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La ciencia quiere empezar a medir la alegría animal

2026-02-17 - 07:45

Desde hace décadas, la ciencia ha tenido claro que los animales sienten dolor. El sufrimiento es observable, medible y defendible frente a la sospecha de antropomorfismo. Basta con pinchar, asustar o privar de algo vital para registrar respuestas fisiológicas claras en los animales de experimentación. El problema empieza cuando se hablaba de lo contrario, del placer, del disfrute, de algo tan impreciso para el método científico como la alegría. Curiosamente, nuestra empatía siempre ha ido por delante de la evidencia. Nos resulta más fácil reconocer emociones complejas en animales que conviven con nosotros, perros y gatos, sobre todo, porque sus gestos, vocalizaciones y respuestas sociales encajan mejor con nuestro propio repertorio emocional. Ese registro similar al humano ha sido, al mismo tiempo, un atajo hacia la comprensión, pero también una excusa para desacreditarla como proyección subjetiva. Ahora, un grupo internacional de investigadores está intentando hacer algo que hasta hace poco parecía casi herético, tratan de medir científicamente la alegría animal. Objeto de estudio Durante buena parte del siglo XX, la investigación del comportamiento animal estuvo dominada por el conductismo. Solo importaba lo que podía contarse, repetirse y aislarse en un laboratorio por lo que, en ese marco, las emociones (especialmente las positivas) eran terreno pantanoso, por ser generosos. El miedo congelaba cuerpos, el dolor alteraba hormonas, pero la alegría, en cambio, se expresaba de forma sutil, variable y profundamente contextual. Y es este desequilibrio el que ahora quiere corregirse. En los últimos años, investigadores de campos tan distintos como la etología, la neurociencia, la psicología comparada o la biología evolutiva han empezado a hablar abiertamente de afecto positivo. No se trata de felicidad en términos humanos, sino de episodios breves e intensos de emoción positiva desencadenados por eventos concretos, como un reencuentro social, un juego o una sorpresa agradable. Esta definición ha permitido que se empiecen a buscar patrones compartidos entre especies sin asumir que todas ‘sienten lo mismo’ de la misma manera. El objetivo del proyecto no es demostrar que un perro es feliz como una persona, sino de aceptar que experimenta estados internos valiosos para él, aunque no podamos traducirlos exactamente a nuestro lenguaje emocional. Perros, gatos y el sesgo de la cercanía Que este debate haya avanzado de la mano de estudios sobre perros no es ninguna casualidad. El juego canino lleva décadas estudiándose como una conducta social compleja, regida por normas, señales de apaciguamiento y reglas implícitas de ‘juego limpio’. Cuando un perro se excede, se disculpa, cuando el entorno es seguro, el juego se prolonga hasta el agotamiento. Todo apunta a que no es solo un entrenamiento automático, sino una experiencia intrínsecamente gratificante. Mark Bekoff, uno de los etólogos que más ha insistido en tomarse en serio las emociones positivas animales, lleva años defendiendo que la pregunta no debería ser si la alegría existe en otras especies, sino para qué ha evolucionado. Disfrutar de las cosas refuerza vínculos sociales y favorece el aprendizaje. El problema aparece cuando nos metemos en el terreno de las comparaciones. ¿Disfruta más un perro que un gato? ¿Un delfín más que una rata? La respuesta científica más honesta es que depende del individuo, del contexto y de sus necesidades. Igual que ocurre entre humanos, no existe una escala universal del ‘nivel de alegría’ que tenga verdadero sentido biológico. Medir sin adivinar Precisamente para evitar caer en interpretaciones subjetivas, un grupo de investigadores ha puesto en marcha lo que informalmente se conoce como el joy-o-meter, un conjunto flexible de indicadores conductuales, fisiológicos y cognitivos destinados a identificar episodios de emoción positiva en distintas especies. El proyecto comenzó con grandes simios, por la razón estratégica de que su cercanía evolutiva aumenta las probabilidades del éxito metodológico. En chimpancés y bonobos, los investigadores han registrado vocalizaciones similares a la risa, abrazos durante reencuentros y conductas lúdicas espontáneas incluso en contextos difíciles. En algunos casos, esos episodios se acompañan de señales acústicas que parecen cumplir una función social similar a la risa humana que ayudan a desescalar tensiones, reforzar vínculos y comunicar intenciones positivas. Una de las herramientas más interesantes del proyecto es el llamado test de optimismo. Inspirado en estudios sobre depresión humana, evalúa si un animal interpreta estímulos ambiguos de forma más positiva tras una experiencia agradable. En bonobos, escuchar grabaciones de risas de crías aumenta la probabilidad de que se acerquen a estímulos neutrales esperando una recompensa. Jugar, reír, celebrar El enfoque comparado ha llevado el estudio de la alegría mucho más allá de los mamíferos que solemos considerar cercanos. Tal como recoge un artículo en ScienceNews, los kea de Nueva Zelanda, unos loros conocidos por su inteligencia y conducta lúdica, se han convertido en protagonistas inesperados. Juegan sin un objetivo aparente, se deslizan por la nieve y emiten vocalizaciones contagiosas durante el juego. Cuando reciben recompensas especialmente deseadas, como mantequilla de cacahuete, su respuesta vocal y conductual cambia de forma clara. En ratas, las investigaciones ya habían demostrado emisiones ultrasónicas asociadas al juego y a las cosquillas, tan sistemáticas que hoy se consideran uno de los ejemplos más sólidos de emoción positiva en animales de laboratorio. Los delfines, por su parte, plantean un reto adicional debido a que su expresión facial es engañosa. Porque, en realidad, su sonrisa permanente no dice nada sobre su estado emocional. Sin embargo, determinadas vocalizaciones aparecen de forma consistente tras recompensas inesperadas o superar desafíos, incluso antes de recibir el premio. Todo apunta a un sistema de recompensa interno comparable, en términos funcionales, al nuestro. La importancia de tomarse en serio la alegría animal Entender cómo experimentan emociones positivas los animales tiene implicaciones directas para el bienestar de animales en cautividad, para el diseño de programas de enriquecimiento ambiental y para evaluar si una vida es solo aceptable o realmente buena para quien la vive. También nos obliga a revisar una jerarquía emocional profundamente arraigada que ha motivado que durante décadas el sufrimiento merezca atención científica, pero su capacidad de disfrutar fuera secundaria. Si algo empieza a quedar claro es que una vida sin experiencias positivas no es una buena vida, ni siquiera cuando el dolor está controlado.

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