La defensa del rey a las Fuerzas Armadas diez meses después del 23-F: "Es necesario que se sientan consideradas y protegidas"
2026-02-25 - 14:43
El rey Juan Carlos I trasladó en diciembre de 1981, casi diez meses después del intento de golpe de Estado, su preocupación por el estado de ánimo en las Fuerzas Armadas ante unos cambios que se sucedían con gran rapidez en España y la "sanción" y crítica que, a su juicio, se volcaba sobre los militares en aquellos años. Por eso, trasladó tanto al Gobierno como a la Junta de Jefes de Estado Mayor la situación "delicada" por la que atravesaba la institución y la necesidad de que las Fuerzas Armadas se sintieran "consideradas y protegidas" por los "poderes públicos. Así lo expone el guion que sirvió de base para esa reunión y que remitió, el 14 de diciembre de 1981, el entonces secretario general de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, al que fuera director del CESID Emilio Alonso Manglano. La reunión del rey con el entonces presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, y su ministro de Defensa, Alberto Oliart, además de con los miembros de la Junta de Jefes de Estado Mayor había tenido lugar dos días antes, el 12 de diciembre y el interés principal del monarca era conocer "con la máxima claridad y franqueza" cuáles eran los sentimientos de las Fuerzas Armadas en aquel momento. De acuerdo a ese guion remitido por Fernández Campo, Juan Carlos I exponía la importancia para "la vida del país" de los acontecimientos del 23-F y también de la "organización militar". "Si el Estado necesita de la fuerza para, en el último extremo, imponer la ley, es difícil que la autoridad pueda mantenerse sin contar con ese respaldo material que sirva de apoyo a la razón moral y a la organización establecida por las leyes". El jefe del Estado era consciente de que, en 1981, España había "avanzado mucho en el camino a la democracia", aunque no constituía aún "un país totalmente estable donde las actuaciones de todas las fuerzas, de todos los estamentos, de todas las instituciones" pudieran funcionar "con la más absoluta de las normalidades". Y, más concretamente, ofrecía su propio diagnóstico del estado de ánimo en las Fuerzas Armadas, las cuales fueron "vencedoras en una triste guerra civil", "no obtuvieron beneficios destacados después de su victoria" y "durante cuarenta años sirvieron a España con espíritu de sacrificio". Así que en aquel momento "estaban acostumbradas al mayor respeto, a la más destacada consideración, a la protección de su dignidad por parte de los distintos sectores de la nación". Sin embargo, para el rey, la llegada de la democracia y la "imprescindible libertad de expresión de los medios de comunicación", así como "el revanchismo en las opiniones, los obligados cambios en los métodos de tratamiento de los temas militares", debieron causar "una sorpresa y una conmoción en los miembros de las Fuerzas Armadas". Así, trasladó a los presentes que en los ámbitos castrenses "llama a veces profundamente la atención que el rigor y rapidez con que se enjuician las desviaciones, los errores o las actuaciones de los miembros de las Fuerzas Armadas o de las de orden público no se correspondan con el juicio que merecen las equivocaciones o las conductas censurables de otros sectores de la sociedad española". En opinión de Juan Carlos I, "quien más debe estar sujeto a la disciplina, más responsable debe ser de los actos que afectan a la misma", pero "nunca puede estar justificada la exclusividad o la preferencia de la sanción sobre los militares". Para el monarca, el papel de la prensa era determinante en ese sentir dentro de los ámbitos castrenses, sobre todo en las semanas previas al consejo de guerra en el que se juzgaría a los autores del intento de golpe de Estado: "La propia prensa, en la mayoría de los casos inadvertidamente, sirve de eco a esos propósitos desestabilizadores y de elemento de irritación para las Fuerzas Armadas". Por todo ello, consideraba "necesario" que las Fuerzas Armadas se sintieran "consideradas y protegidas, si no por esos medios de comunicación que tantas veces buscan el sensacionalismo y a los que resulta difícil dominar en un régimen de libertades, por los propios poderes públicos, cuya capacidad de reacción debiera ejercerse con energía y rapidez". De este modo, Juan Carlos I lanzó la petición de que esta situación se analizara desde los estamentos civiles y militares "con la mayor sinceridad y, a la vez, con el tacto más exquisito": "No nos encontramos en una situación en que los problemas militares puedan ser tratados exclusivamente con la aplicación de unos principios teóricos y abstractos", dijo el monarca, sino "juzgarla con prudencia y plantear las soluciones con exquisito tacto y con equilibrio excepcional".