Irán: la infantería de Trump y Netanyahu
2026-03-02 - 05:23
Toda guerra es una mala noticia por lo que tiene de fracaso de aquello que nos hace humanos. La que acaba de comenzar en Irán supone, además, un golpe adicional, puede que el decisivo, al sueño de un mundo basado en reglas que los pueblos de la tierra concibieron en 1945. Un sueño todavía plasmado en una Carta de las Naciones Unidas que, por desgracia, ya no vale el papel en el que está escrita. El ataque que Trump y Netanyahu llaman "preventivo" no solo vulnera el ingenuo compromiso de no emplear la fuerza militar como herramienta de presión en las relaciones internacionales. También va en contra de principios mucho más antiguos, más profundamente asentados en el acervo colectivo de los pueblos. Lo que en su día era una infamia —así se calificó en los Estados Unidos el ataque japonés a Pearl Harbour mientras todavía se negociaba un acuerdo entre los dos países para evitar la guerra— ahora es la norma. Todavía más antigua es la ley del Talión, ese ojo por ojo, diente por diente, un derecho que los diplomáticos británicos y franceses niegan a Irán cuando, después de pasar por alto los ataques que mataron a Jamenei, condenan con dureza la respuesta de Teherán. Dirán muchos lectores que del mal el menos. Algunos dirán que el arma nuclear en manos del régimen revolucionario islámico es un riesgo todavía más grave qué lo que sea que podamos encontrar una vez abierta la caja de Pandora de un orden internacional en el que prevalezca la ley del más fuerte sin contrapeso alguno. Otros dirán que lo que va a ocurrir en Irán en estos días merecerá la pena si al final cae el malvado régimen de los ayatolás, responsable de un grado de represión interna difícil de igualar hoy sobre la tierra y de haber organizado, financiado o apoyado infinidad de actos de terrorismo. Pudiera ser así, pero ¿de verdad es posible cambiar un régimen como el de Irán desde el aire? Aunque Jamenei haya pagado con su vida el no haber aprendido nada del ataque a Maduro, Irán no es Venezuela. Nos lo dice la lógica: ni Hamás, ni Hezbolá, ni los hutíes han capitulado por la muerte de sus líderes. En los dos primeros casos, la derrota —que no la capitulación incondicional— llegó de la mano de acciones terrestres. En el tercero, el de los hutíes, su régimen fue descabezado por Israel, pero no derrotado. Pero, además, también nos lo dice la propia marcha de la guerra. En Venezuela, Delcy Rodríguez capituló tras la captura de su líder... si es que no lo hizo antes. En Irán, en cambio, la guerra sigue sin el menor indicio de un posible acuerdo. Hay ya bajas en las filas norteamericanas y se han registrado ataques, es verdad que tan poco eficaces como se esperaba, a todos los aliados de Estados Unidos en Oriente Medio. Por la otra parte, todo lo que oímos de Trump o Netanyahu es que la campaña se va a intensificar. Intensificar los bombardeos, una vez destruidos los sistemas de defensa aérea de origen ruso, inútiles ante el despliegue tecnológico que tienen enfrente, es perfectamente posible... pero ¿contra qué? Habrá que atacar en cada jornada aquellos blancos pasados por alto en los días anteriores, objetivos que por lógica tendrán cada vez menos valor militar y un mayor riesgo de daños colaterales. Cuatro años lleva Putin bombardeando Ucrania y ahí seguimos. No creo que el movimiento MAGA aguante tanto tiempo como el amordazado pueblo ruso, ni que la opinión pública norteamericana tolere bombardeos masivos como los que vimos en Gaza —Irán está 40 veces más poblado que la Franja— que, además, ni siquiera habrían servido de mucho sin la invasión terrestre. Aunque todavía estamos en los primeros momentos de la guerra, parece que tanto Trump como Netanyahu fían el resultado final de la contienda —el de verdad, el que se mide en objetivos políticos alcanzados y no en pomposas declaraciones de victoria que ocho meses después vuelvan a demostrarse vacías— a una rebelión del pueblo iraní contra el régimen que los oprime. En el fondo, lo que ambos líderes sueñan es que sean civiles desarmados los que ocupen el hueco de la infantería que ellos no quieren o no pueden desplegar. Y eso, a mí, me parece no solo aventurado sino cruel.