La foto fija de la presente edición
2026-03-06 - 16:33
En una feria como ARCO, donde las obras plásticas de gran formato y las instalaciones espectaculares suelen dominar el paisaje, la fotografía rara vez ocupa los espacios más visibles. Sin embargo, basta recorrerla edición de 2026 con cierta atención para comprobar que la imagen está muy presente. Hay que buscarla, detenerse ante ella, apartarse por un momento del ritmo acelerado. Cuando aparece, la fotografía construye algunos de los espacios más interesantes de la feria: lugares de lectura pausada, alejados de la grandilocuencia, donde la mirada encuentra un tiempo distinto. Uno de los ejemplos más claros de esta presencia se encuentra en el estand de Galerie Zander, donde conviven propuestas que evidencian la potencia conceptual de la disciplina. Por un lado, Joanna Piotrowska presenta su característico trabajo en blanco y negro, donde los cuerpos se tensan en espacios domésticos convertidos en escenarios de poder y vulnerabilidad. Sus imágenes funcionan como pequeñas coreografías psicológicas que interrogan las relaciones familiares y las estructuras invisibles de control. Junto a ella aparece Tarrah Krajnak, cuya práctica parte también de una dimensión conceptual y performativa. Krajnak reinterpreta el canon fotográfico desde una perspectiva crítica, utilizando el propio cuerpo como territorio de experimentación y denuncia. En ambos casos la fotografía se presenta como un dispositivo de pensamiento más que como representación. En un registro distinto, pero igualmente revelador, la presencia de Graciela Iturbide en la galería Rafael Ortiz introduce una pausa de enorme delicadeza en medio del bullicio visual de la feria. Sus imágenes, atravesadas por ritual, comunidad y una profunda conciencia simbólica, mantienen intacta su capacidad de resonancia. Frente a la espectacularidad que domina muchos estands, su fotografía recuerda que la intensidad puede construirse desde la precisión de la mirada. Su presencia resulta necesaria: una forma de recordar que la foto sigue siendo uno de los lenguajes más sensibles para pensar la relación entre imagen y mundo. Otra de las propuestas que merece atención aparece en el ámbito de Zielinsky con el trabajo de Vera Chaves. Su obra se sitúa en un territorio híbrido donde la foto dialoga con procesos experimentales. Las imágenes parecen surgir de una relación directa con la materia y el gesto, alejándose de la idea de fotografía como simple captura. Su presencia introduce una dimensión más abierta del medio, donde la imagen se expande hacia formas de experimentación plástica que desbordan los límites tradicionales de la disciplina. La escala monumental aparece en la instalación de Roberto Huarcaya presentada por Rolf Art. Conocido por sus grandes fotogramas realizados en contacto directo con la Naturaleza, Huarcaya introduce en ARCO una fotografía que funciona casi como experiencia física. En esta ocasión, la instalación se presenta de forma más contenida que en otros proyectos del artista, pero mantiene intacta su capacidad de impresión. Sus imágenes amplían el medio hacia el campo de la instalación. Uno de los estands que mejor sintetiza la capacidad de la fotografía para dialogar con otros lenguajes es el de Chiquita Room. La galería presenta un proyecto articulado en torno a la idea de dualidad, donde las piezas de Pieter Laurens Mol conviven con las nuevas obras de Teresa Estapé. El propio diseño del espacio refuerza esta tensión: un espacio dividido entre blanco y negro donde la arquitectura funciona como metáfora visual de contraste. Las obras de Mol desplazan la fotografía hacia una dimensión conceptual donde la imagen se convierte en estructura de pensamiento. Sus piezas revelan una práctica que desborda la fotografía para situarse en un territorio híbrido entre imagen, objeto y reflexión visual. Frente a ello, Estapé introduce una investigación material vinculada a genealogías femeninas y símbolos de tradición, trabajando con tejidos bordados, perlas, oro y otros materiales cargados de resonancia simbólica. La experiencia se prolonga en una pequeña trastienda donde esta firma presenta obras de otros artistas, ampliando el campo de la imagen hacia distintas generaciones. Allí conviven los delicados negativos de colodión húmedo de Louis Porter y las imágenes de Alba Yruela, configurando un espacio donde la foto aparece como territorio de experimentación técnica. Más dispersas, pero igualmente interesantes, aparecen otras propuestas que completan este mapa de la fotografía en ARCO. En Freijo, el trabajo de Pilar Lara introduce una investigación sobre el paisaje y la construcción de la imagen; Alejandro Cartagena aparece en el estand compartido por Carmen Araujo y Beatriz Gil con su reflexión sobre movimientos migratorios; mientras que Ira Lombardía, en Alarcón Criado, continúa explorando las relaciones entre imagen, historia y representación. A estas presencias se suma también el estand de Rocío Santa Cruz con especial atención en la obra de Colita. En conjunto, lo que revela esta edición de ARCO no es una presencia masiva de fotografía, sino algo quizá más interesante: su capacidad para generar espacios de lectura distintos. Frente a la espectacularidad dominante, la foto aparece como un territorio silencioso, pero potente. Hay que buscarla, detenerse ante ella y dedicarle tiempo. Cuando se encuentra, demuestra que sigue siendo uno de los lenguajes más fértiles para pensar el mundo.