Juicio severo de la Santa Sede
2026-03-18 - 06:50
Este domingo el Papa León XIV se refería a la atroz violencia de la guerra que está sufriendo en estas semanas el pueblo de Oriente Medio, en la que miles de personas inocentes han muerto y muchísimas más se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Conviene recordar esto, porque la guerra no es un video juego ni un mero juego de estrategias para conseguir ventaja en una zona. El Papa ha hablado de un clima de odio y de miedo y ha subrayado que los ataques «han azotado escuelas, hospitales y zonas residenciales». El análisis detallado de la crisis, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, lo ha realizado el cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin , cuya figura adquiere un peso creciente en este tramo del pontificado. En una extensa entrevista a Vatican News, Parolin comenzó haciendo referencia a unas palabras del Papa en su discurso al Cuerpo Diplomático, en las que denunciaba que se está sustituyendo el esfuerzo de la diplomacia que promueve el diálogo por el uso de la fuerza, pensando que la paz puede alcanzarse «mediante las armas». A este respecto, recordó que la Carta de la ONU establece que «el recurso a la fuerza debe considerarse únicamente como última y gravísima instancia... tras evaluar cuidadosamente los límites de la necesidad y la proporcionalidad, sobre la base de verificaciones rigurosas y motivaciones fundadas, y siempre en el marco de una gobernanza multilateral». El Secretario de Estado dio un paso más al añadir que si se reconociera a los Estados el derecho a la «guerra preventiva», según criterios propios y sin un marco jurídico supranacional, «el mundo entero correría el riesgo de verse envuelto en llamas». No es posible ignorar la severidad de este juicio concreto de la Santa Sede sobre la iniciativa tomada por Trump y Netanyahu, que refleja la convicción de que «la paz solo puede nacer después de que el enemigo haya sido aniquilado». Por otra parte, el cardenal reconoció que la Comunidad Internacional no puede permanecer impasible cuando un régimen reprime los derechos fundamentales de las personas, como ha hecho de forma sangrienta el régimen iraní en los últimos tiempos (y desde su fundación), pero se ha preguntado si el lanzamiento de misiles y bombas ofrece una solución eficaz a la población que sufre esa represión, a la que simplemente se le ha pedido desde Washington y Tel Aviv «que sea heroica» y se levante para derrocar al régimen. Es curiosa la coincidencia del análisis que se realiza desde la Secretaría de Estado del Vaticano con el de otros analistas internacionales como el profesor israelí Alon Ben-Meir. Una especial preocupación de la Iglesia, reflejada insistentemente por el Papa durante estos días, se refiere al futuro de el Líbano , país que visitó hace apenas tres meses. El nuevo gobierno libanés estaba dando pasos importantes para garantizar la cohesión y la estabilidad, incluso en el espinoso asunto del control de las milicias chiíes de Hezbolláh, pero todo eso puede saltar ahora por los aires. Evidentemente Hezbolláh ha atacado el norte de Israel, y la respuesta israelí ha consistido en bombardear diversos barrios de Beirut y ocupar una extensa franja de territorio libanés en el sur. Se habla, incluso de una gran operación terrestre israelí en esta zona. Y así, el fantasma de la confrontación civil se cierne de nuevo sobre el Líbano, donde el delicado equilibrio de la convivencia entre las comunidades se ve sacudido de una forma brutal. Una vez más se echa en falta la sabiduría que entiende de proporcionalidad, que toma en consideración los múltiples factores en juego y que piensa más allá de las victorias militares inmediatas. Y resuena de nuevo la pregunta: ¿es posible pensar en una paz justa y duradera que se base meramente sobre la aniquilación del adversario?