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La ciudad portuguesa que guarda una capilla decorada con más de 5.000 calaveras y huesos

2026-03-17 - 16:40

En pleno corazón del Alentejo portugués, a medio camino entre Lisboa y Extremadura, se encuentra Évora , un destino con un centro histórico repleto de tesoros que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986. Considerada como una ciudad-museo, esta ofrece un buen puñado de atractivos monumentales , por lo que no es de extrañar que los reyes de Portugal del siglo XV la escogieran como residencia. La mejor forma para descubrir de forma pausada todos sus encantos es hacerlo a pie. En un paseo por sus estrechas calles repletas de casas blancas y amarillas se puede hacer parada en la Plaza do Giraldo , centro neurálgico y escenario de destacados sucesos históricos como la ejecución del duque de Bragança, Fernando. Aquí se puede ver la iglesia de San Antonio y el chafariz de mármol con ocho caños que representan las ocho calles que allí convergen, así como tomar algo en una de sus terrazas. Desde esta plaza se puede ir en busca de los principales puntos de interés como son la catedral que, construida entre finales del siglo XIII y principios del XIV en estilo gótico de transición, es considerada como una de las mayores catedrales medievales de Portugal. Junto a esta se encuentra el antiguo palacio episcopal que acoge hoy día el Museo Nacional Fray Manuel del Cenáculo , otra de las visitas a tener en cuenta. Este espacio expositivo cuenta con alrededor de 20.000 piezas, pinturas, esculturas, artesanía y mobiliario, entre otras cosas, descubiertas en la zona. A destacar son también las murallas , construidas por orden de Don Alfonso IV de Portugal en el siglo XIV; la iglesia de la Gracia , templo construido en el siglo XVI con influencia palladiana que presenta una robusta fachada manierista, y el Acueducto Agua de plata , cuya construcción se realizó en 1532 por orden de Don Joao bajo el proyecto de Francisco de Arruda (autor de la Torre de Belém de Lisboa) con un total de 18 kilómetros de longitud. Este iba desde la Granja de Divor –donde se abastece el agua–, hasta el centro de Évora. Actualmente se conservan entre 8-9 kilómetros. Caminando uno puede toparse, también, con el Templo romano –también conocido como templo de Diana, aunque está consagrado al culto imperial y no a dicha diosa–, símbolo de la ciudad y una de sus imágenes más reconocidas. Este fue construido en el siglo I d.C. y presenta 14 columnas corintias coronadas con mármol de Estremoz. De época romana se conservan también unas termas , situadas en el vestíbulo de la Câmara Municipal y descubiertas en 1987. Estas cuentan con un laconium, sala caliente para baños de vapor que incluye una piscina circular de nueve metros de diámetro que presenta un estado de conservación bastante bueno, el natatio, una piscina al aire libre descubierta en 1994, y un Praefurnium, que servía como sistema central de calefacción para las salas adyacentes. Otro de los edificios más notorios que guarda una de las estancias más curiosas y llamativas de toda la ciudad es la iglesia de San Francisco , templo con una nave única que termina en una bóveda de nervios, la de mayor vano en el gótico portugués, y que cuenta con doce capillas revestidas de talla barroca y situadas a ambos lados. A destacar es la capilla de los Ossos (huesos) , un espacio que pone los pelos de punta a todo aquel que lo visita. Antes de entrar se puede leer en la puerta una frase que dice 'Nos, ossos que aquí estamos, pelos vossos esperamos' (nosotros los huesos que estamos aquí, esperamos los vuestros), un adelanto de lo que el visitante puede ver una vez dentro. Las paredes de la Capilla de los Huesos y los ocho pilares que la constituyen están recubiertos con huesos y cráneos humanos colocados cuidadosamente y unidos por cemento. Las bóvedas son de ladrillo revocado a blanco y pintadas con motivos que aluden a la muerte. Este espacio fue construido por tres frailes franciscanos que buscaban transmitir, entre otras cosas, la fragilidad de la vida humana. Se estima que hay unas 5.000 calaveras traídas de las sepulturas de la iglesia del convento y de otros templos y cementerios de la localidad. Y es que en el siglo XVI existían hasta 42 cementerios monásticos en la ciudad que ocupaban demasiado terreno, por lo que se tuvo que buscar una drástica solución para hacer espacio para nuevas construcciones.

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