (2016) a series como El cuento de la criada o The Last of Us. Por supuesto, no es que ninguna de esas obras previas tenga exclusividad sobre la pieza musical, pero su reutilización constante denota una pereza y preferencia por el recurso fácil indignos de una película pretendidamente sofisticada. Más indignante todavía resulta que, además, el propio Richter sea quien firma la banda sonora de Hamnet, con música original compuesta para la película, pero sea un trabajo previo lo que se recicle para el momento cumbre. Hay canciones y obras musicales que a veces se ponen de moda y son empleadas sin pudor buscando replicar el efecto que se les atribuye en una suerte de acto extractivo que hay que saber ejecutar muy bien o se cae de lleno en el pastiche. Justo lo que pasó hace un cuarto de siglo cuando decenas de películas incluían el Spiegel Im Spiegel de Arvo Pärt sin rubor alguno: Godard y Van Sant, ok; cuando la cosa llega a Guy Ritchie e Isabel Coixet, ya tocaba salir corriendo. The Nature of Daylight es una composición de gran belleza que resulta comprensible que quiera emplearse para potenciar el poder conmovedor de cualquier situación, pero esta visión propia de la música temporal que se usa a veces en los cortes no definitivos de las películas está peligrosamente cerca de un prompt para IA generativa. Como si en el proceso creativo de Hamnet se hubiera dicho "Queremos un tema musical emocionante como The Nature of Daylight". Y, no contentos con contratar a Richter para que haga lo suyo, se decide emplear directamente la misma música. Es difícil justificar que una película que celebra cómo el arte más poderoso nace de la necesidad de transmitir una profunda emoción personal caiga en un recurso tan facilón y parasitario.