La atención como recurso finito y escaso
2026-03-03 - 11:13
El problema o uno de los problemas generalizados de nuestros días es la cada vez mayor incapacidad para quedarnos solos y en silencio . A lo largo de los siglos siempre lo fue, pero no de una manera tan acusada como en nuestros días. Hayes (analista político y periodista de la televisión norteamericana) recoge en su magnífico ensayo una experiencia que promovió en el 2014 la Universidad de Virginia. Un grupo de psicólogos pidió voluntarios para llevar a cabo este experimento: sentarlos solos en una habitación sin hacer nada durante períodos de entre seis y quince minutos. Los participantes calificaron la prueba como muy desagradable. Luego se les dio la posibilidad a los concurrentes de tener una estimulación negativa (una descarga eléctrica), y la mayor parte de los mismos la prefirieron a la soledad y el silencio. Cada vez es más complicado quedarse a solas con los propios pensamientos. Hay un pánico claustrofóbico . Y el teléfono móvil o el ordenador en constante funcionamiento es el cordón umbilical con un mundo muchas veces desconocido. Se ha repetido muchas veces aquel comentario (para mí certero desde que lo publicó Pascal en sus 'Pensamientos', en 1670) sobre la infelicidad del ser humano al no saber permanecer quieto en una habitación. Kierkegaard lo ratificó en su libro 'O lo uno o lo otro' (1843). El filósofo danés escribió que la raíz de todos los males era el aburrimiento. La inquietud de nuestras mentes y el ansia de distracción son los culpables del amor hacia lo ruidoso y el alboroto. Siempre procuramos vivir alrededor del eco de los demás que nos hacen compañía. El placer de la soledad buscada y el silencio son cada vez más raros. La soledad y el silencio crean una gran angustia espiritual. Nuestra sociedad detesta el aburrimiento y por eso vivimos en un mundo lleno de distracciones. El aburrimiento es improductivo, no así las distracciones que captan la atención que se puede medir económicamente. Vivimos en el entretenimiento constante. Y la información contribuye de una manera muy destacada. Y el mundo de internet, y los videojuegos y demás aplicaciones completan este ensordecimiento. Ocupar el ocio y el aburrimiento es una manera de saber utilizar nuestra libertad. En 'Divertirse hasta morir' (1985), Neil Postman afirmaba que el entretenimiento se había convertido en el marco social dominante «lo que imposibilitaba las reflexiones y argumentaciones complejas que requiere la democracia liberal. La política, la religión, las noticias, los deportes, la educación y el comercio se habían convertido en cómplices del mundo del espectáculo». Y esto conseguía en la gente una especie de ocupación despreocupada. De alguna manera, el novelista David Foster Wallace ficcionó el libro de Postman en su novela 'La broma infinita' (1996). Wallace lleva a sus personajes al entretenimiento sin fin. ¿Una pérdida de tiempo o una manera curativa de pasar sin angustias la vida? El aburrimiento es el estado en el que no hay nada interesante a lo que prestar atención; mientras que la distracción es el estado en el que hay demasiadas cosas a las que prestar atención. La atención se ha convertido en una industria, ya existe desde hace tiempo un 'capitalismo de la atención' Las personas son los consumidores, pero hay que captarlos y retenerlos. Estamos en un paso más allá de la publicidad. Y aquí el papel de la tecnología es muy relevante. Nuestra atención se ha mercantilizado hasta fragmentarse en diminutas porciones de tiempo que se subastan. Dos de las grandes preguntas de este libro son: ¿Qué consecuencias tiene que la atención, la esencia misma de nuestra conciencia, el lugar donde nuestra mente encuentra reposo, sea empaquetada y vendida como si fuera intercambiable con la atención de los demás? ¿Cómo se llamaría una mercancía así? Karl Polanyi, desde su autoridad como economista, afirmó rotundamente que el trabajo que hacen nuestros cuerpos y cerebros no se pueden convertir en una mercancía «sin destruir a la propia humanidad». Nuestra vida interior está siendo capturada en contra de nuestra voluntad. Lo sabemos desde hace mucho tiempo. La alienación que sentimos nace de la tensión existente entre la atención como mercancía y la atención como sustancia de nuestras vidas. Las tecnologías de la atención se han individualizado de modo que la cultura de masas es ya difícil de sostener. Esta ha cedido paso a una jungla de subculturas dominadas por la moda y lo viral. Alvin Toffler en su libro de 1970, 'El shock del futuro' ya advirtió de la invasión de la información y la pérdida de cordura y selección que esta traería. E internet y la IA todavía no existían. La atención es un recurso escaso y finito. La atención tiene muchas concomitancias con las audiencias. ¿Estamos ya en 'Un mundo feliz' de Huxley? ¿Estamos domesticados por el flujo constante de placeres y diversiones hedonistas que nos aturden? Nuestras sociedades democráticas se están desintegrando y cayendo en el 'caudillismo de la atención'. Hoy lo importante es llamar la atención a toda costa, interrumpir, insultar e increpar al adversario. Para comprobarlo miremos a nuestro alrededor.