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La legislatura interminable

2026-03-03 - 05:53

La política española vive instalada en una anomalía que ya es costumbre: un Gobierno demasiado débil para gobernar con autoridad, pero lo bastante hábil para evitar su caída; una oposición convencida de que el desgaste ajeno le basta, pero incapaz de convertirlo en alternativa sólida. La legislatura no avanza, se arrastra. La derrota del llamado "escudo social" la semana pasada fue la enésima confirmación de que la mayoría de investidura no fue en 2023 una alianza política, sino una agregación circunstancial de intereses divergentes. Cuando un Gobierno pierde votaciones centrales y, aun así, sobrevive, estamos ante una forma de gobernabilidad precaria que funciona por pura aritmética y carece de cohesión estratégica. Sin embargo, la continuidad de la legislatura no se explica únicamente por la capacidad de resistencia de Sánchez, sino por la debilidad simétrica de la alternativa. Alberto Núñez Feijóo quiso convertir los adelantos electorales en Extremadura y Aragón en el preludio del cambio nacional. El resultado fue más ambiguo: el PSOE retrocedió, sí, pero quien salió reforzado fue Vox. El PP no logró capitalizar el desgaste y quedó más expuesto a la presión de su socio, que persigue el abrazo del oso. Ese es el verdadero dilema del bloque conservador. Vox no es un aliado complementario, sino un competidor estructural. Crece en cada tensión y obliga al PP a definirse permanentemente entre la moderación estratégica y la asimilación discursiva. La mayoría alternativa existe en términos aritméticos, pero no en términos políticos estables. Vox crece en cada pulso, y obliga al PP a elegir entre cesión o bloqueo. La alternativa existe sobre el papel, pero políticamente es frágil. A ello se suman errores que revelan un problema de orientación. La voltereta de Feijóo tras la desclasificación de los documentos del 23F –de denunciar una "cortina de humo" del Gobierno a reivindicar el regreso del rey emérito en cuestión de horas– fue sintomática. Proyectó la imagen de una oposición reactiva, más pendiente de la coyuntura que de una narrativa consistente. El resultado es un empate crónico. El Ejecutivo pierde votaciones clave, pero la oposición no logra transformar esos reveses en un cambio de ciclo. Ambos bloques dependen de actores cuya lealtad es contingente. Nadie tiene fuerza suficiente para imponer su agenda, pero todos conservan capacidad de veto. Lo más preocupante es la cultura política que se consolida. Cuando gobernar equivale a resistir y oponerse equivale a esperar el error ajeno, desaparece cualquier horizonte estratégico. La legislatura interminable no es solo un problema de números; es la expresión de un sistema atrapado en el corto plazo, donde la táctica sustituye al proyecto.

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