La dificultad de los niños para entender las señales caninas y por qué es vital la vigilancia
2026-02-21 - 08:03
La mayoría de las personas adultas reconocen sin demasiados problemas cuándo un perro está abiertamente enfadado o a punto de reaccionar. Un gruñido, el cuerpo tenso o los dientes expuestos suelen interpretarse como señales claras de advertencia. Sin embargo, esa lectura que para un adulto resulta casi automática no lo es en absoluto para un niño pequeño. Lejos de tratarse de una cuestión de falta de educación o de mala intención, la ciencia lleva años señalando que los niños menores de cierta edad tienen dificultades reales para interpretar correctamente el lenguaje canino. Como muestra, uno de los últmos estudios publicados refuerza esta idea y explica por qué insistir en la supervisión constante entre niños y perros no es exagerado, sino una medida básica de prevención. Entender a los perros no es tan intuitivo como creemos Desde que Charles Darwin sugirió en el siglo XIX que los animales expresan emociones a través del cuerpo y del rostro, la investigación científica ha intentado descifrar hasta qué punto los humanos somos capaces de leer esas señales. El perro doméstico es, probablemente, el mejor modelo para estudiar esta comunicación interespecie gracias a que convive con nosotros desde hace miles de años y, al mismo tiempo, sigue siendo un animal capaz de causar graves daños si necesita defenderse. Los estudios muestran que las personas adultas, incluso sin experiencia previa con perros, suelen identificar con relativa precisión las señales más evidentes cuando un perro está enfadado o agresivo, tanto por su expresión facial como por sus vocalizaciones. Pero con los niños pequeños, sin embargo, ocurre justo lo contrario. Edad, experiencia y errores de interpretación La investigación liderada por la científica Heini Törnqvist, analizó cómo adultos, niños de cuatro años y niños de seis años interpretaban expresiones emocionales en rostros de perros y de humanos. En total participaron más de 90 personas, a las que se les mostraron imágenes y se les pidió que evaluaran el estado emocional de cada rostro. En los resultados, los niños de cuatro años tendían a interpretar las expresiones agresivas de los perros como más positivas y menos intensas de lo que realmente eran. Incluso aquellos con experiencia viviendo con un perro cometían estos errores. En cambio, los niños de seis años con experiencia en convivencia canina mostraban una capacidad similar a la de los adultos para reconocer mejor las emociones negativas en los perros. Curiosamente, estas diferencias no aparecían al evaluar rostros humanos. A cualquier edad, los niños eran perfectamente capaces de identificar las emociones en personas, lo que sugiere que el problema no es general, sino específico de la interpretación del lenguaje canino. Problemas de comunicación entre especies Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es que los niños menores de 6 años tienden a buscar similitudes con las expresiones humanas para interpretar a los perros. Esto se convierte en un problema serio cuando un perro enseña los dientes, que para un adulto es una señal inequívoca de advertencia, pero para un niño les parece una sonrisa. Este tipo de confusión forma parte del desarrollo cognitivo infantil. A edades tempranas, los niños todavía no han desarrollado completamente las estructuras cerebrales implicadas en la lectura de expresiones emocionales complejas, sobre todo cuando pertenecen a otra especie. La experiencia ayuda, pero no es suficiente antes de cierta edad. Vivir con un perro puede acelerar el aprendizaje, pero no elimina por completo el riesgo en los primeros años de vida. Supervisar no es generar alarma, es protección Estos resultados ayudan a entender por qué los especialistas de diversos ámbitos relacionados con los perros insisten tanto en la necesidad de supervisar siempre y sin excepciones las interacciones entre niños pequeños y perros. No se trata de asumir que un perro sea imprevisible o peligroso, sino de reconocer que el menor de edad no dispone aún de las herramientas cognitivas necesarias para interpretar correctamente las señales del animal. Los datos epidemiológicos refuerzan esta idea. Otros estudios previos también han mostrado que los niños de entre cero y cuatro años son el grupo con mayor riesgo de sufrir mordeduras graves, en la mayoría de las ocasiones en contextos cotidianos y con perros conocidos. En muchos de estos casos, las mordeduras están relacionadas con aproximaciones invasivas por parte del niño. Por consiguiente, la supervisión adulta permite anticipar estas situaciones, leer las señales del perro y evitar interacciones que, aunque bienintencionadas, pueden resultar incómodas o amenazantes tanto para el animal como para el menor de edad. Referencia: Matters of development and experience: Evaluation of dog and human emotional expressions by children and adults. Heini Törnqvist et al. PLoS One (2023)