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"He visto gotas de mi propia sangre": ¿'Los pecadores' se basa en un personaje real?

2026-01-26 - 06:04

Es la escena de la que todos hablan. Un guitarrista negro interpreta un blues. Tras los acordes iniciales, otros instrumentos se incorporan a lo que, hasta entonces, era una pieza construida únicamente sobre una guitarra acústica: percusiones tribales, guitarras eléctricas o mesas de mezclas enriquecen I Lied to you, canción central de la película Los pecadores, la obra de Ryan Coogler que acaba de romper todos los récords de nominaciones en la historia de los Oscar, cosechando nada menos que 16, dos más que Eva al desnudo, Titanic y La La Land, que obtuvieron 14 cada una. La música negra del pasado, presente y futuro se congrega en esta cinta en un local de la América profunda en 1932. En medio de todo está Sammie (Miles Caton) que, tras los gemelos encarnados por Michael B. Jordan, es el personaje primordial de la película: por algo Los pecadores empieza y acaba con él. Los vampiros que llaman a las puertas del local lo persiguen a él: quieren que Sammie ponga su guitarra al servicio del mal. Como su padre, predicador de la comunidad, le dijo al inicio de la película, si juegas con el diablo, algún día te seguirá hasta casa. Demasiadas claves como para que los amantes del blues no se diesen cuenta de que Sammie estaba basado en un personaje real. Incluso su nieta se ha dado por enterada en un artículo que comienza así: “He visto gotas de mi propia sangre en una pantalla de IMAX”. Sammie se inspira en el enigmático y revolucionario Robert Johnson. ¿Quién fue Robert Johnson? En su autobiografía, Bob Dylan menciona una fotografía borrosa y devorada por el tiempo, en cuyo centro hay un joven negro encorvado sobre una guitarra. Su rostro no es apreciable, pero sí una mano izquierda gigantesca que se cierne sobre el mástil como una araña. Es una de las pocas fotografías que se conservan de Robert Johnson, nacido en Misisipi, donde transcurre Los pecadores, y fallecido allí 27 años más tarde. Robert Johnson abrió, de esta forma, el club de los 27, por el que más tarde pasaron Jimi Hendrix (el imponente guitarrista de ropajes psicodélicos que, en Los pecadores, suma sus notas a las de Sammie solo puede ser él), Janis Joplin o Jim Morrison. Pero también, y sobre todo, abrió un camino para la música del siglo XX y XXI: Johnson prolongó el blues de los campos que los negros cantaban mientras trabajaban de sol a sol, lo pasó por el cedazo de su guitarra y lo salpicó de falsetes y afinaciones creativas. Sin él, Muddy Waters, los Rolling Stones, Eric Clapton o Ry Cooder no existirían. Tampoco quienes descienden de ellos. La leyenda de Robert Johnson va más allá de su música: su inusual talento, unido a su breve vida (se dice que murió envenenado o tiroteado; en cualquier caso, nunca se le hizo autopsia y hay al menos tres tumbas a su nombre), inspiró una historia que, aún hoy, no se da del todo por descartada. Según quienes lo conocieron de niño, Robert Johnson no fue siempre un guitarrista excepcional. Su frustración lo llevó a desaparecer durante unos meses y, cuando volvió a dejarse ver, ya era un virtuoso dispuesto a hacer del blues el sonido de América. Los rumores apuntan a un encuentro con el diablo en un cruce de carreteras (Cross Road Blues es una de sus canciones más populares). Robert Johnson le dio su alma a cambio de dominar la guitarra y el diablo le prometió una vida breve pero triunfal. Años más tarde, aquel diablo con el que, quizá, había jugado lo siguió hasta casa y las cuerdas de su guitarra dejaron de vibrar.

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