La increíble historia de la atleta Carmen Valero, una pionera en la lucha por la igualdad: alma, coraje y fuerza de voluntad
2026-03-19 - 07:41
Es difícil encontrar una sola palabra que englobe lo que representó en el deporte la figura de la turolense Carmen Valero. Existe unanimidad a la hora de afirmar que fue, de largo, la mejor atleta española del siglo pasado. Justo ahora se cumplen 50 años de una gesta que parecía inalcanzable en aquella época para una española: proclamarse campeona del mundo de cross. Ese año de 1976 supuso otro hito para su carrera deportiva al convertirse en la primera participante española en la competición de atletismo (800 y 1.500 metros) en unos Juegos Olímpicos, en este caso los de Montreal. "Era muy cabezota y conseguía todo lo que se proponía", dice su hija Carmen Mellado. Esa mujer tenía alma y algo más que le hicieron ser diferente al resto. Creía en la igualdad de sexos cuando nadie tocaba el tema ni de refilón. La segregación de género siempre a favor del hombre era un tema tabú. Esas diferencias eran aún más sangrantes con las deportistas. Así que durante toda su carrera se encargó de denunciarlas y hacerlas visibles. Carmen Valero nació el 4 de octubre de 1955 en Castelserás (Teruel) en el seno de una familia humilde. Corrían malos tiempos para las chicas que quisieran practicar deporte. Una ley promulgada nueve años antes por el delegado nacional de Deportes, el general José Moscardó, venía a limitar la participación de la mujer en actividades físicas controladas, y alejadas de la competición profesional o la exhibición pública. La ley fue derogada en 1957 por un político vinculado al falangismo como Antonio Elola-Olaso, pero la semilla de la desigualdad ya estaba plantada. La hija de la atleta explica que su madre siempre le inculcó en casa los valores del esfuerzo y la igualdad entre hombres y mujeres. "Al final podrás conseguir o no lo que te propongas, pero por lo menos le has puesto ganas", le solía repetir. Ese mensaje machacón de "no dejar pasar las cosas y luchar por ellas" lo puso en práctica la propia atleta por cuestiones que hoy resultarían un tanto cómicas como exigir para competir una vestimenta más adecuada para las mujeres como era un pantalón corto, esto es, hacerlo en las mismas condiciones los hombres. "Pues ella fue una de las primeras que se lo puso", dice orgullosa su hija. Los uniformes con los que acudían a las competiciones internacionales estaban diseñados para el otro sexo "así que tenía que ponerse unos pantalones que eran cuatro o cinco tallas más grandes que la suya". La turolense era de armas tomar. "A la mierda, yo no me pongo estos pantalones", avisó a los dirigentes de la Federación. La protesta dejó boquiabierto a más de uno. Nadie supo muy bien qué responderle. "Me da igual que lleve el escudo, así no voy a ninguna parte", insistió. Como había cogido carrerilla, optó por no levantar el pie del acelerador con sus quejas. Por si aún no les había convencido, expuso otros dos argumentos de peso en favor del pantalón corto. "Primero porque no puedo ni andar y me tropiezo una pierna con la otra, y segundo porque parezco un saco de arena". Ya nunca más corrió con pantalón largo. Su vehemente discurso había provocado el efecto deseado. No fue aquella la única ocasión en la que dejó traslucir su fuerte carácter. En 1976 formó parte de la delegación española que tomó parte en el campeonato del mundo de cross que se iba a disputar en Chepstow (Reino Unido). En la charla previa a la carrera donde se comentabas los aspectos técnicos de la prueba y la táctica a seguir el día siguiente, no se tuvo en cuenta a las mujeres. Al preguntar los motivos de su clamorosa ausencia, la respuesta federativa fue: "¿Para qué? Total, para lo que vais a conseguir unas culonas y pechugonas como vosotras". Carmen Valero tomó buena nota de aquella afrenta. Su hija recuerda aquello como si hubiera ocurrido ayer porque su madre se lo contó muchas veces. Cuando cruzó la línea de meta en primera posición aventajando a su siguiente rival en más de veinte segundos, se giró hacia el machirulo de turno y le dijo: "Mira cómo ganan las culonas y pechugonas acompañada de alguna que otra palabrota". Era su forma de ser, la misma que exhibía en carrera cuando tenía que abrirse paso a codazos cuando le dejaban encerrada porque las demás eran más altas que ella. La turolense ni siquiera estaba esponsorizada, "pero creo que eso le ayudó esforzarse más en conseguir todos sus éxitos deportivos y a sentirse siempre muy orgullosa de sí misma". En su casa nunca vivió esos episodios de machismo. "Mi abuelo era una bellísima persona", señala Carmen Mellado. De hecho, accedió a que toda la familia se trasladara a Cerdanyola para que la joven Carmen pudiera cumplir una pasión demasiado grande para ella sin ayuda. Eran tiempos difíciles a nivel económico. Sus progenitores se vieron obligados a hacer doble turno en sus respectivos trabajos. La madre servía en algunas casas mientras que su padre se ganaba la vida como albañil "y al llegar a casa también colaboraba en las tareas domésticas". A nadie puede parecerle extraño que, teniendo como abuelos a aquella entrañable pareja, ahora alabe tanto su figura. "Es que, sin su ayuda, mi madre no hubiera conseguido nada", replica. La vida para la futura campeona del mundo de cross tampoco resultó un camino de rosas antes de llegar a la élite. De muy joven empezó a trabajar de botones en un banco. Sus entrenadores le hicieron ver que no podía vivir solo del atletismo. Le sugirieron que buscara un trabajo y que sacara tiempo de donde fuera para seguir yendo a entrenar. De repente, todo lo que giraba alrededor de Carmen Valero, empezó a ser un tanto estresante al punto de que cuando llegaba a casa para comer, su madre ya le tenía preparado el plato de comida encima de la mesa, "y mientras comía le secaba el pelo que siempre quiso llevar muy largo". Ahí es donde Carmen Mellado pone en valor todos los esfuerzos que hicieron unos padres por ver feliz a su hija. "Nunca se comentan estas cosas porque parece que solo importan sus medallas o las victorias que consiguió a lo largo de su carrera, pero para digerir bien toda su historia hay que darse cuenta de todo el apoyo que tuvo detrás y que nadie conoce", espeta. Hasta Rosa, la hermana mayor de Carmen Valero, echó un mano al ponerse a trabajar "muy jovencita" aportando dinero en casa. "Que nadie piense que venían los de la Federación a pagarte un viaje o a regalarte unas zapatillas" subraya. A los triunfos deportivos se unieron otros éxitos profesionales menos glamurosos que no salen en los periódicos. De botones pasó a ser con el tiempo directora de oficina "hasta que se jubiló hace ocho años". Y es que la vida de Carmen Valero está repleta de anécdotas que reflejan su fuerza de voluntad y que a su hija le encanta recordar. Por ejemplo, cuando el padre de la atleta le puso un cascabel. "Era una niña tan inquieta que se pasaba el día corriendo por ahí, y cuando no sonaba era mala señal porque eso quería decir que se había ido muy lejos seguramente a jugar con algún perro, sobre todo con los galgos, que le gustaban muchísimo". Ese mismo cascabel lo lleva ahora Carmen Mellado colgado en su coche en recuerdo a su madre. La historia que más le gusta contar es sobre una de la que, lógicamente, no puede acordarse de nada. Carmen Valero decidió ser madre y aparcar dos años su carrera de atleta. Lo que pasa es que estuvo compitiendo hasta casi el octavo mes de embarazo "y eso tuvo algunas consecuencias que me da bastante risa recordarlas ahora". Nada más salir del útero maternal, el médico le puso encima de una camilla. "En ese momento se dio la vuelta para coger una toalla y límpiame, y al girarse de nuevo, vio a una recién nacida sentada como si fuera un bebé de meses". El hombre se quedó alucinado y se apresuró a cogerla antes de que se cayera al suelo. Podía haberse roto la cabeza fácilmente. Todo aquello tenía una explicación bastante lógica, según la interesada. "Estaba tan acostumbrada a amortiguar con su barriga los botes de la cabra de mi madre que se pasaba todo el rato corriendo, que estaba superfuerte", añade en tono jocoso. Ahora Carmen Mellado ha regresado a La Cuba (Teruel), un pueblo de apenas 60 habitantes en el que nacieron sus abuelos. "Aquí me siento más cerca de ellos y de toda mi familia porque vivo acorde con los valores que ellos tenían y que me transmitieron". Atrás quedaron sus intentos baldíos por seguir los pasos de su madre, que falleció hace dos años. El corazón le falló. Tenía 68 y toda una vida para disfrutar de la merecida jubilación. Su hija lo intentó con el salto de longitud. Aquello le gustaba, pero sus padres no podían ir recogerla antes de las diez de la noche. "Empezaba a entrenar a las cuatro de la tarde y hasta las diez de la noche era mucho tiempo para que una niña de ocho años estuviera por allí pasando frío, hasta que mi madre dijo se acabó". No tuvo las facilidades de su madre, así que abandonó el atletismo. Más tarde, un intento "nada serio" con la gimnasia rítmica puso punto final a su actividad deportiva.