La guerra de Irán se traslada ya a la cadena de suministros de India y China
2026-03-22 - 07:30
Los ataques de Estados Unidos e Israel de los últimos días han alcanzado parte del complejo de procesamiento de gas de Asaluyeh, en la costa sur de Irán, donde se trata el gas procedente de South Pars, el mayor yacimiento del mundo compartido con Qatar. El mercado entiende enseguida que no está ante un ataque más. Esta infraestructura canaliza buena parte de un yacimiento que suministra más del 70% del gas del país, y desplaza la atención fuera del frente militar. La cuestión ya no es solo qué respuesta prepara Teherán. La cuestión es cuánto de esta tensión puede empezar a filtrarse al gas, a los fertilizantes, al transporte y, desde ahí, a toda la cadena de suministro mundial, y principalmente de Asia. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Asia concentrará más del 60% del crecimiento de la demanda global de gas hasta 2030, con China e India como principales motores, lo que refuerza la sensibilidad de la región ante cualquier disrupción en suministro. India y China concentran una parte enorme de la demanda incremental de energía y dependen de que el crudo, el gas y el transporte marítimo funcionen con relativa normalidad para sostener industria, exportaciones y consumo interno. Europa sigue muy expuesta al gas, pero llega a esta fase con una demanda industrial más débil, más capacidad de ajuste tras la crisis de 2022 y un sistema que ya ha interiorizado precios energéticos más altos. Asia, en cambio, sigue necesitando volumen, continuidad y costes contenidos. El cuello de botella energético India aparece en la primera línea de esa presión. Su exposición no termina en el petróleo. También alcanza al gas y a los fertilizantes, dos variables que pesan a la vez sobre la industria y sobre el campo. Si el encarecimiento se mantiene, el efecto no se limita a la factura exterior. Empieza a notarse en costes agrícolas, en transporte y en los márgenes empresariales. En este sentido, el Banco Mundial estima que los precios de los fertilizantes siguen altamente correlacionados con el gas natural, que representa hasta el 70% de los costes de producción. Por otro lado, el ajuste no es automático. India puede cambiar proveedores, pero no puede rehacer de un día para otro la estructura de costes de su agricultura ni sustituir sin prima adicional determinados suministros energéticos. Cuando coinciden problemas en el suministro de gas, presión sobre fertilizantes y encarecimiento del transporte, el golpe no llega por una sola vía. China observa el mismo movimiento desde una posición distinta. Tiene más capacidad financiera, más instrumentos de intervención y una estructura industrial diseñada para absorber parte de los shocks externos. Pero también tiene más que perder si la tensión se prolonga. Su aparato manufacturero necesita energía abundante y previsible para sostener producción, exportaciones y estabilidad de costes en miles de empresas que trabajan con márgenes ajustados. En este escenario, JPMorgan advierte que un aumento sostenido del precio del crudo por encima de los 90 dólares por barril puede recortar el crecimiento de Asia emergente entre 0,3 y 0,5 puntos porcentuales, debido al impacto directo en costes industriales y balanza comercial. Asia absorbe el golpe... y lo exporta Ahí está otra de las razones por las que el mercado mira antes a Asia que a Europa. China e India no solo consumen mucha energía. También transforman esa energía en exportaciones, producción industrial y demanda de materias primas para el resto del mundo. Cuando el coste energético se mueve en Asia, la onda expansiva no se queda dentro de sus fronteras. Sale después en precios manufactureros, en cadenas logísticas y en comercio global. Europa sufre el shock y Asia lo retransmite. Por eso la atención se desplaza también hacia las reservas chinas. No tanto por una cuestión táctica inmediata, sino porque Pekín ya ha utilizado en otras fases de tensión la gestión de inventarios como colchón temporal. Si el conflicto mantiene la presión sobre el petróleo, el mercado empieza a descontar que China pueda liberar una parte de sus reservas para amortiguar el golpe sobre costes y suministro. Una señal de que la tensión ha dejado de ser puramente geopolítica para entrar en la gestión económica. Con todo, los ataques a las instalaciones energéticas, obliga a los países de la zona a medir su posición con más cuidado. Si se implican más, aumenta el riesgo de contagio regional. Si intentan preservar distancia, el mercado sigue añadiendo una prima sobre sus infraestructuras y sobre la estabilidad de los flujos energéticos. Ahí aparece también el límite de la política monetaria. La Reserva Federal (Fed) y el Banco Central Europeo (BCE) pueden reaccionar a la inflación, pero no pueden reconstruir una planta gasista ni reducir el precio de los fertilizantes. La incertidumbre expresada por Jerome Powell en su última comparecencia encaja con ese problema. El origen del riesgo no está en la demanda ni en el crédito. Está en un shock de oferta que nace fuera del alcance de los bancos centrales.