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La guerra de los burros: la polémica de los asnos de Gaza 'adoptados' por israelíes

2026-03-20 - 08:20

No es exagerado decir que la historia de Oriente Medio –y del mundo– habría sido diferente sin el burro. Llevó a Moisés a Egipto, a María a Belén y a Jesús a Jerusalén. El burro se menciona un centenar de veces en la Biblia, y para quienes no crean en las narraciones bíblicas sirva de ejemplo el hecho de que durante milenios el asno fue indispensable como animal de montura y de carga. Así que no es tan extraño que ahora el burro se encuentre en el centro del fuego cruzado del conflicto de Oriente Medio. El desencadenante de la polémica se produjo en noviembre cuando una organización israelí llamada Starting Over Sanctuary (SOS) trasladó 50 burros a Europa que, según diversos medios, fueron trasladados desde Gaza para recuperarse en santuarios de animales. La organización israelí desmiente que aquellos 50 burros en concreto fuesen de Gaza (solo tres, dicen), pero no niega que varias docenas de burros de la zona de guerra se están recuperando en su centro de rescate al norte de Tel Aviv, donde reciben acupuntura, tratamiento dental y terapia conductual. Fueron llevados allí por soldados israelíes que cuidaban de los animales supuestamente sin dueño mientras la gente moría de hambre en Gaza. La mujer al frente de SOS se llama Sharon Cohen, tiene 44 años, un tatuaje de un burro en el brazo y está de pie con sus botas embarradas en una mañana lluviosa en una comunidad agrícola a media hora en coche al norte de Tel Aviv. De adolescente Cohen, que es vegana, cuidó gatos callejeros y fue voluntaria en refugios de animales. Hace casi diez años, cuenta, una mujer la llamó porque había encontrado una cría de burro y no sabía qué hacer con él. Cohen lo adoptó. Como no pudo encontrarle un nuevo hogar, creó uno ella misma. Fundó un santuario de animales. En 2020 trasladó a los que cuidaba a este terreno de cinco hectáreas, enclavado entre naranjos y campos de fresas. Allí viven ahora unos 850 burros, procedentes de Israel, Gaza y Cisjordania. En Israel, rara vez se usan burros para trabajar. Las carretas tiradas por animales llevan años prohibidas. Sin embargo, en tierras palestinas, los burros siguen siendo comunes en la vida diaria. Para los israelíes, el burro es una mascota. Para los palestinos, es un animal de carga. «Soy apolítica», dice Sharon Cohen. Pero, claro, no es tan sencillo. Por eso la acompaña hoy su jefa de prensa. Tras conocerse que Cohen estaba recogiendo burros de Gaza y, supuestamente, enviándolos por avión a Europa, se desató una polémica en su contra. Los donantes le han retirado su apoyo y las granjas europeas ya no quieren aceptar sus burros. «No robamos burros», dice Cohen con énfasis. Los animales se acercaron a los soldados y necesitaban ayuda. En SOS no quieren ser asociados al Ejército israelí. Sin embargo, uno podría tener la impresión de que la activista está feliz por cada burro que se saca de Gaza, sin importar cómo. Cohen muestra un vídeo en su móvil, aparentemente grabado en Gaza. Aparece un burrito tirando de una carreta con unos hombres sentados sobre ella, intentando cruzar un charco. «¿Les preocupa el burro? No lo creo. No está bien tratar a un burro así», dice Cohen. Reconoce que las condiciones de vida allí son terribles, pero describe el trato que reciben los burros en Gaza como «tortura»; tirar de una carreta le parece inaceptable. Y para que no haya malentendidos: «Me da igual si los judíos o los árabes maltratan a los burros. Si puedo salvarlos, los salvaré». Por razones de control de enfermedades, está oficialmente prohibido llevar burros de los territorios palestinos a Israel. Pero en la práctica no supone un problema. En los puestos de control, los soldados los dejan pasar. Los medios israelíes informan sobre soldados que adoptaron perros y gatos abandonados de Gaza para brindarles un futuro mejor. En Tel Aviv, casi todos parecen tener un perro o un gato. El porcentaje de veganos en la población es uno de los más altos del mundo y hasta el Ejército proporciona botas veganas. Pero ¿qué dice esto de una sociedad que rechaza la matanza de animales y al mismo tiempo acepta la matanza de niños? ¿Es más fácil empatizar con gatos, perros y burros que con los humanos? «Tal vez los israelíes estamos tan comprometidos con los animales porque sabemos lo que es pasar necesidades», dice Cohen. «Casi todos los burros de Gaza están en mal estado», explica Cohen en el patio central donde se ubica lo que ella llama el 'Recinto de la Esperanza'. La mayoría de los burros aquí son de Gaza y Cisjordania. Está Cornelius de Rafah, con cicatrices sobre sus fosas nasales, presumiblemente por tirar de un carro. Aziza, también de Gaza, tiene una infección por hongos... A otro burro le falta una pata; a otro, una oreja... La granja cobija a su vez gatos, ovejas, caballos, perros, gallinas, conejos y cobayas. En total, hay unos 1700 animales. Cohen ha creado un paraíso animal, pero su refugio consume enormes cantidades de dinero. Necesita más de 200.000 euros al mes para los salarios de sus 16 empleados, las facturas de la clínica veterinaria y la comida. Por eso se le ocurrió la idea de transportar los burros a Europa en avión para que se hiciesen cargo de ellos otras organizaciones animalistas. Según SOS, transportar 50 burros a Bélgica en un Boeing 747 cuesta entre 50.000 y 60.000 euros. Y no es el primer movimiento de animales que hacen. Han trasladado ya 675 animales a Europa. Solo tres de estos burros eran de Gaza, afirma el portavoz de la organización, añadiendo que este dato debería ser mencionado. El periódico Haaretz menciona otro hecho singular. Doce de los trece vuelos que trasladaron esos animales fueron operados por Challenge Airlines. Esta aerolínea de carga ofrece vuelos con burros a precios bajos quizá porque transportarlos presenta una imagen atractiva, ya que a lo que Challenge se dedica, según Haaretz, es a transportar armas a Israel. «Que lleven burros a Europa me parece una amarga ironía –dice Salameh Baraka–. Nos dejan morir como animales, mientras que ellos rescatan burros y se hacen llamar humanitarios». El hombre, de 35 años, espera con su carreta tirada por asnos en una calle concurrida de Deir al Balah, en el centro de la Franja de Gaza. Antes transportaba verduras, pero ahora, además de mercancías, también heridos al hospital. Durante la guerra, las carretas tiradas por burros sirvieron tanto como ambulancias y coches fúnebres como para repartir agua potable y sopa. «Los burros de Gaza solían estar bien cuidados –afirma Baraka–. Pero Israel detuvo la importación de combustible y disparó contra los coches. Por eso los animales están sufriendo». Su burro, por el que pagó el equivalente a mil euros, ya ha resultado herido dos veces por los bombardeos. Baraka dice que no hace trabajar a su asno más de ocho horas y se asegura de que tenga descansos. ¿Pero prescindir de él? Imposible. Gana unos 30 euros al día. Así viven él, su esposa, sus tres hijas y el propio burro. El veterinario Saif Alden también rechaza que estos animales sean maltratados en Gaza. Sí reconoce que muchos están desnutridos o deshidratados, con infecciones oculares, parásitos o fracturas. Pero eso se debe principalmente a la guerra y al bloqueo. Los palestinos tienen un vínculo estrecho con sus burros; son parte de su cultura. «Durante la guerra fueron una fuente de esperanza para nosotros. Cuando nos sentimos completamente solos, ellos no nos abandonaron». Alden tiene 35 años y lleva casi dos dirigiendo en Gaza una clínica veterinaria móvil, financiada por la organización británica Safe Haven for Donkeys. Solo el año pasado realizaron 14.000 tratamientos a animales. Los palestinos también adoran a sus mascotas. Eran frecuentes las imágenes de refugiados con gatos en brazos. Saif Alden tuvo una vez tres burros, además de ovejas, cabras y gatos. «No tenían que trabajar –dice–. Pero cuando tuvimos que huir no pudimos llevarlos con nosotros. Les dejamos comida y esperábamos regresar pronto». Sin embargo, tardaron meses en volver: los animales habían desaparecido, las casas estaban destruidas. Hoy, su aldea se encuentra más allá de la llamada 'línea amarilla', un territorio controlado por el Ejército israelí. No queda nada. Alden nunca sabrá si sus burros murieron de hambre, si los mataron o se los llevaron a Israel. Ahora, el veterinario está escribiendo un artículo científico sobre los problemas psicoemocionales de los burros. «Sus heridas emocionales suelen ser incluso peores que las físicas». Han sufrido traumas por los bombardeos, el hambre y la pérdida de compañeros o potros. Muchos sufren depresión y trastornos de ansiedad, simplemente se desploman, algunos incluso lloran. «Los burros tienen sentimientos –concluye Saif Alden–. Son como nosotros».

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