La inestabilidad se enquista en Cataluña
2026-03-23 - 04:50
Hubo un momento en que algunos quisimos creer que Cataluña entraba por fin en una fase de normalización. La investidura del socialista Salvador Illa, respaldada por una mayoría heterogénea pero suficiente, alimentó la esperanza de un retorno a la política útil: menos estridente y más centrada en la gestión. La realidad, sin embargo, se impone de nuevo con crudeza. El fiasco de los presupuestos autonómicos confirma que la inestabilidad es un rasgo aún vigente. Los comunes, pese a su inclinación a tensar la cuerda, acabaron comprometiendo su apoyo. El Govern no naufraga por discrepancias en partidas presupuestarias, sino por un punto concreto: la exigencia del IRPF. Durante semanas, Oriol Junqueras convirtió la cesión del impuesto por parte del Gobierno español en una condición innegociable. Cuando esa vía encalló, porque equivaldría a situar a Cataluña en la vía foral, los republicanos reformularon su posición sin rebajarla en lo esencial: si no hay IRPF por ahora, exigen una "alternativa equivalente" con la cesión de nuevas competencias. El problema para Illa es que ese desplazamiento no desbloquea la situación, sino que traslada la negociación a un terreno ajeno a sus capacidades. Infraestructuras como el aeropuerto del Prat, prestaciones como el paro o ámbitos estratégicos como el salvamento marítimo dependen lógicamente del Estado, lo que convierte la política catalana en rehén de equilibrios que desbordan el Parlament. A esta fragilidad institucional se suma un malestar social creciente. Las huelgas masivas de profesores y médicos de la semana pasada, con cortes de carreteras que afectaron a cientos de miles de personas, son un síntoma inequívoco. La normalidad prometida también se resquebraja en la gestión cotidiana de los servicios públicos, sin olvidar el problema crónico de Rodalies. En paralelo al bloqueo político, las exigencias maximalistas de algunos sindicatos ganan fuerza. Illa construyó su relato sobre el retorno a la normalidad: frente al ruido del procés, estabilidad y gestión. Pero gobernar requiere mayorías operativas. Hoy esa mayoría se revela mucho más precaria de lo previsto. El tropiezo en Cataluña proyecta sus efectos sobre Pedro Sánchez, sostenido por alianzas similares. Aunque no puede descartarse que ERC acabe facilitando la aprobación de los presupuestos en julio a cambio de nuevas cesiones, el desgaste ya es evidente. Y no es casual que esas concesiones, de producirse, se difieran hasta después de las elecciones andaluzas, para no comprometer las expectativas socialistas y, en particular, las de María Jesús Montero. Sin un giro realista, la inestabilidad en Cataluña se enquista. Y, por si fuera poco, las consecuencias de la guerra en Oriente Medio añadirán nueva presión.