La cara B del secuestro más «cutre» de España: así fue el trágico cautiverio del pichichi Quini
2026-03-23 - 03:40
Unos días después del golpe de Estado en el Congreso, cuando España sangraba por los atentados de ETA y el Grapo, desapareció Quini, el pichichi de la Liga. No intervino ningún grupo terrorista de la época ni fue un secuestro para adulterar la competición, aunque el Barcelona, el club en el que militaba, empezó a perder sin su delantero y se le fue el título, que se llevó la Real Sociedad. El secuestro de El Brujo paralizó el país, aunque sus raptores distaban mucho de ser profesionales del crimen. El jugador asturiano sobrevivió encerrado durante 25 días en un zulo en el taller de un sótano de Zaragoza a base de bocadillos, que sus raptores compraban en el bar de enfrente. Perdió peso, vivió casi un mes a oscuras. Muchos reivindicaron el crimen, pero el secuestro no lo perpetró ningún profesional sino tres mecánicos en paro de Zaragoza, que pidieron cien millones por su liberación. Los pillaron al sacar el dinero en una cuenta en Suiza. Más de cuatro décadas después, la serie 'Por cien millones', que estrena Movistar Plus+ el 26 de marzo , profundiza en la «cara B» del cautiverio de la leyenda culé. «Me llamó la atención qué había en la cabeza de estos señores, que no eran más que unos pobres diablos que se encontraron en un callejón sin salida e hicieron algo que no deberían haber hecho», explica el creador de la serie, Nacho G. Velilla , cuya ficción oscila entre el tono berlanguiano y el más puro drama. «Era importante respetar la tragedia que ocurrió a través del filtro de la comedia», reconoce el responsable de 'Aída' o '7 vidas'. En 'Por cien millones', la comedia llegó sola porque los secuestradores eran tan poco profesionales que desorientaron incluso a la Policía. Era todo «rocambolesco», sus peticiones, descabelladas, su 'modus operandi', una chapuza de principio a fin. Cuando los tres mecánicos en paro, desesperados por la precariedad laboral y la imposibilidad de sacar adelante a sus familias, abordaron a Quini tras la victoria contra el Hércules, lo encañonaron y lo metieron en el coche del futbolista, automático, y fue El Brujo quien les tuvo que enseñar a arrancarlo. Después, directo a una furgoneta. «Es un secuestro tan cutre y todo fue tal despropósito que da para una comedia negra tan maravillosa como esta. No tenían ni puñetera idea de qué hacer», asegura Raúl Arévalo, que da vida a uno de los raptores junto a Gabriel Guevara y Vito Sanz. «Por suerte», dice el actor, «todo terminó bien». No solo se rescató a Quini, cuya liberación copó las portadas de la época, sino que el futbolista incluso perdonó a sus captores, intervino para que se les redujera su condena y que evitaran una multa que nunca habrían podido pagar. El Barcelona quería un castigo por haber perdido la Liga, que no se detuvo durante el secuestro a pesar de que jugadores culés como Schuster o Alexanco no querían jugar. Pero el corazón de El Brujo era tan noble como su pierna. «Hubo una anécdota muy bonita. La hija de uno de los secuestradores, antes del juicio, le pidió un autógrafo a Quini y él se arrodilló, le dio un beso, le firmó el autógrafo y aún fue más allá. La madre de la niña se puso a llorar y el jugador se la llevó a desayunar para consolarla, a la mujer de una persona que le tuvo encerrado durante 25 días, antes de entrar en el juzgado. Esta era la talla humana de Quini», cuenta Velilla, que asegura que la serie es «real al 90%» y que incluye un cameo de los hijos del futbolista, no así de los secuestradores, que rechazaron participar en el proyecto. «Lo bonito de esto, y por lo que puede ser una comedia, es que tuvo un final feliz», enfatiza Arévalo. Lo secunda Sanz, para quien el tiempo cuenta en la comedia, que necesita «perspectiva»: «A través de la comedia parece a veces que se relativizan los conflictos, que pierden valor, que las historias que son más trágicas pierden esa fuerza, pero yo confío en que con la comedia se pueden contar, y se puede hacer pensar, y se puede contar historias, y no perder esa profundidad».