La historia real de la secta de danzas espasmódicas y celibato de 'El testamento de Ann Lee': fe, delirio y control
2026-03-13 - 13:03
No sorprende que aparezca el nombre de Brady Corbet en como coautor del guion de El testamento de Ann Lee, un biopic histórico musical bastante bizarro que se diferencia de su filmografía dedicada a falsas figuras "históricas" en que Ann Lee era real, aunque la idea de contar su historia es tan extraña como las de sus proyectos, principalmente por el punto de vista utilizado, enfocándose en una líder religiosa creadora de una secta desde una mirada neutra. Una idea que funcionaba en su también inusual La infancia de un líder (2015), que repasaba la niñez de un tirano con las herramientas del coming of age y las dinámicas del cine de hijos malditos como La profecía (1976). Por ello, no es extraño que en la película de la directora Mona Fastvold acaben apareciendo elementos de folk horror y una devastadora mirada a la libertad de religión que no solo rescata la figura de la fundadora de los shakers, sino que la integra en una conversación sobre el trauma y la fe prevalente en el género reciente. El trauma como génesis: Del horror post natal al duelo místico Utilizando un lenguaje visual que parece extraído directamente del manual de A24, se nos narra la historia de Ann Lee desde sus experiencias en el Manchester de 1736, en un entorno de suciedad industrial y fervor religioso. Hija de un herrero y analfabeta, su vida estuvo marcada por una serie de tragedias que fueron el caldo de cultivo perfecto para su delirio. Principalmente, la pérdida de sus cuatro hijos poco después de parir era fácilmente asumible como una maldición. Fastvold desenfoca esos primeros retazos de realidad para conectar el duelo como motor narrativo, algo que, por cierto, vemos constantemente en el nuevo cine de terror más "art house". Para Ann Lee, el sexo ya no era una fuente de placer o deber, sino el origen de una lacra que pasa por encima de todos los tratamientos de horror obstetricio de los últimos años, desde Oscura verdad (2021) a Salve María (2022) o Mother’s Baby (2025), terminando invariablemente en la tumba de un recién nacido. La percepción del trauma del parto como algo terrible deriva en visiones y alucinaciones que convierten la película en una especie de versión inversa de Los demonios (1971) de Ken Russell; si allí la posesión era el reflejo de una represión sexual que estallaba en histeria, aquí la revelación de Ann Lee es que la "fornicación" es el pecado original precisamente porque encadena a la mujer al ciclo del dolor y la muerte, que entronca con la feroz experiencia de tener útero en el siglo XVIII. Éxtasis, patología y control Una visión que se alinea con obras recientes como El baño del diablo (2024), You Won't Be Alone (2022), o El sonido de la caída (2025), en las que la propia condición femenina en épocas de oscurantismo patriarcal es desencadenante de una reacción de catarsis apreciada alrededor como una amenaza. Esto continúa una tradición del psicodrama con escarceos con el género que tiene como protagonistas a mujeres percibidas como desequilibradas a través de un estudio de sus mentes fracturadas, desde el primer Robert Altman a La posesión (1981). A esto contribuye que Lee esté interpretada por una Amanda Seyfried que ofrece una actuación de entrega absoluta, de danza somática y lenguaje corporal que plasma el éxtasis como una posible patología mental. Las revelaciones a lo Moisés, ese "autolavado de cerebro" de los profetas con visiones como consecuencia de la penuria y el aislamiento conecta su periplo con los tormentos de Saint Maud (2019), Agnes de Dios (1981) o El despertar de Sharon (1991). En todas ellas, el cuerpo de la mujer es el campo de batalla donde se libra la guerra de la fe, y aunque Fastvold no juzga a su protagonista, en el fondo, su transformación no deja de ser la secuela de un fanatismo pavoroso que acaba induciendo la huida junto a sus seguidores hacia las colonias americanas como un viaje hacia una utopía que, vista desde fuera, tiene todos los rasgos de una secta como otra cualquiera. La diferencia es que por cada idea de celibato estricto similar a monjas, hacían defensa de la igualdad total entre hombres y mujeres. Sin embargo, aunque se nos presentan como una comunidad pacífica y laboriosa, su modus operandi es el de cualquier culto hermético, una derivación de los cuáqueros que creían que la sociedad externa estaba corrompida, por lo que vivían en comunidades cerradas para evitar "contaminarse". También seguían la idea de liderazgo profético y consideraban a la Madre Ann la encarnación femenina de Cristo en la Tierra. Sus visiones dictaban la doctrina, que también derivaba en un control de la vida privada para controlar el celibato estricto, así que, a efectos reales, tampoco había una gran diferencia con lo que buscaba hacer La mesías (2023), que usaba sus visiones para controlar y tratar de "expandir" su monomanía. Solo que el punto de vista de los Javis nos plantea a Carmen Machi como un monstruo y el día a día de su familia como una tortura, o una trampa psicológica, por lo que la "inclusividad" racial de la que hacían gala los shakers tampoco cambia lo esencial. Arquitectura shaker y el manual de A24 Lo que viene muy a mano para el maridaje de esta historia y el cine de terror es la arquitectura minimalista y de madera, que parece fundacional de la estética american gothic. La cámara de la directora se deleita en la geometría de los espacios, y por supuesto, sus danzas "espasmódicas" de donde viene el nombre de la secta: ceremonias con gritos, temblores y bailes frenéticos para "expulsar el pecado", lo que los convierte en una representación viva de la imaginería de posesión de la iglesia cristiana tradicional. En la película, es en ese segundo tramo donde más absorbe la influencia del terror reciente con una puesta en escena preocupada por las texturas y un diseño de arte cuidado que podría haber rodado Robert Eggers, no solo por la obsesión por la precisión histórica de los decorados y vestuario que exhibe su cine, sino por cómo su influyente La bruja (2015) parecía inspirarse en este tipo de escisiones y búsqueda de tierras prometidas en donde la pureza de la doctrina permita establecer un nuevo asentamiento. Si el patriarca de aquella era expulsado de su comunidad por buscar la rigidez de las normas, aquí Lee es acusada de brujería ella misma precisamente por establecer también sus propias reglas al margen. En ambos casos sus protagonistas viven su mundo de espíritus, divinidad y maldad absoluta como algo real y serio. Mientras que en la de Eggers el resultado es el rechazo a Dios, en la de Fastvold es una inmersión eufórica en él, aunque el enfoque visual sea igualmente inquietante en ambas. El despliegue estético de la película expande esa atmósfera de extrañeza y se emparenta con el cine de Ari Aster. Las secuencias de culto de los shakers, con sus coreografías y golpes en el pecho, están impregnadas de un diseño sonoro donde predominan las respiraciones rítmicas y jadeos colectivos que remiten directamente a los rituales de Midsommar (2019). Esa sintonía de cuerpos que exhalan al unísono para alcanzar el éxtasis crea un clima enrarecido que difumina la línea entre devoción y demencia. Fastvold se deleita en los rostros desencajados para retratar la convicción de un creyente, lo que le cuadra para convertir esas liturgias en números de un musical, pero que parecen a todos los efectos un exorcismo colectivo. Esta asociación de austeridad puritana y atmósferas opresivas no es nueva, y también aparecía en los relatos de pioneros y colonos de la invisibilizada Ojos de fuego (1983), que compartía el mismo recorrido de escisiones expulsadas que buscan dónde asentarse (seguro que Eggers se la repasó un par de veces antes de ponerse a escribir). Liturgias del espasmo: El musical como exorcismo colectivo La tensión de las comunidades cerradas Amish de Bendición mortal (1981) de Wes Craven parece la secuela que Corbet y Fastvold no nos quisieron enseñar, y también se suele asociar bastante a Midsommar. Además, El Testamento de Ann Lee tampoco evita mostrar los escarceos de la secta con lo sobrenatural —visiones en el frenopático de Bedlam, levitaciones o eclipses apocalíticos— tratándolos con la comprensión del punto de vista de los creyentes. También se trata con cierto detalle la artesanía Shaker, sus famosas sillas de madera perfectas y su mobiliario minimalista, una extensión de su necesidad de orden frente al caos interno. "Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar" se convierte en un mantra de control que decora con simetrías góticas la contención de su doctrina, conectando también con la perturbadora angustia psicológica de Dogville (2003) y alguna otra aventura de Lars Von Trier, al que seguro que le habría encantado rodar esta historia. En última instancia, El testamento de Ann Lee es casi una mirada compasiva al mismo proceso que en otras películas se configura como puro horror sobre la fe. Sin embargo, sí tiene algo que decir sobre el trauma, ese "tema" favorito del cine de género "de autor" actual, narrando cómo, bajo los escombros del sufrimiento, puede nacer un sistema de creencias, donde el minimalismo shaker no es orden, sino una armadura contra el delirio. El frenesí de sus danzas es tan opuesto a la austeridad pulcra de sus diseños, que nos sugiere que su utopía es una celda construida por una superviviente. Un cierre fúnebre para una historia que empezó con la muerte de un hijo y culmina levantando un imperio de silencio y madera, planteando si la asociación religiosa es un camino hacia la salvación o si simplemente es una forma velada de hacer que otros compartieran su propio trauma, algo que da mucho más miedo que el uso de simetrías estilo Stanley Kubrick o fragmentos musicales con cuerdas discordantes.