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La banalización de la guerra

2026-03-15 - 08:23

Para que Gran Bretaña le declarase la guerra a Alemania el 3 de septiembre de 1939, fue preciso que el Primer Ministro Neville Chamberlain anunciara por radio que el plazo dado a Hitler para retirar sus tropas de Polonia había expirado. Y fue preciso contratar a un logopeda australiano para que Jorge VI pudiera pronunciar, sin tartamudear, aquel histórico discurso radiofónico a la nación británica que ratificó dicha declaración de guerra, y sobre el que el cineasta inglés Tom Hooper haría la célebre y taquillera película que se estrenó en 2010. Con todo ese solemne ceremonial se pretendía dar el peso, la gravedad, la trascendencia que indudablemente tenía el enfrentamiento bélico; concienciar a la población de que tal decisión no era fruto de la improvisación, y que podría conllevar un caro precio. Dos años después, el 8 de diciembre de 1941, la declaración de guerra norteamericana al Japón de Hirohito no se quedaría atrás en lo que se refiere a boato ritual y protocolario. Tras el ataque de Pearl Harbor, Franklin D. Roosevelt pronunció su recordado 'Discurso de la infamia' ante el Congreso de los Estados Unidos y solicitó formalmente de éste el respaldo total y explícito para iniciar la contienda. Resulta obvio que los tiempos han cambiado y que Trump encarna la pura y radical antítesis de aquellas formas rituales para arrastrar a su país al Campo de Marte. Para anunciar el bombardeo de la Siria de Bashar Al Assad hace ocho años, se sirvió de un tuit inolvidable -"Prepárate, Rusia, porque lo que vendrán serán misiles bonitos..."- y, para asistir hace unos días al traslado de los restos mortales de los soldados caídos en la guerra de Irán, se encasquetó una gorra de béisbol. Al contrario que el Roosevelt de 1941, a día de hoy Trump sigue sin molestarse siquiera en pedir al Senado de los Estados Unidos ni a la Cámara de Representantes una autorización que avale su guerra. Podría entenderse que no lo hiciera antes del pasado 28 de febrero, dado que se trataba de una operación por sorpresa. Pero ha tenido más de dos semanas para solicitar ese respaldo que lo legitimaría. Se están estableciendo, desde la izquierda española, unas comparaciones de esta guerra con la invasión de Irak en 2003 que no son procedentes. Aquélla no contaba con ninguna certeza de que Sadam Hussein poseyera armamento nuclear mientras ésta cuenta con unas advertencias expresas del Organismo Internacional de Energía Atómica que ya tienen un cuarto de siglo y con unos informes que se han vuelto alarmantes entre el pasado y el presente año. Y aún así, aunque hoy Irán constituye una amenaza para la paz mundial que no constituía el Irak de hace veintitrés años, George Bush contó con el apoyo del Congreso de los Estados Unidos, que Donald Trump no ha querido aún ni solicitar en un evidente e inquietante alarde de arrogancia que solo sirve para inspirar prevención y reservas críticas entre los mismos países que en estos días no le están negando el respaldo estratégico. No. No se puede negar que el Irán de los ayatolás, el de los Jomeini y el de los Jameneí, sea una amenaza real para el mundo. Pero lo que Trump ha traído al escenario internacional es un fenómeno que tampoco se puede dar por bueno. Lo que ha traído es la banalización de la guerra. Hay un curioso y paradójico paralelismo entre el comportamiento de Trump y el de ese Pedro Sánchez, que hoy trata de erigirse en su látigo planetario, y es que éste también actúa de espaldas al Congreso de Diputados, bien sea para la política de Defensa o para las que llama "políticas sociales", que necesitarían igualmente la básica y anual aprobación de unos Presupuestos Generales del Estado, tal como establece la Constitución en su artículo 134. De la banalización de la guerra de Donald Trump pasamos, así, en estos tristes días, a la banalización de la paz de Pedro Sánchez. El populismo banaliza todo lo que toca.

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