Juan Carlos I y el exilio virtual
2026-03-01 - 08:53
Hay dos razones para que Juan Carlos I regrese a España de una manera definitiva. La primera es de simple y sencilla gratitud hacia el hombre al que debemos el medio siglo de paz, de libertad y de progreso que hemos vivido tras la muerte de Franco y que ya hubieran querido conocer las generaciones a las que les tocó vivir la Guerra Civil o la larga noche de la Dictadura. Uno, que tenía 18 años en noviembre de 1975, se consideraría un perfecto ingrato y no se encontraría a gusto consigo mismo si olvidara lo que sintió en aquellos días en que vio llegar a un Rey, y con él una Constitución, que le iba a permitir escribir y publicar lo que le diera la gana así como vivir una vida en plenitud y en democracia que le estuvo negada a sus padres y a sus abuelos. La segunda razón por la que Juan Carlos I debe volver a España es de carácter y peso políticos. De acuerdo, su exilio es virtual. No hay ninguna causa penal ni fiscal contra él. Su situación con Hacienda se regularizó en 2020 y no pesa sobre su persona ninguna orden de destierro. De hecho, visita discretamente nuestro país cada cierto tiempo para someterse a revisiones médicas o asistir a unas regatas y reencontrarse con sus amistades en la localidad gallega de Sanxenxo. Pero es precisamente en ese carácter virtual que tiene su exilio donde reside el velado pero efectivo peligro de éste. Y es que el populismo se caracteriza por su habilidad para vendernos lo virtual como real. El populismo, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha, es antes que nada puro ilusionismo político y busca denodadamente la foto, por más falsa y trucada que sea, del destierro del hombre que trajo la Constitución del 78 para, así, homologarla, en el imaginario colectivo, y en una suerte de revival escenográfico, con la del exilio de Alfonso XIII aunque sea de forma ficticia. Y es que lo ficticio no excluye la innegable y potente fuerza simbólica de esa ansiada fotografía. Se busca, desde esos populismos antagónicos la plasmación escenográfica del desgaste y del debilitamiento de la institución monárquica porque también se busca igualmente el debilitamiento y el desgaste de la propia Constitución que dicha institución avala y salvaguarda. Y en esa estrategia de socavamiento de la imagen de la Corona vienen a confluir agentes de nuestro guiñol político de la más variada y variopinta procedencia. Vienen a confluir los republicanismos y los marxismos más rancios de las izquierdas antisistema con los nacionalismos de todo signo, desde los periféricos hasta ese otro nacionalismo español que hunde sus raíces en el caciquismo reaccionario del Antiguo Régimen y en el integrismo religioso que abominó de la Modernidad, del liberalismo y del centralismo borbónicos en el siglo XVIII. En este país que tenemos, son perfectamente capaces de sobrevivir, a la manera de herencias familiares y de eso que llaman 'señas identitarias', fobias históricas y atávicas que ya han olvidado sus antiguas razones de ser, pero que mantienen vivas las brasas de sus inquinas y las traducen en movimientos políticos enemigos de todo orden común y de la convivencia. No. No es uno el que se remonta al pasado lejano sino quienes hablan en nuestros días de la Guerra de Sucesión llamándola Guerra de Secesión o del supuesto affaire amoroso de Isabel II con el general Espartero como si viniera en el Hola. Dicho de otro modo, uno ve a ciertos votantes de Vox y de Junts mostrar unos prejuicios hacia los Borbones que duda seriamente de pronto si está en la realidad o dentro de una novela histórica de esas que compiten por el Premio Planeta.